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Aquel sonido de muy lejos prosigue, pero no puedo oírlo. Los ruidos de Nueva Crobuzon atestan mis oídos. Los sigo, les doy la bienvenida. Dejo que me rodeen. Me sumergiré en la tórrida vida urbana. Bajo los arcos y sobre las piedras, a través del ralo bosque de huesos de las Costillas, en las madrigueras de ladrillo de Malado y la Perrera, a través de la floreciente industria de Gran Aduja. Como Lemuel olfateando en busca de contactos, reharé todos los pasos que he dado. Y aquí y allí, espero, entre las espiras y la atestada arquitectura, tocaré a los inmigrantes, los refugiados, los forasteros que rehacen Nuevo Crobuzon día tras día. Este lugar y su cultura bastarda. Esta ciudad mestiza.

Oiré los sonidos del violín de Perrick, o el réquiem de Gnurr Kett, o un acertijo de piedras de Chet, u oleré las gachas de cabra que comen en Neovadan o veré un umbral pintado con los símbolos de un capitán del Mar de Telarañas… muy, muy lejos de sus hogares. Sin hogar. Hogar.

Toda Nueva Crobuzon estará a mi alrededor, filtrándose por mi piel.

Cuando regrese al Meandro Griss, mis compañeros estarán esperando, y juntos liberaremos a esta ciudad secuestrada. Nadie nos verá, nadie nos lo agradecerá.

QUINTA PARTE

EL INVERNADERO

42

Las calles de Piel del Río ascendían poco a poco hacia el Invernadero. Las casas eran viejas y altas, con estructuras de madera carcomida y paredes de yeso húmedo. Cada lluvia las saturaba y ampollaba, haciendo caer placas de pizarra desde los techos apuntados al disolverse los clavos oxidados. Todo el distrito parecía sudar ante aquel lento calor.

La parte meridional era indistinguible del Tábano, una circunscripción adyacente. Se trataba de un lugar barato y no demasiado violento, multitudinario, por lo general amable. Era una zona híbrida, con una gran mayoría humana y pequeñas colonias de vodyanoi junto al tranquilo canal, algunos pocos cactos proscritos y solitarios, incluso una pequeña colmena khepri de dos calles, una rara comunidad tradicional lejos de Kinken y Ensenada. El sur de Piel del Río también era hogar de los pocos miembros de las razas más exóticas. Había una tienda regida por una familia hotchi en la avenida Bekman, enromadas cuidadosamente sus espinas para no intimidar a sus vecinos. Había un indigente llorgiss con su cuerpo de barril lleno de alcohol, trastabillando por las calles sobre tres piernas inestables.

Pero el norte era muy diferente. Era más tranquilo, más apagado. Era la reserva de los cactos.

Grande como era el Invernadero, no podía contener a todos los cactos de la ciudad, ni siquiera a aquellos que honraban la tradición. Al menos dos tercios del pueblo cacto de Nueva Crobuzon vivían fuera del vidrio protector. Se apiñaban en los barrios bajos de Piel del Río y otros pocos distritos en lugares como Siriac y el Parque Abrogate. Pero Piel del Río era el centro de su ciudad, y allí se mezclaban en igual número con los humanos. Eran la clase baja de su raza, y entraban en el Invernadero para comprar y rezar, aunque forzados a vivir en la ciudad infiel.

Algunos se rebelaban. Los jóvenes furiosos juraban no volver a pisar el hogar que los había traicionado. Se referían irónicos a él con un nombre antiguo, obsoleto: el Semillero. Llenaban sus cuerpos de cicatrices y combatían con sus bandas en brutales y emocionantes peleas sin sentido. A veces aterrorizaban al vecindario, atacando o robando a los humanos y a sus propios ancianos que compartían sus calles.

Fuera, en Piel del Río, el pueblo cacto era hosco y silencioso. Trabajaban para sus jefes humanos o vodyanoi sin objeciones ni entusiasmos. No se comunicaban con los obreros de otras razas sino con breves gruñidos. Se desconocía su comportamiento dentro de las murallas del Invernadero.

