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Antes de que llegaran a la siguiente planta, Isaac tiró de Shadrach para detenerlo; observado por sus dos compañeros, volvió a susurrar a uno de los monos. Retuvo al mercenario mientras el autómata se arrastraba con mecánico sigilo escaleras arriba y desaparecía en la sala oscura que había más allá.

Contuvo el aliento. Tras un minuto, el constructo emergió y agitó el brazo con torpeza, indicándoles que subieran.

Ascendieron lentamente hasta un alargado y desierto ático. Una ventana sin cristal, con el marco cuajado de extrañas hendiduras, daba al encuentro de las calles. A través de aquel pequeño rectángulo entraba la luz, una pálida y cambiante exudación de las antorchas del exterior.

Yagharek señaló lentamente la abertura.

—Por ahí. Salieron por ahí.

El suelo estaba cubierto de suciedad añeja y una gruesa capa de polvo. Las paredes aparecían arañadas con inquietantes diseños.

Una enojosa corriente de aire bañaba la estancia. Era un tiro débil, casi indetectable, pero en el calor inmóvil del domo resultaba molesto, violento. Isaac miró a su alrededor, tratando de localizar su fuente.

La vio. Aun sudando por el calor nocturno, sintió un escalofrío.

Directamente frente a la ventana, el yeso de la pared se amontonaba en capas desgarradas sobre el suelo. Había caído desde un agujero, un boquete de aspecto recién creado, una cavidad irregular en los ladrillos que ascendía hasta la altura de sus muslos.

Era una herida manifiesta y amenazadora. La brisa la conectaba con la ventana, como si alguna criatura impensable respirara en las entrañas de la casa.

—Es ahí dentro —dijo Shadrach—. Ahí debe de ser donde se ocultan. Tiene que ser el nido.

Desde el boquete se abría un complejo túnel quebrantado, tallado en la sustancia del edificio. Isaac y Shadrach parpadearon en su lobreguez.

—No parece lo bastante ancho para una de esas hijas de puta —dijo Isaac—. No creo que trabajen de acuerdo con… en… el espacio regular.

El túnel tenía un metro veinte de anchura media, era profundo y estaba toscamente tallado. Su interior se perdía de inmediato. Isaac se arrodilló en la entrada y olfateó las tinieblas. Alzó la vista hacia Yagharek.

—Tienes que quedarte aquí —le dijo. Antes de que el garuda pudiera protestar, Isaac le señaló la cabeza—. Shad y yo llevamos los cascos que nos dio el Consejo. Y con esto — palmeó su bolsa— podríamos acercarnos a lo que sea que se oculte ahí, si es que hay algo. Buscó y sacó una dinamo. Era la misma máquina que el Consejo había empleado para amplificar sus ondas mentales y atraía al ansioso redrojo. También llevaba un gran cuajo de tubos enrollados, forrados de metal.

Shadrach se arrodilló junto a él y bajó la cabeza. Isaac enchufó el extremo de uno de los tubos en su lugar en la base del casco y giró los tornillos para asegurarlo.

—Según el Consejo, los canalizadores usan un dispositivo similar a una técnica llamada… ontolografía de desplazamiento —musitó Isaac—. No me preguntes. El caso es que estos tubos de escape liberan nuestros… eh… efluvios psíquicos… y los descargan por aquí. —Miró a Yagharek—. Así no hay huella mental, ni sabor, ni rastro. —Afianzó el último perno y dio unos suaves golpecitos en el casco de Shadrach. Luego bajó su propia cabeza y el mercenario repitió la operación—. Si resulta que ahí abajo hay una polilla, Yag, y te acercas a ella, te saboreará. Pero a nosotros no debería poder. Esa es la teoría.

Cuando Shadrach hubo terminado, Isaac se incorporó y le entregó a Yagharek los extremos de los tubos.

—Cada uno tiene unos… ocho, diez metros. Sostenlos hasta que se tensen, y después libéralos para que los arrastremos detrás. ¿De acuerdo? —Yagharek asintió. No le gustaba que lo dejaran atrás, pero aceptaba sin duda alguna que no había otra elección.

Isaac tomó dos cables enrollados y los adosó primero a la máquina que portaba, y después a las válvulas de sus respectivos cascos.

