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A Isaac le resultaba profundamente inquietante caminar bajo la bóveda. Aun con las adiciones de piedra roja y las luces de las antorchas, las calles parecían más o menos normales; podían encontrase en cualquier parte de la ciudad. Pero extendiéndose sobre ellos, curvándose hacia el interior de horizonte a horizonte, envolviendo el mundo como un cielo claustrofóbico, el enorme domo lo definía todo. Destellos de luz llegaban desde el exterior, retorcidos por el grueso cristal, inciertos y vagamente amenazadores. La celosía negra de hierro que sostenía los paneles envolvía la ciudad como una red, como una vasta telaraña.

Ante aquel pensamiento, sintió en repentino escalofrío.

Lo asaltó una vertiginosa incertidumbre.

La Tejedora estaba cerca, en algún sitio.

Vaciló mientras corría y miraba arriba. Había visto el mundo como una telaraña durante una fracción de segundo, había vislumbrado la red global en sí misma y había presentido la proximidad de aquel poderoso espíritu arácnido.

— ¡Isaac! —susurró Derkhan, pasando a su lado. Lo arrastró hacia ella. Se había quedado quieto en medio de la calle, mirando hacia arriba, intentando desesperadamente encontrar un camino de vuelta a la consciencia. Trató de susurrarle, de hacerle saber lo que había descubierto mientras trastabillaba hacia ella, pero no podía ser claro y ella no escucharía. Derkhan lo arrastró a través de las calles oscuras.

Tras un laberíntico recorrido, ocultándose de las patrullas y vigilando el reluciente techo de cristal, se detuvieron frente a un grupo de edificios oscuros en la intersección de dos calles desiertas. Yagharek aguardó hasta que todos estuvieron lo bastante cerca como para oírlo; entonces se giró y se explicó gesticulando.

—Desde esa ventana de allí.

La cúpula descendía inexorable sobre la terraza, destruyendo tejados y reduciendo la masa de las calles a pilas de escombros, pero Yagharek señalaba el extremo más alejado de la cáscara, donde los edificios estaban casi intactos.

Las tres plantas bajo el ático estaban ocupadas. Destellos de luz se derramaban desde los bordes de las cortinas.

Yagharek se ocultó en una pequeña callejuela y arrastró a los demás tras él. Hacia el norte podían oír los gritos consternados de las patrullas confusas, desesperadas por decidir qué hacer.

—Aunque no fuera demasiado arriesgado tener a los cactos de nuestro lado —susurró Isaac—, estaríamos jodidos si tratáramos de conseguir ahora su ayuda. Están como locos. En cuanto nos vieran nos destrozarían con sus arcos huecos, antes de que nos diéramos cuenta.

—Tenemos que pasar frente a las habitaciones donde duermen los cactos —dijo Yagharek—. Tenemos que llegar hasta arriba, y descubrir de dónde vienen las polillas.

—Tansell, Penge —dijo Shadrach con decisión—, vigilad la puerta. —Lo miraron un momento antes de asentir—. ¿Profesor? Supongo que será mejor que vengas conmigo. Y estos constructos… Crees que son útiles, ¿no?

—Pienso que serán esenciales —respondió Isaac—. Pero escuchad… Creo que… creo que la Tejedora está aquí.

Todos se quedaron mirándolo.

Derkhan y Lemuel parecían incrédulos. Los aventureros, impasibles.

— ¿Qué le hace creer eso, profesor? —preguntó Pengefinchess con suavidad.

—Yo… creo que… que la sentí. Ya nos las hemos visto antes con ella. Dijo que nos encontraríamos de nuevo…

Pengefinchess miró a Tansell y a Shadrach. Derkhan habló con premura.

—Es cierto—dijo—. Preguntadle a Pigeon. Él la vio. —Reluctante, Lemuel admitió que así había sido.

—Pero no hay mucho que podamos hacer al respecto —dijo—. No podemos controlar a esa cabrona, y si viene a por nosotros o a por ellas, estamos a merced de los acontecimientos. Podría no actuar. Como dijiste, Isaac, hará lo que quiera hacer.

