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Estaba llorando sangre. No pestañeó. No se la limpió.

Al otro extremo de la calle, Pengefinchess se volvió y le gritó que no fuera estúpido, pero él la ignoró. Sus manos y sus miembros estaban temblando violentamente. Alzó las nudosas manos e Isaac vio que sus venas sobresalían inmensamente, como un mapa dibujado en relieve sobre su piel.

Tansell empezó a recorrer la calle en sentido opuesto, hacia el recodo en el que iban a aparecer los cactos.

Pengefinchess le gritó una última vez y entonces dio un poderoso salto para cruzar un muro derruido. Ordenó a voces a los demás que la siguieran.

Isaac retrocedió rápidamente hacia el tabique destrozado mientras observaba la figura cada vez más lejana del mercenario.

Derkhan estaba subiendo con dificultades una pequeña escalera de ladrillos rotos, vaciló y saltó al patio oculto en el que la vodyanoi se peleaba con la tapa del pozo de visita. Yagharek tardó menos de dos segundos en escalar el muro y dejarse caer al otro lado. Isaac alargó los brazos hacia arriba y volvió a mirar hacia atrás. Lemuel venía corriendo a toda velocidad por el callejón, ignorando la figura desesperada de Tansell que había detrás de él.

Este esperaba en la entrada del paseo. Se agitaba por el esfuerzo y su cuerpo era recorrido por el flujo taumatúrgico. Tenía el cabello erizado. Isaac vio cómo su cuerpo despedía pequeñas chispas de ébano, que trazaban fugaces arcos de energía. La poderosa carga que crepitaba y brotaba desde debajo de su piel era completamente oscura. Brillaba negativamente, despidiendo no-luz.

Los cactos doblaron la esquina y aparecieron frente a él.

La vanguardia del grupo se vio sorprendida por aquella extraña figura que despedía un resplandor oscuro, de manos dobladas y agarrotadas como las de un vengativo esqueleto y que hacía crepitar el aire con taumaturgones. Antes de que pudieran reaccionar, Tansell dejó escapar un gruñido y zigzagueantes rayos de la negra energía emanaron de su cuerpo en dirección a ellos.

Trepidaron por el aire como relampagueantes bolas y golpearon a varios cactos. Las energías del maleficio estallaron contra sus víctimas y se disiparon por toda su piel en crepitantes venas. Los hombres cacto volaron varios metros hacia atrás y sus cabezas fueron a chocar contra los adoquines. Uno de ellos quedó inmóvil. Los demás se retorcieron, aullando de dolor.

Tansell alzó los brazos todavía más y un guerrero se adelantó, al tiempo que blandía su hoja de guerra detrás de los hombros. La balanceó en un enorme y poderoso arco.

La pesada arma cayó sobre el hombro izquierdo de Tansell. Instantáneamente, al contacto con su piel, condujo la anti-carga que recorría el cuerpo del mercenario. El atacante se convulsionó poderosamente y la fuerza de la corriente lo derribó de espaldas; de su brazo destrozado empezó a brotar savia, pero el impulso de su terrible golpe condujo la hoja a través de capas de grasa y sangre y hueso y abrió a Tansell un enorme tajo en la carne de medio metro de longitud, desde el hombro hasta más allá del esternón. La hoja permaneció hincada por encima del estómago, estremeciéndose.

Tansell gritó una vez, como un perro sobresaltado. La oscura anti-carga se derramó crepitando por la enorme herida, que empezó a escupir sangre en un vasto y goteante torrente. Los cactos se arremolinaron a su alrededor, pateando y golpeando al hombre que agonizaba a toda velocidad.

Isaac dejó escapar un grito de angustia y alargó los brazos hacia lo alto del muro. Le hizo un gesto a Lemuel. Miró abajo, hacia el oscuro patio. Derkhan y Pengefinchess habían abierto el camino que conducía hacia la ciudad subterránea.

Los cactos no habían abandonado la persecución. Algunos de los que no estaban cebándose en el cuerpo de Tansell seguían corriendo en su dirección, agitando las armas hacia Isaac y Lemuel. Mientras este último llegaba al muro, se alzó con fuerza el sonido de un arco hueco. Hubo un chasquido carnoso. Lemuel gritó y cayó.

