Выбрать главу

Pengefinchess los miraba sin inmutarse.

—Es mi ondina. Tenemos un trato. Yo le proporciono ciertas sustancias y ella me cubre y me mantiene húmeda y viva. Me permite viajar a lugares tan secos que de otro modo me estarían vedados.

Isaac asintió. Nunca había visto antes un elemental de agua. Era perturbador.

— ¿Os ha advertido Lemuel del tipo de problema al que nos enfrentamos? —dijo. Los aventureros asintieron despreocupados, casi emocionados. Isaac trató de tragarse su exasperación.

—Esas polillas no son la única criatura a la que no puedes permitirte mirar, sirrah —dijo Shadrach—. Puedo matar con los ojos cerrados si es necesario. —Hablaba con una confianza leve, escalofriante—. ¿Este ceñidor? —dijo, dándole golpecitos ausentes—. Pellejo de catoblepas. Lo maté en las afueras de Tesh. Tampoco puedes mirarlo, o estás listo. Podemos encargarnos de esos bichos.

—Así lo espero —dijo Isaac, sombrío—. Por suerte, si todo sale bien no será necesario pelear. Creo que Lemuel se siente más seguro así, por si las moscas. Esperamos que los constructos se encarguen de todo.

La boca de Shadrach se torció casi imperceptible en lo que probablemente era desprecio.

—Tansell es metalotaumaturgo —dijo Lemuel—. ¿No?

—Bueno… conozco algunas técnicas para trabajar el metal.

—No es un trabajo complejo —dijo Isaac—. Solo hace falta soldar un poco. Venid por aquí.

Los guió por la basura hasta el lugar en el que habían escondido los espejos y el resto del material para los cascos.

—Tenemos materia prima más que de sobra —explicó, acuclillándose junto a la pila. Tomó un escurridor, una tubería de cobre y, después de rebuscar un momento, dos grandes trozos de espejo. Los agitó vagamente frente a Tansell—. Necesitamos cascos que se ajusten bien firmes, y uno es para un garuda que ahora no está aquí. —Ignoró la mirada que el mercenario intercambió con sus compañeros—. Y después hay que fijar estos espejos en la parte frontal, con un ángulo que nos permita ver fácilmente a nuestra espalda. ¿Crees que podrás hacerlo?

Tansell miró a Isaac desdeñoso y se sentó con las piernas cruzadas frente a la pila de metal y cristal. Se puso el escurridor en la cabeza, como un niño jugando a los soldados. Susurró muy bajas unas extrañas palabras y comenzó a masajearse las manos con rápidos e intrincados movimientos. Tiró de sus nudillos y amasó el talón de las palmas.

Durante varios minutos no sucedió nada. Entonces, de repente, los dedos comenzaron a brillar desde dentro, como si sus huesos se iluminaran.

Tansell acarició el escurridor, como si lo estuviera haciendo con un gato.

Poco a poco, el metal cobró forma bajo sus peticiones. Se ablandaba con cada pasada, ajustándose con más firmeza a la cabeza, aplanándose, distendiéndose en la parte posterior. Tiró y amasó hasta que se acopló a la perfección a su cráneo. Entonces, aún susurrando extraños sonidos, manipuló la parte delantera, ajustando el labio metálico, desdoblándolo y alejándolo de los ojos.

Tomó un trozo de tubo de cobre, lo apretó entre las manos y canalizó la energía a través de las palas. El metal comenzó a flectar ruidoso. Lo dobló poco a poco situando los dos extremos del tubo contra el casco, justo encima de sus sienes, y después presionó con fuerza hasta que cada pieza de metal rompió la tensión superficial de la otra y comenzó a derramarse en el encuentro. Con una pequeña descarga de energía, la gruesa tubería y el escurridor de hierro se fusionaron.