El propio Invernadero era una enorme cúpula aplanada. En el encuentro con el suelo, su diámetro era de más de cuatrocientos metros. La coronación alcanzaba los ochenta metros de altura. La base estaba inclinada para acomodarse a la pendiente de Piel del Río.

La estructura, confeccionada con hierro negro, era un grueso esqueleto decorado con rizos y filigranas ocasionales. Se alzaba gigantesco sobre las casas del distrito, y era visible desde una gran distancia en lo alto de su otero. Emergiendo en círculos concéntricos desde la cáscara había dos colosales vigas, casi del tamaño de las Costillas, que sostenían el peso de la cúpula con grandes cables de metal retorcido.

Cuanto más se alejaba uno del Invernadero, más impresionante parecía. Desde la cima boscosa de la Colina de la Bandera, mirando más allá de dos ríos, las vías férreas, los trenes elevados y seis kilómetros y medio de grotesca conurbación, las caras de la cúpula resplandecían como límpidos fragmentos de luz. Sin embargo, desde las calles adyacentes se podía apreciar la multitud de grietas y espacios oscuros allá donde faltaba el cristal. La cúpula había sido reparada una sola vez en sus tres siglos de existencia.

Desde su base, la edad de la estructura era claramente perceptible: estaba decrépita. La pintura se descascarillaba en largas lenguas y se separaba de una carpintería metálica que el óxido devoraba como pequeños gusanos. Hasta los cinco metros de altura, los paneles (cada uno, de casi un metro cuadrado, menguaba en anchura como los trozos de un pastel a medida que se acercaban a la coronación) estaban cegados con el mismo hierro mal pintado. Por encima de ese nivel, el cristal era sucio e impuro, tintado de verde, azul y beige en un patrón aleatorio. Estaba reforzado, y se suponía que tenía que soportar el peso de al menos dos cactos de buen tamaño. Aun así, varios de los paneles estaban rotos y huecos, y muchos más mostraban una filigrana de grietas.

La cúpula había sido construida sin reparar en las casas a su alrededor. El patrón de calles que la rodeaban proseguía hasta alcanzar la base sólida de metal. Las dos, tres o cuatro casas que se habían encontrado en los límites de la cúpula habían sido aplastadas y seguían después los bloques bajo la cobertura del cristal en una variedad de ángulos azarosos.

Los cactos se habían limitado a encerrar una zona ya existente de las calles de Nueva Crobuzon.

A lo largo de las décadas, la arquitectura interior de la cúpula había sido alterada y adaptada a sus nuevos dueños habían derribado algunos edificios para reemplazarlos por otros nuevos y extraños. Pero la distribución general y gran parte de las estructuras seguían siendo exactamente iguales que antes de la construcción.

Había una entrada en la punta meridional de la base, en la Plaza Yashur. Al lado opuesto de la circunferencia estaba la salida de la calle Labasura, una vía empinada que moría en el río. La ley cacta indicaba que la entrada y la salida del Invernadero solo se podían realizar, respectivamente, por estos puntos. Era desafortunado aquel que vivía en el exterior y a la vista de uno de estos portales. La entrada le podría llevar dos minutos, pero la salida sería un largo y complejo paseo hasta casa.

Cada mañana, a las cinco, se abrían las puertas de los cortos pasadizos de independencia y se cerraban a medianoche. Las entradas estaban protegidas por una pequeña unidad de guardias blindados con grandes cuchillos de combate y el poderoso arco hueco de los cactos.

Como sus mudos primos enraizados, el pueblo cacto disponía de una piel vegetal gruesa y fibrosa. Era tensa y se perforaba con facilidad, pero sanaba rápido, aunque con feas cicatrices; casi todos los cactos estaban cubiertos por inofensivos ganglios costrosos. Hacía falta mucha fuerza o mucha suerte para alcanzar sus órganos y causar algún daño significativo. Las balas, flechas y virotes solían ser ineficaces contra ellos, motivo por el que sus soldados portaban arcos huecos.