Cuando Isaac, Derkhan y Yagharek abrieron la puerta de la pequeña cabaña junto al tren y cayeron en sus cálidas sombras, agotados, apenas se sorprendieron al encontrar a Lemuel Pigeon esperándolos.
Isaac tenía un humor de perros. Pigeon no tenía intención de disculparse por nada.
— Ya te lo dije, Isaac. No te equivoques. Si las cosas se ponen calientes, me largo. Pero aquí estás, y me alegro de verte. Nuestro trato sigue en pie. Asumiendo que aún insistas en cazar a esas hijas de puta, serás mío y te ayudaré en lo que pueda.
Derkhan se encendió, pero no permitió crecer la furia. Estaba demasiado tensa por la emoción. Lanzó una rápida mirada a Isaac y frunció el ceño.
— ¿Puedes meternos en el Invernadero? —dijo.
Le habló por encima de la inmunidad del Consejo de los Constructos frente al ataque de las polillas. El escuchaba fascinado mientras le describía cómo el Consejo había manipulado la grúa encima de la polilla y la había aplastado sin piedad con toneladas de restos. Le dijo que el constructo estaba seguro de que las criaturas se encontraban en Piel del Río, ocultas en el Invernadero.
También le habló de sus primeros planes.
—Hoy tenemos que encontrar algún modo de fabricar los cascos. Mañana… mañana entramos.
Pigeon entrecerró los ojos, y comenzó a trazar planes sobre el polvo.
—Esto es el Invernadero —dijo—. Hay cinco rutas básicas hacia el interior. Una pasa por el soborno, y dos casi seguro por el asesinato. Matar a cactos nunca es una buena idea, y el soborno es arriesgado. Hablan y hablan sobre su independencia, pero el Invernadero sobrevive porque Rudgutter lo permite —Isaac asintió y miró a Yagharek—. Eso significa que hay montones de informadores. Es preferible la discreción. —Derkhan e Isaac se inclinaron hacia él y vieron cómo sus jeroglíficos cobraban forma—. Así que concentrémonos en las otras dos y veamos qué resultado pueden dar.
Tras una hora de charla, Isaac era incapaz de seguir despierto. La cabeza se le caía mientras escuchaba, y comenzó a babear sobre el cuello de la camisa. Su cansancio se extendió, infectando a Derkhan y a Lemuel. Durmieron muy poco.
Como Isaac, se giraban infelices en la atmósfera mugrienta, sudando ante el aire encerrado de la cabaña. El sueño de Isaac fue el más agitado de todos, y gimió varias veces. Poco antes del mediodía, Lemuel se levantó y despertó a los otros. Isaac lo hizo sollozando el nombre de Lin. Estaba aturdido por el cansancio, la falta de sueño y la tristeza, lo que le hizo olvidar su enfado con Lemuel. Apenas reconocía que el hampón estuviera allí.
— Voy a conseguir algo de compañía —dijo Lemuel—. Isaac, será mejor que prepares esos cascos de los que habló Dee. Creo que vamos a necesitar al menos siete.
— ¿Siete? —musitó Isaac—. ¿A quién vas a traer? ¿Adonde vas?
—Como te dije, me siento más seguro con un poco de protección —explicó con una fría sonrisa—. Corrí la voz de que había trabajo de guardaespaldas, y supongo que tendremos algunas respuestas. Voy a consultarlas. Y te garantizo que tendrás un brujo del metal antes de que caiga la noche. O es uno de los candidatos, o un tipo que me debe un favor en el Parque Abrogate. Nos vemos alas… siete en punto, fuera del vertedero.
Se marchó. Derkhan se acercó al postrado Isaac y le pasó un brazo por el hombro. El hombretón sollozó como un niño, con el sueño sobre Lin aún aferrándose a él.
Era una pesadilla casera, una genuina desventura nacida de las profundidades de su mente.
Las dotaciones de la milicia estaban atareadas disponiendo enormes espejos de metal pulido en la parte trasera de los arneses aéreos.
Era imposible acondicionar la sala de máquinas o cambiar la distribución de los camarotes, pero cubrieron las ventanas frontales con gruesas cortinas negras. El piloto giraría el timón a ciegas, instruido por los gritos de los oficiales a medio camino de la cabina, o mirando por las ventanas traseras, donde se habían instalado, sobre los enormes propulsores, unos espejos orientados que ofrecían una vista confusa del cielo frente al dirigible.
La tripulación, elegida personalmente por Motley, era escoltada a la cima de la Espiga por la propia Stem-Fulcher.
—Asumo —dijo a uno de los capitanes, un taciturno humano rehecho cuyo brazo izquierdo había sido reemplazado por una levantisca pitón que trataba de calmar— que saben cómo pilotar un aeróstato. —El asintió. Ella no señaló la evidente ilegalidad de aquella habilidad—. Usted pilotará el Honor de Beyn, y sus colegas el Avanc. La milicia ha sido advertida. Vigilen el resto del tráfico aéreo. Pensamos que querrían empezar esta misma tarde. Las presas suelen permanecer inactivas hasta la noche, pero creemos que sería buena idea que se hicieran a los controles.
El capitán no respondió. A su alrededor, la tripulación comprobaba su equipo y revisaba los ángulos de los espejos en los cascos. Eran adustos y fríos. Parecían menos temerosos que los oficiales de la milicia a los que Stem-Fulcher había dejado abajo, en la sala de entrenamiento, practicando la puntería a través de espejos, disparando por la espalda. Los hombres de Motley, después de todo, habían tratado con las polillas hacía menos tiempo.
Como uno de sus propios soldados, vio que una pareja de gángsteres portaba lanzallamas, mochilas rígidas de aceite presurizado que se incendiaba al escupirlo un cañón prendido. Habían sido modificados, como los de sus hombres, para rociar el aceite ardiente directamente desde la mochila.
Stem-Fulcher robó otro vistazo a las extraordinarias tropas rehechas de Motley. Era imposible averiguar cuánto material orgánico conservaban bajo las capas de metal injertado. Desde luego, la impresión era la de una sustitución casi total, con cuerpos esculpidos con exquisito e inusual cuidado para imitar la musculatura humana.
A primera vista, no había carne aparente. Los rehechos tenían cabezas de acero moldeado, e incluso sus rostros eran de impávido metaclass="underline" pesados ceños industriales, ojos insectiles de piedra o cristal opaco, nariz delgada, labios apretados y mejillas de un oscuro brillo, como el del peltre pulido. Aquellas expresiones habían sido esculpidas con propósitos estéticos.
Stem-Fulcher solo había reparado en que eran rehechos, y no fabulosos constructos, cuando alcanzó a divisar la nuca de uno de ellos. Embebido bajo el espléndido rostro de metal había otro humano, mucho menos perfecto.
Aquella era la única característica orgánica que conservaban. Sobresaliendo de los extremos de los inmóviles rasgos metálicos, frente a los ojos humanos, se habían instalado espejos a imitación del cabello.
El cuerpo estaba girado ciento ochenta grados respecto a la cabeza real, con los brazos-pistola, las piernas y el pecho mirando hacia el otro lado; la carátula metálica completaba la ilusión desde el frente. Los rehechos mantenían sus cuerpos encarados en el mismo sentido que sus compañeros normales. Caminaban por los pasillos y entraban en los elevadores moviendo los brazos y las piernas en una convincente analogía autómata del andar humano. Stem-Fulcher se retrasó unos pasos a propósito y observó sus rostros humanos mirando a un lado y a otro, las bocas torcidas por la concentración, mientras escudriñaban lo que tenían delante por medio de sus espejos.