Un enorme chakri dentado se había clavado profundamente en su espalda, justo encima de las nalgas: sus plateados bordes sobresalían de la herida, que derramaba sangre copiosamente.

Lemuel alzó la vista hacia el rostro de Isaac y lanzó un grito lastimero. Sus piernas temblaban. Sacudía las manos, levantando nubes de polvo de ladrillo a su alrededor.

— ¡Oh Jabber Isaac ayúdame por favor! —gritó—. Mis piernas… Oh Jabber, oh dioses… —tosió un enorme esputo de sangre que resbaló horriblemente por su barbilla.

Isaac estaba paralizado por el horror. Se quedó mirando a Lemuel, cuyos ojos estaban preñados de terror y agonía. Levantó la vista un breve instante y vio que los cactos se precipitaban sobre el herido, aullando triunfantes. Mientras observaba, uno de ellos reparó en su presencia, levantó su arco hueco y apuntó cuidadosamente a su cabeza.

Isaac se agachó, se encaramó con dificultades al muro y pasó la mitad de su cuerpo al lado que daba al pequeño patio. Desde abajo, el pozo de visita abierto despedía fétidos vapores.

Lemuel lo miró, incrédulo.

— ¡Ayúdame! —chilló—. Jabber, joder, no, oh Jabber no… ¡No te vayas! ¡Ayúdame!

Agitaba los brazos como un niño con una rabieta mientras los hombres cacto caían sobre él; se rompió las uñas y se arañó los dedos hasta dejárselos en carne viva mientras trataba frenéticamente de trepar por el desmoronado muro arrastrando sus inútiles piernas detrás de sí. Isaac lo observaba, mortificado, consciente de que no había absolutamente nada que él pudiese hacer, de que no tenía tiempo de bajar a recogerlo, de que los cactos casi estaban ya sobre él, de que sus heridas acabarían por matarlo aún en el caso de que lograse llevarlo hasta el otro lado del muro, y consciente también de que, a pesar de todo ello, el último pensamiento de Lemuel estaría dirigido a su traición.

Desde el otro lado del mohoso hormigón del muro, Isaac escuchó los gritos de Lemuel mientras los cactos lo alcanzaban.

— ¡Él no tiene nada que ver en esto! —gritó en un ataque de pena. Pengefinchess, el rostro impasible, desapareció por la alcantarilla que discurría hacia abajo—. ¡Él no tiene absolutamente nada que ver en esto! —exclamó Isaac, desesperado porque los aullidos de Lemuel cesasen. Derkhan siguió a la vodyanoi, el rostro blanco y sangrando por el destrozado agujero de su oído—. ¡Dejadlo en paz cabrones, mierdas, estúpidos cactos hijos de puta! —chilló Isaac por encima de la cacofonía de Lemuel. Yagharek descendió hasta la altura de los hombros y sujetó a Isaac fieramente por el tobillo; le ordenó con un gesto que lo siguiera, haciendo ruido con el inhumano pico mientras le hablaba con agitación.

—Os estaba ayudando… —gritó Isaac con horror exhausto.

Mientras Yagharek desaparecía, Isaac se agarró al borde del pozo y entró en él. Con esfuerzo logró introducir su corpachón por el agujero de metal y recogió nerviosamente la tapa, preparándose para volver a colocarla mientras desaparecía de la vista.

Lemuel continuó gritando, de miedo y de dolor, por encima del muro. Los brutales sonidos de los aterrorizados y triunfantes cactos que castigaban al intruso continuaban y continuaban.

Se pararán, pensó Isaac desesperadamente mientras descendía. Están asustados y confusos, no saben lo que está ocurriendo. En cualquier momento le atravesarán la cabeza con un chakri o un cuchillo o una bala, lo terminarán, le pondrán fin. No tienen razones para mantenerlo con vida, pensó. Lo matarán porque piensan que está con las polillas, harán lo que deban para limpiar la cúpula, lo terminarán, son presa del pánico, no son torturadores, pensó, solo quieren ponerle fin al horror… Le pondrán fin en cualquier momento, pensó, sintiéndose miserable. Esto terminará ahora mismo.