—Esto es una pequeña batería antiácida —explicó, agitando la máquina—. Trabaja junto a un diseño mecánico basado en la tecnología khepri. ¿Estamos listos? —Shadrach comprobó rápidamente su pistola, tocó por orden todas las demás armas y asintió. Isaac tanteó su pistola y el extraño cuchillo en el cinturón—. Muy bien, pues.

Activó la pequeña palanca de la dinamo y desde la máquina llegó un zumbido siseante. Yagharek sostuvo precavido los escapes y miró en su interior. Notaba vagas sensaciones, una extraña colada que fluía hasta él desde el borde de los tubos. Un ligero temblor lo recorrió desde las manos, la reverberación de un temor que no era el suyo.

Isaac señaló a tres de los constructos.

—Entrad —dijo—. Metro y medio por delante de nosotros. Moveos lentamente. Deteneos si hay peligro. Tú —dijo señalando a otro—, marcha tras nosotros. El otro, que se quede con Yag.

Lentamente, uno tras otro, los autómatas se sumergieron en las tinieblas.

Isaac apoyó una mano sobre el hombre de Yagharek.

—Volveremos pronto, viejo —dijo—. Vigila por nosotros.

Se arrodilló, precediendo a Shadrach por la gruta de ladrillo roto, avanzando acuclillados por el agujero estigio.

El túnel era parte de una topografía subversiva.

Se arrastraba en ángulos extraños entre las paredes del edificio y giraba bruscamente, inundado por el ruido de las respiraciones y el traqueteo de los monos. A Isaac le dolían las manos y las rodillas por la presión de la piedra tallada bajo ellas. Estimó que estaban retrocediendo hacia las plantas derruidas. Se desplazaban hacia abajo, e Isaac recordó cómo la curva de la cúpula había decapitado las casas en un punto cada vez más bajo a medida que se acercaban al cristal. Cuanto más cercanas estaban las habitaciones a la cáscara exterior, cuanto más bajas se encontraban, más cuajadas aparecían de restos y escombros.

Se abrían paso por el pequeño muñón de la calle, hacia la bóveda, por plantas desiertas que formaban una madriguera intersticial. Isaac tembló un instante en la oscuridad. Sudaba por el calor y el miedo; estaba aterrado. Había visto a las polillas. Las había visto alimentarse. Sabía lo que podía esperarles en las profundidades de aquella cuña de cascotes.

Tras un corto tiempo arrastrándose, Isaac sintió un tirón y una liberación. El tubo había alcanzado toda su extensión y Yagharek lo había soltado.

No dijo nada. Podía oír a Shadrach a su espalda, respirando con dificultades, gruñendo. Los dos hombres no podían alejarse más de metro y medio, ya que los cables de sus cascos estaban conectados a un único motor.

Isaac alzó la cabeza y miró a su alrededor, buscando desesperado una luz.

Los constructos simiescos seguían avanzando. Cada pocos momentos, uno encendía un instante los focos de sus ojos y, por una fracción de segundo, Isaac podía distinguir la siniestra gruta de añicos y el metal reluciente del cuerpo de los constructos. Entonces las luces se apagaban e Isaac trataba de seguir la imagen fantasmal que se difuminaba lentamente ante sus ojos.

En la oscuridad absoluta era fácil sentir hasta el más leve brillo. Isaac supo que se dirigían hacia una fuente de luz cuando alzó la mirada y vio la silueta gris del túnel, más adelante. Algo le apretó el pecho y dio un respingo al reconocer los dedos de peltre y la masa oscura de un constructo. Isaac dio orden a Shadrach de que se detuviera.

La máquina gesticulaba a Isaac de forma exagerada. Señalaba hacia delante, hacia los dos compañeros que aguardaban en el extremo del túnel visible, que se inclinaba de repente y comenzaba a ascender.

Isaac indicó que Shadrach tendría que esperar. Después se arrastró hacia delante con un paso casi inmóvil. Un miedo glacial comenzaba a inundarlo, desde el estómago hacia el resto de su cuerpo. Trató de calmar su respiración. Movió un pie lentamente, avanzándolo poco a poco, hasta que sintió un picor al emerger a un pozo levemente iluminado.