Cuando Isaac hubo llegado al muro, Shadrach lo siguió a la superficie, a la habitación. De nuevo, su presencia incomodó ligeramente a la criatura, pero nada más.
Después de Shadrach, tres simios constructos se arrastraron hasta el exterior, dejando a uno más para custodiar el túnel. Comenzaron a caminar con lentitud hacia la polilla. Esta se volvió hacia ellos, pareció observarlos sin ojos.
—Creo que puede sentir su forma física y sus movimientos y también el nuestro —susurró Isaac—. Pero sin un rastro mental, no nos ve… a ninguno de nosotros, como una vida sapiente. Solo somos materia física en movimiento, como árboles en una tormenta.
La polilla se estaba volviendo para encararse con los constructos que se le acercaban. Estos se separaron y empezaron a aproximarse a ella desde direcciones diferentes. No se movían deprisa y la polilla no parecía preocupada. Pero sí sentía una cierta cautela.
—Ahora —susurró Shadrach. Isaac y él alargaron el brazo y empezaron lentamente a tirar de los tubos que emergían de la parte alta de sus cascos.
Mientras los extremos abiertos de estos se aproximaban, la agitación de la polilla asesina iba en aumento. Vagaba de adelante atrás, volviendo para proteger a sus huevos y luego avanzando unos pocos metros de forma titubeante, castañeteando los dientes mientas en su cara se dibujaba un rictus horrible.
Isaac y Shadrach se miraron y empezaron a contar en silencio.
Al llegar a tres, sacaron los extremos de los tubos. En un único movimiento, tan rápidamente como podían, balancearon el metal a su alrededor y lanzaron los extremos abiertos hacia la esquina, a cinco metros de distancia.
La polilla asesina enloqueció. Siseó y chilló con un sonido espeluznante. Irguió el cuerpo, aumentando su tamaño mientras un sinfín de cuchillos exoesqueléticos emergía en orgánica amenaza de los agujeros de su carne.
Isaac y Shadrach la contemplaron en sus espejos, aterrados por su monstruosa majestad. Había extendido las alas y se había vuelto hacia la esquina en la que se agitaban los extremos de los tubos. Los dibujos de sus alas latían con energía hipnótica mal encaminada.
Isaac estaba paralizado. Las alas de la polilla asesina eran una confusión arremolinada de patrones extraños. Se acercó cautelosa y amenazadoramente hacia los extremos de los tubos, acurrucada como un depredador, ora sobre cuatro de sus patas, ora sobre seis, ora sobre dos.
Rápidamente, Shadrach empujó a Isaac hacia la bola de mierda onírica.
La dejaron a un lado y pasaron tan cerca de la polilla, hambrienta y envuelta en un intenso aroma a incienso, que casi habría podido tocarla con la mano. Veían cómo se aproximaba en sus espejos, una masiva y amenazante arma animal. Mientras pasaban junto a ella, ambos hombres giraron suavemente sobre sus talones, caminando de espaldas hacia la mierda onírica un momento y de frente al siguiente. De este modo, mantenían siempre a la polilla detrás de ellos, visible en sus espejos.
El monstruo avanzó directamente junto a los constructos y arrojó a uno de ellos a un lado sin siquiera advertir su presencia mientras una de sus serradas espinas se extendía hacia un lado, presa de una cólera estremecida y famélica.
Isaac y Shadrach caminaban cuidadosamente mientras comprobaban en sus espejos que los extremos de sus tubos de escape mental permanecían donde los habían arrojado, actuando como cebo para la polilla asesina. Dos de los constructos simiescos la seguían a corta distancia, mientras el tercero se aproximaba a sus huevos.
—Rápido —siseó Shadrach y empujó a Isaac al suelo. Este buscó a tientas su cuchillo y perdió unos segundos abriendo el cierre. Lo sacó. Titubeó un instante y entonces lo clavó con un gesto suave sobre la gruesa y pegajosa masa.
Shadrach observaba absorto en sus espejos. La polilla asesina, seguida muy de cerca por los constructos, se precipitaba de forma absurda sobre los serpenteantes extremos de los tubos.
