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Aún quedaba más de una hora para la puesta del sol. El garuda observó a su izquierda y vio que el orbe de cristal sobre la bóveda parecía arder bajo la luz. Estaba absorbiendo cada mínima emisión solar, concentrándola y enviándola con viveza hacia todos los rincones del Invernadero, inundándolo con luz y calor despiadados. Vio que el armazón de metal que lo sostenía disponía de cables de energía que serpenteaban por el interior de la cúpula y se perdían de vista.

El jardín de arena sobre la gran pirámide escalonada estaba cubierta por una compleja maquinaria. Exactamente bajo la clave de cristal se encontraba un enorme artefacto con lentes y gruesas tuberías comunicadas con las tinas que había a su alrededor. Un cacto con faja de color pulimentaba sus mecanismos de cobre.

Yagharek recordó los rumores que había oído en Shankell, historias sobre un motor helioquímico de inmenso poder taumatúrgico. Observó cuidadosamente el artefacto reluciente, aunque su propósito le era desconocido.

Mientras observaba, cobró conciencia del gran número de pelotones armados presentes. Entrecerró los ojos. Los observaba como un dios que oteara cada superficie de la pequeña ciudad cacta bajo la feroz luz del globo de cristal. Casi alcanzaba a ver todos los jardines elevados, y le parecía que en al menos la mitad de ellos había estacionado un grupo de tres o cuatro cactos. Estaban sentados o de pie, sus expresiones ilegibles a aquella distancia, pero los enormes y pesados arcos huecos que portaban eran evidentes. De los cintos colgaban destrales, y algunas hachas de batalla relucían bajo una luz cada vez más rojiza.

Había más de aquellas patrullas junto a los puestos del enorme mercado, concentrados en el nivel inferior del templo y recorriendo las calles con paso lento, sus arcos cargados y preparados.

Yagharek vio las miradas que recibían aquellos guardias armados por parte de la población, los saludos nerviosos, las frecuentes ojeadas al cielo.

No pensaba que aquella situación fuese muy normal.

Algo inquietaba al pueblo cacto. Podían ser truculentos y taciturnos, pero aquel apagado aire amenazador era ajeno a todo cuanto había conocido en Shankell. Quizá, reflexionó, aquellos cactos fueran distintos, una raza más sombría que sus hermanos del sur. Pero sentía pinchazos en la piel. El aire estaba cargado.

Se concentró y comenzó a escudriñar el interior de la cúpula con ojo severo y riguroso. Abarcó toda la circunferencia interior con un largo y lento barrido, trazó después una espiral hacia el centro, examinó e investigó el círculo de casas y calles un poco más hacia el interior, acercándose cada vez más.

De aquel modo exacto y metódico podía revisar cada rincón y nicho de las superficies del Invernadero. Sus ojos se detenían un instante en las imperfecciones de la piedra roja antes de proseguir.

A medida que el día se acercaba a su fin, el nerviosismo del pueblo cacto pareció aumentar.

Yagharek terminó con su exploración. No había nada inmediato, nada claramente sospechoso que le llamara la atención. Volvió su vigilancia hacia el interior del tejado en sus alrededores inmediatos, en busca de alguna pista.

No iba a ser fácil. A cierta distancia de él, las vigas se coagulaban alrededor del globo de cristal, pero en la parte inferior no eran tan protuberantes. Creía que, con cierto esfuerzo, podría escalarlas; como probablemente pudieran Lemuel y quizá Derkhan, y uno o dos de los aventureros. Pero era difícil imaginarse a Isaac suspendiendo su peso, arrastrándose por cientos de metros de peligroso metal hasta llegar al suelo.

El sol estaba muy bajo. Aun en las lánguidas noches de verano, el tiempo era corto.

Sintió a alguien tocándole la espalda. Alzó la mirada, sacando la cabeza por la grieta; el aire de Nueva Crobuzon resultaba frío por el contraste.

Tras él, Shadrach se acuclillaba sobre el cristal. Llevaba puesto un casco con espejos y traía otro para el garuda, fabricado con placas de hierro.

El casco de Shadrach parecía distinto. Era intrincado, con cables y válvulas de cobre y bronce. En lo alto tenía un enchufe con orificios para conectar algún aparato. Solo los espejos parecían improvisados. El de Yagharek era una tosca pieza de metal de desecho.

