Los primeros diseñadores de aquella arma habían sido humanos. Fueron usadas durante el terrorífico mandato de Callodd, blandidas por los guardas humanos de la granja de cactos del alcalde. Pero, después de que la reforma del Acta de Sapiencia disolviera la granja y concediera a los xenianos algo que se aproximaba a la ciudadanía, los pragmáticos ancianos cactos comprendieron que aquella era un arma imprescindible para mantener a raya a su propio pueblo. Desde entonces, el arco había sido mejorado muchas veces, ahora por ingenieros cactos.
Se trataba de una enorme ballesta, demasiado grande y pesada para que un humano la empleara con efectividad. No disparaba virotes, sino chakris (discos planos de metal con bordes serrados o afilados) o estrellas metálicas de brazos curvados. Un orificio practicado en el centro del chakri encajaba en un vástago metálico que emergía del cuerpo del arco. Al activar el gatillo, el cable saltaba violentamente y propulsaba el vástago con fuerza increíble, mientras unos complejos mecanismos lo hacían girar a toda velocidad. Al final del canal cerrado, el vástago descendía de golpe y abandonaba el orificio del chakri, que era descargado con el mismo impulso que la piedra de una honda, girando como la hoja de una sierra circular.
La fricción del aire disipaba su inercia muy rápido, por lo que no tenía el alcance de un arco largo o un mosquete. Pero podía arrancarle la cabeza o el brazo a un cacto (y a un humano) a casi treinta metros, y provocar graves cortes más allá. Los guardias cactos miraban con el ceño fruncido, mostrando sus arcos huecos con seca arrogancia.
Los últimos rayos del sol brillaban sobre los picos lejanos. La zona occidental de la cúpula del Invernadero resplandecía como el rubí.
Sobre una escalera corroída que ascendía hasta la cima de la bóveda, una figura de silueta humana se aferraba al metal. El hombre subía lentamente los escalones y ascendió hacia el firmamento curvo del domo como si fuera la luna.
Aquella escalera era una de las tres que se extendían a intervalos regulares desde el ápice, preparadas para unos equipos de reparaciones que nunca aparecieron. La curva de la cúpula parecía romper la superficie de la tierra como la punta de un espinazo doblado, sugiriendo un vasto cuerpo bajo tierra. La figura cabalgaba el lomo de una ballena gargantuesca, sostenida por la luz atrapada en los cristales y proyectada hacia el interior que hacía brillar todo el edificio. El intruso se mantenía lo más agachado posible y se movía muy lento para evitar ser visto. Había elegido la escalera del lado noroeste para evadirse de los trenes del ramal Salacus de la línea Sur. Las vías pasaban cerca del cristal al otro lado de la cúpula, y cualquier pasajero observador hubiera podido ver al hombre que se arrastraba por su superficie curva.
Al fin, tras varios minutos de escalada, el intruso alcanzó el labio metálico que rodeaba el ápice de la gran estructura. La clave misma era un globo de cristal límpido, de casi dos metros y medio de diámetro. Se asentaba perfectamente en el agujero circular del apogeo, suspendido medio dentro y medio fuera como una gran tapa. El hombre se detuvo y contempló la ciudad a través de los puntales de apoyo y los gruesos cables de suspensión. El viento restallaba a su alrededor, y se sujetaba a los asideros con terror vertiginoso. Alzó la vista al cielo oscuro, las estrellas apagadas por la luz espesa que lo rodeaba, que fluía a través del vidrio a sus pies.
Devolvió su atención al cristal y escudriñó la superficie, paño por paño.
Tras algunos minutos, se incorporó y comenzó a moverse hacia atrás por los raíles. Bajó tanteando con los pies, buscando con cuidado los asideros, comprobando con los dedos de los pies, arrastrándose poco a poco hacia el suelo. La escala terminaba a cuatro metros del suelo, pero el hombre se deslizó por el gancho que había empleado para subir. Tocó el suelo polvoriento y miró a su alrededor.
—Lem —oyó sisear a alguien—. Aquí.
