Varios segundos antes de que la patrulla cacta apareciera por la trampilla que daba a la coronación, las polillas desaparecieron. Una tras otra, de acuerdo con alguna orden exacta y silenciosa, volaron disparadas hacia arriba y salieron por la grieta de la cúpula. Se movían siguiendo un vertiginoso encantamiento, atravesando sin pausa alguna una abertura por la que apenas cabían sus alas.
Se llevaron con ellas a sus presas comatosas, arrastrando los pesos muertos hacia la noche con facilidad repulsiva.
Los ancianos que habían quedado en el zigurat sacudían la cabeza confusos, exclamando atónitos e incómodos al recuperar sus mentes. Sus gritos se tornaron horripilados al comprobar que habían secuestrado a sus compañeros. Aullaban de rabia y apuntaban la lanza solar hacia arriba, escudriñando sin sentido los cielos vacíos. Los guerreros más jóvenes aparecieron con los arcos huecos y los machetes preparados. Miraron a su alrededor, confusos por la triste escena, y bajaron sus armas.
Solo entonces, con las víctimas profiriendo juramentos de sangre y gimiendo de furia, con la noche preñada de sonidos confusos, con las polillas volando por la oscura metrópolis, emergió Yagharek de su trance marcial y siguió descolgándose por la estructura interior del Invernadero. Los constructos lo vieron moverse y lo siguieron en su descenso.
Se movía lateralmente por las vigas horizontales, asegurándose de llegar al suelo detrás de los edificios en la pequeña zona yerma que rodeaba el fétido muñón del canal.
Yagharek se descolgó el último tramo y aterrizó en silencio, rodando sobre los ladrillos rojos. Se agazapó y escuchó.
Se produjeron tres leves crujidos cuando los simios mecánicos se descolgaron a su lado, esperando órdenes o sugerencias.
Yagharek miró el agua hedionda. Los ladrillos estaban resbaladizos por el limo orgánico de muchos años. En un extremo, a unos diez metros de las paredes de la cúpula, el canal llegaba a un abrupto fin de mampostería. Aquello debió de ser el comienzo de un pequeño afluente del sistema principal de canales. Allí donde se encontraba con la bóveda, el canal se cortaba en un tosco dique de hormigón y hierro. La presa había sido encajada en el agua para sellar los bordes lo mejor posible No obstante, en la obra aún había las suficientes grietas e imperfecciones como para que la trinchera se mantuviera anegada desde el exterior. El agua se filtraba por la piedra avejentada hasta detenerse, espesa, sucia, atracada de cosas muertas, como un caldo coagulado de podredumbre.
Yagharek podía olerlo mientras se arrastraba lentamente hacia los tocones de muro que se alzaban de la arquitectura rota. Los gritos proseguían en las calles del Invernadero. La atmósfera estaba cuajada de estúpidas demandas de acción.
Estaba a punto de pararse para esperar a Shadrach y los demás, cuando vio los montones de ladrillo desmenuzado alzarse a su alrededor. Las piezas caían al suelo como una pequeña lluvia. Isaac y Shadrach, Pengefinchess y Derkhan y Lemuel y Tansell aparecieron cubiertos de polvo cerámico. Yagharek reparó en que una pila de cables y cristal tras ellos eran otros dos constructos, que avanzaban para unirse a sus compañeros.
Durante un instante, nadie habló. Entonces Isaac se acercó a él, dejando caer polvo y suciedad. El moco de las cloacas que cubría sus ropas estaba ahora adornado por restos de escombro y cemento. Su casco, otro como el de Shadrach, complejo y de aspecto mecánico, se bamboleaba absurdo en su cabeza.
—Yag —dijo en bajo—. Me alegro de verte, viejo. Genial… estás bien. —tomó la mano de Yagharek y el garuda, desconcertado, no se alejó del contacto.
Se sentía emerger de una ensoñación de la que no había sido consciente, mirando a su alrededor, viendo a Isaac y a los otros claramente por primera vez. Sintió una tardía oleada de alivio. Estaban sucios y arañados, pero nadie parecía herido.