—Bien —replicó Shadrach precavido—, de todos modos vamos a entrar. Tú, garuda. Las has visto. Viste de dónde salieron. Deberías venir. Así que estamos yo, el profesor, el pájaro y los constructos. El resto os quedaréis aquí y haréis exactamente lo que Tansell y Penge os digan, ¿de acuerdo?

Lemuel asintió, ausente. Derkhan frunció el ceño, pero se tragó su resentimiento. El tono duro y autoritario de Shadrach era impresionante. Podía no gustarle, podía considerarlo escoria sin valor, pero conocía su negocio. Era un asesino, y eso era lo que necesitaban en aquellos momentos. Asintió.

—A la primera señal de problemas, salís de aquí. Volvéis a las cloacas y desaparecéis. Reagrupamiento en el vertedero mañana, si es necesario. ¿Entendido? —Esa vez hablaba con Pengefinchess y Tansell, que asintieron con brusquedad. La vodyanoi susurraba a su elemental y comprobaba su aljaba. Algunas de las flechas tenían puntas complejas, con hojas delgadas cargadas con un mecanismo que se abría al contacto e infligía unas heridas casi tan brutales como las de un arco hueco.

Tansell revisaba sus armas. Shadrach titubeó un instante antes de desatar el mosquetón y entregárselo a su compañero, que lo aceptó con un gesto de agradecimiento.

— Va a ser casi cuerpo a cuerpo —dijo Shadrach—. No lo voy a necesitar. —Sacó la pistola tallada. El rostro demoníaco en el extremo de la bocacha parecía moverse bajo la luz. Susurró; parecía que le hablara al arma. Isaac sospechaba que estaba mejorada mediante taumaturgia.

Shadrach, Yagharek e Isaac se alejaron lentamente del grupo.

— ¡Constructos! —susurró el último—. Con nosotros. —Se produjo un siseo de pistones y el temblor del metal cuando cinco compactos y pequeños cuerpos simiescos se unieron a ellos.

Isaac y Shadrach miraron a Yagharek, que comprobaba sus espejos para asegurar la claridad de la visión reflejada.

Tansell se encontraba frente al pequeño grupo, tomando notas en una libreta. Alzó la mirada, apretó los labios y miró a Shadrach, con la cabeza inclinada hacia un lado. Observó las antorchas, valoró el ángulo de los tejados que se cernían sobre ellos. Trazó oscuras fórmulas.

— Voy a intentar un hechizo de velo —dijo—. Sois demasiado visibles. No tiene sentido buscar problemas. — Shadrach asintió —. Es una pena que no podamos incluir a los constructos. Señaló a los simios autómatas para que se apartaran—. ¿Me ayudas, Penge? Canaliza un poco de energía, anda. Esto es agotador.

La vodyanoi se inclinó un poco y situó la mano izquierda sobre la derecha de su compañero. Los dos se concentraron, cerrando los ojos. Durante un minuto no hicieron movimiento ni sonido alguno. Entonces Isaac vio cómo sus ojos se abrían nerviosos al mismo tiempo.

—Apagad esas malditas luces —siseó Tansell, y la boca de Pengefinchess se movió en silencio con él. Shadrach y los otros miraron a su alrededor, inseguros de a qué se refería, cuando vieron el fulgor de una farola ardiente sobre ellos.

De inmediato, Shadrach hizo un gesto a Yagharek. Se acercó a la lámpara más cercana y unió sus manos, formando un escalón. Flexionó las piernas.

—Usa tu capa —le dijo—. Sube y ahoga la llama.

Probablemente fuera Isaac el único en percibir la infinitesimal vacilación del garuda. Comprendió la valentía en la obediencia de Yagharek, preparado para echar a perder su último tapujo. Desabrochó el cierre de la garganta y apareció ante todos ellos, con la cabeza emplumada y el pico al descubierto, la enorme vacuidad a su espalda voceando la evidencia, sus cicatrices y muñones cubiertos por una delgada camisa.

Posó con cuidado su pie cubierto de garras sobre las manos de Shadrach y se incorporó. El aventurero alzó al garuda de huesos huecos con facilidad. Yagharek arrojó su capa sobre la llama pegajosa, que se apagó con una breve humareda negra. Las sombras cayeron sobre ellos como predadores.