Se produjo un terrible sonido mientras el constructo se hacía pedazos y arrojaba metal destrozado y aceite llameante por el suelo. Ardió a poca distancia de donde se encontraba Shadrach, fundía el metal y quebraba el hormigón.
El constructo que había junto a Isaac lanzó un escupitajo de potente ácido sobre el racimo de huevos. Al instante, estos empezaron a humear, a separarse y a disolverse.
La polilla asesina profirió un aullido impío, inmisericorde, terrible.
Al instante se volvió, se apartó de Shadrach y recorrió la habitación hacia su progenie. Su cola se sacudía violentamente de un lado a otro, golpeó a Shadrach mientras yacía gimiendo sobre el suelo, lo hizo desplomarse sobre su propia sangre.
Isaac pisoteó una vez, salvajemente, el racimo de huevos que se estaba convirtiendo en líquido, y entonces retrocedió para apartarse del camino de la polilla asesina. Sus pies resbalaban sobre la gelatinosa masa. Corrió a medias y a medias trepó hacia el muro, llevando en una mano el cuchillo y en la otra el precioso dispositivo que mantenía ocultas sus ondas mentales.
El constructo que seguía pegado a la espalda de la polilla volvió a vomitar fuego sobre su piel y la criatura chilló de dolor. Las patas segmentadas volaron hacia atrás y tantearon la espalda en busca del simio. Sin detenerse, la polilla logró apresarlo por uno de los brazos y se lo arrancó de la piel.
Lo aplastó contra el suelo, hizo añicos sus lentes de cristal, destrozó la metálica carcasa de la cabeza y dejó una estela de válvulas y cables. Por fin, lo arrojó lejos de sí, convertido en montón de chatarra. El último constructo retrocedió, tratando de ganar distancia para poder rociar a su enorme y enloquecido enemigo.
Antes de que el autómata pudiera escupir su ácido, dos enormes pestañas de hueso serrado restallaron más rápidas que látigos y lo partieron sin esfuerzo por la mitad.
La parte superior se sacudió convulsa mientras trataba de arrastrarse por el suelo. El ácido que había llevado en su interior formó un charco humeante y acre sobre el polvo que empezó a disolver a los cactos muertos que lo rodeaban.
La polilla pasó las patas sobre la viscosa y humeante masa que habían sido sus huevos. Ululó y gimió.
Isaac se alejó arrastrándose de la criatura al tiempo que la observaba en sus espejos, y avanzó a tientas a lo largo del muro en dirección a Shadrach, que yacía gimiendo y llorando, aturdido por el dolor.
En los espejos que tenía delante de los ojos, Isaac vio que la polilla asesina se volvía. Siseaba, agitando la lengua. Extendió las alas y se arrojó sobre Shadrach.
Isaac trató desesperadamente de alcanzar al otro hombre, pero fue demasiado lento. La monstruosa criatura volvió a adelantarlo e Isaac se giró suavemente una vez más, manteniendo siempre al terrible depredador en sus espejos.
Mientras observaba presa del horror, Isaac vio cómo la polilla alzaba a Shadrach. Este tenía los ojos en blanco. Estaba aturdido y dolorido, empapado de sangre.
Comenzó a deslizarse de nuevo muro abajo. El ser alargó por completo las patas y entonces, tan rápidamente que hubo terminado antes siquiera de que Isaac se diera cuenta de nada, lo atacó con dos de las alargadas y dentadas garras, atravesó con ellas las muñecas de Shadrach y lo apresó físicamente contra el muro.
Shadrach e Isaac gritaron a un tiempo.
Mientras mantenía las dos lanzas óseas en el lugar, la polilla extendió sus dos manos cuasihumanas y palpó los ojos de Shadrach. Isaac lanzó un gemido, tratando de advertirlo, pero el gran guerrero estaba confuso, presa de la agonía, y miraba desesperadamente a su alrededor para ver qué era lo que le causaba tanto dolor.
En vez de eso, vio las alas de la polilla.
Se calmó al instante y la criatura, la cabeza todavía humeando y crepitando a causa del calor del ataque del constructo, se inclinó hacia delante para alimentarse.