— ¿Lo viste? —preguntó Derkhan—. Acabábamos de subir. Nos llevó una eternidad llegar hasta el maldito alcantarillado, no dejábamos de oír cosas… —sacudió la cabeza ante el recuerdo—. Salimos por un pozo en una calle cercana. ¡Fue el caos, el caos más absoluto! Todas las patrullas corrían hacia el templo y vimos… esa luz. Nos resultó muy sencillo llegar hasta aquí. A nadie le interesábamos… En realidad no vimos lo que sucedió —concluyó.
Yagharek inspiró profundamente.
—Las polillas están aquí —dijo—. He visto su nido. Puedo llevaros allí.
El grupo estaba electrizado.
— ¿Y esos malditos cactos no saben dónde andan? —preguntó Isaac. Yagharek negó con la cabeza (un gesto humano, el primero que había aprendido).
—No saben que las polillas duermen en sus casas. Los oí gritar: creen que entran para atacarlos. Creen que son intrusos del exterior. No… —se detuvo, pensando en la escena aterrada sobre el templo solar, en los ancianos sin cascos, en los valientes y estúpidos soldados cargando escaleras arriba, con la suerte suficiente como para no haberse encontrado con los monstruos, librándose de una muerte sin sentido—. No tienen ni idea de cómo enfrentarse a las polillas.
La ondina de Pengefinchess se desplazaba bajo la camisa, humedeciendo la piel, limpiándola del polvo y la suciedad hasta dejarla incongruentemente limpia.
—Tenemos que encontrar su nido —dijo Yagharek—. Puedo llevaros hasta él.
Los aventureros asintieron y comenzaron una revisión automática de sus armas y equipo. Isaac y Derkhan parecían nerviosos, pero decididos. Lemuel apartaba la vista sardónico y se limpiaba las uñas con un cuchillo.
—Hay algo que debéis saber —dijo Yagharek. Se dirigía a todos ellos, y en su tono había un dejo de urgencia, algo imposible de ignorar. Tansell y Shadrach, que estaban revisando sus mochilas, alzaron la vista. Pengefinchess depositó en el suelo el arco que estaba tensando. Isaac miraba al garuda con terrible y desesperada resignación— Tres polillas abandonaron la cúpula por el cristal, arrastrando a cactos capturados. Pero había cuatro. Eso dijo Vermishank. Quizá estuviera equivocado, o quizá mintiera. Quizá una haya muerto. O quizá una haya quedado atrás. Quizá una nos esté esperando.
44
Las patrullas cactas, agolpadas en la base del Invernadero, discutían con los ancianos supervivientes.
Shadrach estaba agazapado en un callejón, lejos de la vista, y sacaba un telescopio en miniatura de un bolsillo oculto. Lo extendió en toda su longitud y observó a los soldados congregados.
—No tienen ni idea de lo que hacer —musitó en silencio. El resto de la banda se apiñaba tras él, pegados a la pared húmeda. Trataban de pasar lo más desapercibidos que era posible en las sombras danzantes arrojadas por las antorchas que parpadeaban y ardían sobre ellos—. Por eso habrán decretado el toque de queda. Las polillas los están capturando. Por supuesto, es posible que siempre sea así. Da igual —se volvió hacia los otros—. Nos va a ser de ayuda.
No era difícil escabullirse invisibles por las calles oscuras del Invernadero. Su paso no encontraba obstáculos. Seguían a Pengefinchess, que se mecía con un extraño andar, a medio camino entre el salto de una rana y el paso de un ladrón en la noche. Sostenía el arco en una mano, en la otra una flecha de punta ancha, alabeada, eficaz contra los cactos; aunque no tuvo que emplearla. Yagharek avanzaba un poco detrás de ella, dándole instrucciones. En ocasiones la vodyanoi se detenía y hacía gestos a su espalda apretándose contra la pared o escondiéndose detrás de un carro o un puesto, mientras observaba cómo retiraban las cortinas de las ventanas los más valientes e insensatos para mirar a la calle.
Los cinco constructos simiescos caminaban tras sus compañeros orgánicos. Sus pesados cuerpos de metal eran silenciosos, y no emitían más que algunos sonidos extraños. Isaac no dudaba de que, para los cactos de la cúpula, la dieta regular de pesadillas sería aliñada aquella noche con extraños ruidos metálicos, como si una amenaza mecánica recorriera las calles.