Después, Tansell dio forma a la extraña extrusión de cobre que sobresalía del casco recién nacido y la convirtió en un bucle inclinado que se extendía unos treinta centímetros. Buscó las piezas de espejo, tanteando hasta que alguien se las dio. Canturreándole al cobre, engatusándolo, ablandó la sustancia y apretó primero uno, luego otro trozo de espejo, uno enfrente de cada ojo. Los miró alternativamente y los ajustó con cuidado hasta que ofrecieron una vista clara de la muralla de desperdicios a su espalda.

Tanteó el cobre y lo endureció.

Después apartó las manos y miró a Isaac. El yelmo era torpe y su ascendencia ridículamente obvia, pero resultaba perfecto para sus necesidades. Le había llevado poco más de quince minutos el confeccionarlo.

— Voy a hacerle un par de agujeros para una correa de cuero, por si acaso —musitó.

Isaac asintió, impresionado.

—Es perfecto. Necesitamos… eh… siete de estos, uno de ellos para un garuda. Recuerda que la cabeza es más redondeada. Te dejo con ello. —Miró a Derkhan y a Lemuel—. Creo que será mejor que hable con el Consejo.

Se volvió y rehizo su camino por el laberinto de desperdicios.

—Buenas noches, der Grimnebulin —dijo el avatar en el corazón de la basura. Isaac asintió a modo de saludo tanto a él como a la enorme forma esquelética del propio Consejo, que aguardaba detrás—. No has venido solo. —Su voz era tan fría como siempre.

—Por favor, no empieces —dijo Isaac—. No vamos a meternos en esto solos. Somos un científico gordo, un granuja y una periodista. Necesitamos profesionales de verdad. Son gente que mata animales exóticos para ganarse la vida, y que no tiene el menor interés en hablarle a nadie sobre ti. Todo cuanto saben es que tendremos a unos cuantos constructos para ayudarnos. Y, aunque pudieran descubrir quién eres, qué eres, probablemente ya hayan roto dos tercios de las leyes de Nueva Crobuzon, de modo que no creo que vayan a irle con el cuento a Rudgutter. — Se produjo un instante de silencio—. Compútalo, si quieres. No corres peligro de esos tres réprobos, ocupados como están construyendo cascos.

Imaginó un temblor bajo sus pies mientras la información corría por las entrañas del Consejo. Tras una larga pausa, el avatar y el autómata asintieron precavidos. Isaac no se relajó.

—He venido a por aquellos de ti que puedan arriesgarse en el asunto de mañana —dijo. El Consejo asintió de nuevo.

—Muy bien —respondió el constructo lentamente con la lengua del muerto—. Primero, como discutimos, asumiré la parte del protector. ¿Has traído la máquina de crisis?

Una dura expresión cruzó a toda velocidad el rostro de Isaac, desapareciendo al instante.

—Aquí está —dijo, depositando una de sus mochilas frente al avatar. El hombre desnudo la abrió y se inclinó para mirar los tubos y cristales del interior, concediendo a Isaac una repentina y vil vista del cráneo hueco. El títere levantó la bolsa y se acercó al Consejo para depositarla frente a la entrepierna de la enorme figura.

—Entonces —dijo Isaac— te quedas con eso en caso de que encuentren nuestra cabaña. Buena idea. Volveré a por él por la mañana —miró con ceño—. ¿Cuál de los vuestros viene con nosotros? Necesitamos algo de potencia detrás.

—No puedo arriesgarme a ser descubierto, Grimnebulin —dijo el avatar—. Si yo acudiera con mis yoes ocultos, con los constructos que trabajan de día en las grandes casas, en las obras, en las cámaras de los bancos, y volvieran abollados o rotos, o no volvieran, quedaría expuesto a las pesquisas de la ciudad. Y no estoy preparado para eso. Aún no. —Isaac asintió lentamente—. Por tanto, acudiré con vosotros mediante aquellas formas que puedo permitirme perder. Eso levantará confusión y asombro, pero no suspicacia respecto a la verdad.

Detrás de Isaac, la basura comenzó a agitarse y a desprenderse. Se giró.

Desde las montañas de objetos desechados, agregaciones particulares de basura empezaban a separarse. Como el propio Consejo de los Constructos, se trataba de un conglomerado de materia del vertedero.