Isaac apartó la mirada. Volvió la cabeza cuidadosamente para no ver cómo aquella probóscide sorbía la consciencia del cerebro de Shadrach. Isaac tragó saliva y comenzó a cruzar lentamente la habitación en dirección al agujero y al túnel. Las piernas le temblaban y apretó la mandíbula. Su única esperanza era marcharse. De ese modo podría sobrevivir.
Puso mucho cuidado en ignorar los babeantes sonidos de succión, los líquidos gemidos de placer y el drip-drip-drip de saliva o sangre que venía de detrás de sí. Isaac avanzaba cuidadosamente hacia la única salida de la habitación.
Mientras se acercaba a esta, vio el extremo del tubo de metal unido a su casco que todavía yacía junto al muro. Entonó en silencio una plegaria. Su esencia mental aún estaba derramándose en la habitación. La polilla asesina debía de saber que había otra criatura inteligente en ella. Cuanto más se acercaba al túnel, más próximo se encontraba a la salida del tubo. Ya no estaría confundiendo al ser sobre su posición.
Y sin embargo, con todo, parecía que estaba de suerte. La polilla asesina parecía tan concentrada en devorar su presa y, a juzgar por los sonidos de tejido desgarrado, en cobrarse venganza sobre el cuerpo destrozado del pobre Shadrach, que no le estaba prestando la menor atención a la aterrorizada presencia que había detrás de ella. Isaac pudo seguir adelante, pasar junto a ella, alejarse, llegar junto al borde de la madriguera.
Pero allí, mientras se alzaba sereno, preparado para dejarse caer silenciosamente en la oscuridad en la que todavía esperaba el constructo y alejarse a rastras de aquella guarida de pesadilla para regresar a la cúpula, sintió una trepidación bajo sus pies.
Miró abajo.
El sonido de un frenético batir de alas se arrastraba por el túnel hacia él. Retrocedió un paso, aterrorizado por completo. Sintió que el enladrillado temblaba desde abajo.
Con un estrépito todopoderoso, el simio constructo vino catapultado desde el túnel y chocó con fuerza contra el muro de ladrillos. Trató de frenarse con los brazos, de voltearse y regresar erguido al suelo, pero llevaba demasiado impulso y los dos brazos se le partieron limpiamente a la altura de los hombros.
Trató de incorporarse, mientras de su boca brotaba humo y fuego, pero una nueva polilla emergió del túnel y pasó sobre su cabeza destrozando su intrincada maquinaria.
La polilla penetró de un salto en la habitación y, durante un largo e inmisericorde momento, Isaac la miró directamente, con las dos alas extendidas por completo.
Solo al cabo de varios instantes de terror y desesperación, advirtió que la recién llegada lo ignoraba y se arrojaba, pasando junto a él y sobre los cuerpos que llenaban la habitación, hacia los destruidos huevos. Y mientras corría, volvió la cabeza sobre el alargado y sinuoso cuello y los dientes le castañetearon con algo que parecía miedo.
Isaac volvió a pegarse al muro y observó con sus espejos a las dos polillas asesinas.
La segunda de ellas abrió los dientes y escupió una especie de sonido agudo y sostenido. La segunda sorbió con todas sus fuerzas una última vez y dejó que el cuerpo arruinado y vacío de Shadrach se desplomase. Entonces retrocedió con su hermana hacia la glutinosa masa de la mierda onírica y los huevos.
Ambas criaturas extendieron las alas. Se irguieron, las puntas de las alas tocándose, los diferentes miembros blindados extendidos, y esperaron.
Isaac se introdujo lentamente en el agujero, sin atreverse siquiera a preguntarse qué estaba ocurriendo, por qué razón lo estaban ignorando. Detrás de él, el metálico tubo de escape serpenteaba como una cola imbécil. Mientras Isaac, presa del desconcierto, contemplaba sus espejos, incapaz de encontrarle sentido a la escena que se estaba desarrollando detrás de él, el espacio que rodeaba la entrada del túnel vibró un instante. Se combó y entonces floreció súbitamente y allí, en la madriguera, con él, se encontraba la Tejedora.