Mientras Isaac extraía el cuchillo de la superficie de la bolsa de huevos, la polilla sacudía los dedos y la lengua tratando de encontrar al enemigo cuya mente resultaba tan tentadoramente consciente.
Isaac se cubrió las manos con las mangas de la camisa y empezó a tirar de la hendidura abierta en la masa de mierda onírica. Con gran esfuerzo, logró arrancar la tierna bola.
—Rápido —volvió a decir Shadrach.
La mierda onírica (cruda, primigenia, destilada y pura) empapó la tela que cubría las manos de Isaac, haciendo que un hormigueo se extendiera por sus dedos. Dio un último tirón. El centro de la bola de droga se abrió con un desgarro y allí, en el centro, había un pequeño racimo de huevos.
Cada uno de ellos era traslúcido y oval, más pequeño que el de una gallina. A través de su dermis semilíquida, Isaac podía ver una vaga forma arrollada. Levantó la mirada y llamó con señas al constructo que tenía más cerca.
Al otro extremo de la habitación, la polilla asesina había recogido uno de los tubos de metal y apretaba su cara contra el flujo de emociones que brotaba de su extremo abierto. Lo agitó, confusa. Abrió la boca y desenrolló la obscena e intrusiva lengua. Lamió el extremo del tubo una vez y luego introdujo la lengua en su interior, buscando ansiosamente la fuente del tentador flujo.
— ¡Ahora! —dijo Shadrach. Las patas de la polilla asesina se movían a lo largo del metal arrollado, buscando. El rostro de Shadrach se puso blanco al instante. Separó las piernas y se preparó—. ¡Ahora, maldita sea, hazlo ahora! —gritó. Isaac levantó la mirada, alarmado.
Shadrach estaba mirando fijamente sus espejos. Tenía el brazo izquierdo alargado hacia atrás, apuntando con el arma taumatúrgica a la polilla asesina.
El tiempo se frenó mientras Isaac miraba sus propios espejos y veía el tubo de metal gris en las patas de la polilla. Vio la mano de Shadrach, firme como la de un muerto, empuñando su pistola, apuntando detrás de su propia espalda. Vio a los simios autómatas esperando su orden para atacar.
Volvió a mirar al repugnante puñado de huevos, rezumante y glutinoso.
Abrió la boca para gritar a los constructos, pero mientras inhalaba para proferir su orden, la polilla asesina se inclinó hacia delante un momento y entonces tiró del tubo con toda su horrenda fuerza.
La voz de Isaac fue ahogada por el chillido de Shadrach y la detonación de la pistola de pedernal. Había esperado un momento de más para disparar. El proyectil imbuido impactó con una explosión sorda en la superficie del muro. Shadrach fue arrastrado por los aires. La correa de cuero que aseguraba el casco a su cabeza se partió. El casco se alejó volando de él, trazó a gran velocidad un arco desde el extremo del tubo y chocó contra el muro. El golpe arrancó las conexiones del traje del mercenario. La perfecta trayectoria curva seguida por este se interrumpió y rodó describiendo en un feo arco roto; mientras su arma se alejaba volando de él, aterrizó con fuerza y sin equilibrio alguno sobre el duro suelo de hormigón, que quedó manchado de sangre.
Shadrach gritó y gimió, rodó sobre el suelo aferrándose la cabeza con las manos, trató de incorporarse.
Sus atribuladas ondas mentales prorrumpieron de pronto en el aire. La polilla asesina se volvió, gruñendo.
Isaac gritó a los constructos. Mientras la criatura empezaba a correr con horripilante rapidez hacia Shadrach, los dos que se encontraban detrás de ella saltaron simultáneamente. De sus bocas brotaron llamas que se desparramaron sobre el cuerpo de la polilla.
La cosa chilló y un puñado de látigos dérmicos brotó de su chamuscada espalda para atacar a los constructos. Pero la polilla no frenó su avance sobre Shadrach. Una excrecencia tentacular se enrolló con un chasquido alrededor del cuello de uno de los constructos y la arrancó del cuerpo de la polilla asesina con asombrosa facilidad. Lanzó el cuerpo de metal contra el muro con la misma brutalidad que había demostrado con el casco.