—Olvidaste esto —le dijo con voz suave—. Ni escribes, ni nos visitas, ni nada. He subido para ver si estabas vivo o si te había pasado algo.

Yagharek le mostró las vigas interiores de la cúpula. Discutieron el problema de Isaac con susurros urgentes.

—Debes bajar —dijo el garuda—. Tenéis que ir por las cloacas, con Lemuel como guía. Encontrad la entrada tan rápido como podáis. Enviadme alguno de los monos mecánicos para ayudarme si me atacan. Voy a echar un vistazo.

Shadrach se inclinó cuidadosamente y miró al interior oscurecido. Yagharek señaló un punto de la ciudad, un edificio derruido junto al extremo del canal ciego. El agua, los caminos de sirga y un pequeño dedo de tierra rota sobre el que se levantaba la casa destrozada estaban rodeados por una valla accidental de escombros, cañas y alambre de espino oxidado. Aquella franja rechazada se encontraba en el mismo extremo de la bóveda, que se alzaba sobre ella como una nube plana.

—Debéis abriros paso hasta allí. —Shadrach comenzó a protestar, farfullando que era imposible, pero el garuda lo cortó—. Es difícil. Será duro. Pero no podréis descender desde aquí por el interior, Isaac desde luego no. Lo necesitamos dentro. Tenéis que meterlo lo antes posible. Yo bajaré por aquí y os buscaré. Después encontraremos a las polillas. Esperadme.

Mientras hablaba, Yagharek se ajustó el casco improvisado en la cabeza e investigó el campo de visión a su espalda.

Capturó los ojos de Shadrach en uno de los grandes fragmentos de espejo.

—Tienes que irte ya. Sed pacientes. Os encontraré antes de que caiga la noche. Las polillas tienen que salir por esta abertura, de modo que esperaré a ver si consigo descubrirlas.

La expresión de Shadrach era firme. Yagharek tenía razón. Era impensable que Isaac fuera capaz de bajar por aquella peligrosa estructura de hierro.

Asintió, hizo un gesto de despedida a los espejos del garuda y regresó hacia la escalera, descendiendo a buena velocidad hasta perderse de vista.

Yagharek se volvió y miró los últimos rayos del sol. Inspiró profundamente y giró los ojos a izquierda y derecha para comprobar su visión en los espejos. Se calmó por completo.

Respiró con el ritmo lento del yajhu-saak, el ensueño del cazador, el trance marcial de los garuda del Cymek. Se compuso.

Tras algunos minutos llegó el sonido del metal y el cable sobre el cristal, y, uno tras otro, tres constructos simiescos aparecieron, acercándose desde distintas direcciones. Se reunieron a su alrededor y aguardaron, mientras sus lentes de cristal brillando rosadas en el ocaso y sus pequeños pistones siseaban al moverse.

Yagharek giró y los valoró a través de los espejos. Después, aferrando la cuerda con cuidado, comenzó a descender por el boquete en el cristal. Gesticuló a los constructos para que lo siguieran y se perdió por la grieta. El calor del domo lo rodeó, se cerró sobre su cabeza a medida que descendía hacia la ciudad abovedada, hacia las casas sumergidas en luz roja, a medida que el prístino globo magnificaba y dispersaba los rayos de poniente hacia la guarida de las polillas.

43

En el exterior de la cúpula, el cielo se oscurecía inexorable. Con la llegada de la noche, los brillantes rayos que emanaban desde el globo de cristal del ápice quedaron apagados. El Invernadero se tornaba de repente más oscuro y fresco, aunque se conservaba gran parte del calor. En el domo, la temperatura seguía siendo mucho más alta que en el resto de la ciudad. Las luces de las antorchas y los edificios del interior se reflejaban sobre el vidrio. Para los viajeros que contemplaban la ciudad desde la Colina de la Bandera, para los moradores de los suburbios que oteaban desde las torres de pisos del Queche, para el oficial que observaba desde el tren elevado y para el conductor de los trenes de la línea Sur, el Invernadero parecía hincharse y tensarse distendido por la luz a través de las columnas de humo, sobre el brumoso paisaje de tejados de la ciudad.