Los compañeros de Lemuel Pigeon estaban escondidos en un edificio destripado al borde del erial de escombros que flanqueaba la cúpula. Isaac apenas era visible y gesticulaba desde detrás del umbral desnudo.
Lemuel se acercó con premura a través de la maleza, sorteando ladrillos y afloramientos de hormigón anclados por la hierba. Volvió la espalda a las primeras luces de la noche y se deslizó hacia la penumbra del cascarón quemado.
En las sombras frente a él se ocultaban Isaac, Derkhan, Yagharek y los tres aventureros. Tras ellos había una pila de restos de equipo, tuberías de vapor y cables conductores, pinzas para tubos de ensayo y lentes marmóreas. Lemuel sabía que aquel caos se resolvería en cinco constructos simiescos en cuanto se movieran.
— ¿Y bien? —demandó Isaac.
Lemuel asintió.
—La información era correcta —dijo en bajo—. Hay una gran grieta justo en el ápice de la cúpula, en el cuadrante noreste. Desde mi posición era difícil calcular el tamaño, pero creo que son al menos… dos metros por uno y medio. Parecía resistente desde allí arriba, y fue el único boquete que vi lo bastante grande como para que algo de tamaño humano entre o salga. ¿Habéis podido echar un vistazo a la base?
Derkhan asintió.
—Nada —dijo—. Es decir, hay montones de pequeñas grietas, incluso algunas zonas donde falta buena parte del cristal, especialmente arriba, pero no son lo bastante grandes como para colarse. Tiene que ser por ahí.
Isaac y Lemuel asintieron.
—Así que por ahí es por donde entran y salen —dijo el primero—. Bueno, me parece que el mejor modo de rastrearlas es deshacer su camino. Por mucho que me reviente proponerlo, creo que deberíamos subir. ¿Cómo es por dentro?
—No se ve mucho —dijo Lemuel, encogiéndose de hombros—. El cristal es grueso, viejo y sucio de la leche. Creo que solo lo limpian cada tres o cuatro años. Se distinguen las formas básicas de las casas y las calles, pero eso es todo. Habría que mirar desde dentro para saber cómo es.
—No podemos subir todos —dijo Derkhan—. Nos verían. Tendríamos que haberle pedido a Lemuel que entrara. Es el hombre adecuado.
—No hubiese ido —respondió tenso el aludido—. No me hace gracia estar tan alto, y desde luego no pienso colgar boca abajo decenas de metros sobre treinta mil cactos cabreados…
—Vale, ¿qué vamos a hacer, pues? —Derkhan estaba irritada—. Podríamos esperar hasta el anochecer, pero es entonces cuando las malditas polillas se activan. Creo que tenemos que subir de uno en uno. Si es seguro, claro. ¿Quién sube primero?
—Iré yo —se ofreció Yagharek.
Se produjo el silencio. Isaac y Derkhan lo miraban.
— ¡Estupendo! —dijo Lemuel con decisión, dando dos palmadas—. Decidido. Lo que tienes que hacer es subir, y entonces… eh… echa un vistazo por nosotros y mándanos un mensaje…
Isaac y Derkhan ignoraban a Lemuel. Aún miraban a Yagharek.
—Es lógico que suba yo —explicó el garuda—. Estoy familiarizado con las alturas. —Su voz tembló ligeramente, como sacudida por una repentina emoción—. Estoy familiarizado con las alturas y soy un cazador. Puedo observar el interior y averiguar dónde podrían anidar las polillas. Puedo valorar las posibilidades desde dentro.
Yagharek rehizo los pasos de Lemuel a lo largo de la cáscara del Invernadero.
Se había desatado los fétidos vendajes de los pies, y las garras se estiraron con delicioso reflejo. Había ascendido el tramo inicial de metal desnudo con la cuerda de Lemuel, trepando después con mucha más rapidez y confianza que el humano. Se detenía de vez en cuando y se alzaba mecido por el cálido viento, sus dedos de pájaro aferrados a las traviesas de metal con total firmeza. Se inclinaba de forma alarmante hacia los cielos brumosos, extendía un poco los brazos, sentía el viento llenar su cuerpo extendido como una vela.