Isaac estaba mirando fijamente al rostro de la Tejedora.
Dio un respingo y se apartó, mientras el corazón le latía de forma agresiva. La araña levantó la mirada hacia él. Tenía la cabeza en ángulo, de modo que solo eso emergía de las aguas y no el corpachón, que se erguía sobre ella cuando estaba de pie.
La Tejedora estaba canturreando, hablando en las profundidades del cráneo de Isaac.
…HERMOS O NECIO EL UNO EL DESNUDOMUERTO COMO SE TE ORDENÓ PEQUEÑO TEJEDOR DE CUATRO PATAS QUE PODRÍAS SER… dijo en un monólogo continuo… RÍO Y AMANECER AMANECE SOBRE MÍ LAS NOTICIAS SON DESNUDAS… Las palabras decayeron hasta que ya no resultaron inteligibles como tales y entonces Isaac aprovechó la oportunidad para hablar.
— Me alegro de verte, Tejedora. Recordaba nuestro acuerdo —respiró profundamente—. Necesitaba hablar contigo —dijo. El canturreo zumbante de la Tejedora se reinició e Isaac se esforzó por comprender, por traducir el hermoso galimatías en algo que tuviera sentido, en responder, en hacerse oír.
Era como mantener una conversación con un durmiente o con un loco. Era difícil, agotador. Pero podía hacerse.
Yagharek escuchó el apagado parloteo de unos niños que iban al colegio. Caminaban en algún lugar detrás de él, donde una senda cruzaba la hierba de la ribera.
Sus ojos parpadearon y se posaron sobre el otro lado del agua, donde los árboles y las amplias y blancas calles de la Colina de la Bandera se alejaban de las aguas en una suave inclinación. También allí el río estaba bordeado por una franja de hierba, pero en ella no había sendas ni niños. Solo las silenciosas casas separadas por vallas.
Yagharek juntó ligeramente las rodillas y se embozó en su apestosa capa. Quince metros más allá, en el río, la embarcación de Isaac parecía inmóvil de una manera casi sobrenatural. La cabeza de Isaac había aparecido temerosamente sobre la borda hacía algunos minutos y ahora permanecía asomada ligeramente sobre el borde del viejo bote, mirando en dirección contraria a Yagharek. Parecía como si estuviera absorto en la contemplación de una extensión de agua, algún resto flotante.
Debía de ser, se percató Yagharek, la Tejedora, y sintió que la excitación lo conmovía.
Estiró el cuello para oír, pero la ligera brisa no le trajo nada. Solo escuchó el rumor de las aguas y los sonidos abruptos de los niños que había a su espalda. Lloraban con facilidad.
Pasó el tiempo, pero el sol parecía congelado. La pequeña corriente de niños no fluía. Yagharek contempló cómo discutía Isaac de forma incomprensible con la invisible presencia arácnida que se encontraba bajo la superficie del río. Esperó.
Y entonces, algún tiempo después del amanecer pero antes de las siete en punto, Isaac se volvió de forma furtiva en el bote, buscó a tientas sus ropas y volvió a sumergirse con torpeza, como una pequeña rata de agua, en el Cancro.
La anémica luz de la mañana bañaba la superficie del río mientras Isaac avanzaba por el agua en dirección a la ribera. Al llegar a los bajíos realizó una grotesca danza acuática para volver a ponerse la ropa antes de subir, pesadamente y chorreando, por el barro y la maleza de la ribera.
Se dejó caer junto a Yagharek, resoplando.
Los escolares reían entre dientes y susurraban.
—Creo… creo que vendrá —dijo—. Creo que ha comprendido.
Eran más de las ocho cuando regresaron a la cabaña de las vías. Reinaba el silencio y hacía calor, un calor lleno de partículas que se deslizaban indolentes hacia el suelo. Los colores de los desperdicios y la madera caliente brillaban con intensidad allí donde la luz del sol atravesaba las paredes hechas astillas.
Derkhan no había regresado todavía. Pengefinchess dormía en una esquina o fingía hacerlo.
Isaac reunió las tuberías vitales y las válvulas, los motores y baterías y transformadores y los metió en un saco asqueroso. Extrajo sus notas, las revisó brevemente y volvió a guardarlas dentro de su camisa. Garabateó una nota para Derkhan y Pengefinchess. Yagharek y él comprobaron el estado de sus armas y las limpiaron, contaron sus escasas reservas de munición. Entonces Isaac se asomó por la ventana hecha añicos, a la ciudad que había despertado a su alrededor.
Ahora debían ser muy cuidadosos. El sol había cobrado todas sus fuerzas, la luz era intensa. Cualquiera podía ser un soldado y todos los oficiales debían de haber visto su heliotipo. Se embozaron en sus capas. Isaac vaciló y entonces le tomó prestado su cuchillo a Yagharek; se afeitó en seco con él. La afilada hoja le rasgó dolorosamente los nódulos y granos de la piel que eran la principal razón de que se hubiera dejado crecer la barba. Fue descuidado y rápido y no tardó en encontrarse frente a Yagharek con una barbilla pálida, cubierta por inexpertos trasquilones, sangrando y salpicada de bosquecillos de pelusa.
Tenía un aspecto deplorable, pero al menos parecía otra persona. Se acarició la ensangrentada piel mientras salían a la luz de la mañana.
Hacia las nueve, después de pasar varios minutos paseando con aire indiferente junto a las tiendas y los transeúntes que discutían, caminando por calles traseras siempre que les era posible, los dos compañeros se encontraban en el vertedero del Meandro Griss. El calor era atroz y parecía todavía más intenso en aquellos cañones de metal de desecho. A Isaac le picaba la barbilla.
Se abrieron camino entre las basuras hacia el corazón del laberinto, hacia la guarida del Consejo de los Constructos.
—Nada —Bentham Rudgutter apretó los puños sobre el escritorio—. Hace dos noches que tenemos los aeróstatos en vuelo y buscando. Y nada. Una nueva cosecha de cadáveres cada mañana y ni una maldita cosa en toda la noche. El rescate fracasado, no hay señal de Grimnebulin, no hay señal de Blueday… —alzó una mirada con los ojos inyectados en sangre y miró al otro lado de la mesa, donde Stem-Fulcher inhalaba de forma elegante el pungitivo aire de su pipa—. Esto no está yendo bien —concluyó.
Stem-Fulcher asintió lentamente. Estaba reflexionando.
—Dos cosas —dijo con lentitud—. Está claro que lo que necesitamos es una tropa especialmente entrenada. Ya le he hablado de los oficiales de Motley —Rudgutter asintió. Se frotaba los ojos sin descanso—. Podemos encargarnos de estas con facilidad. Podemos pedirle a las fábricas de castigo que nos proporcionen un escuadrón de soldados rehechos, con espejos y armas para la espalda y todo lo demás, pero lo que de verdad necesitamos es tiempo. Necesitamos entrenarlos. Eso supone tres o cuatro meses como mínimo. Y mientras esperamos a que llegue el momento adecuado, las polillas asesinas van a seguir atrapando ciudadanos. Haciéndose más fuertes. Así que tenemos que desarrollar estrategias para mantener la ciudad bajo control. Un toque de queda, por ejemplo. Sabemos que las polillas pueden entrar en las casas, pero no hay duda de que la mayoría de las víctimas proviene de las calles. Luego tenemos que acallar las especulaciones de la prensa sobre lo que está ocurriendo. Barbile no era el único científico que trabajaba en ese proyecto. Tenemos que estar capacitados para sofocar cualquier conato de sedición peligroso, necesitamos detener a todos los demás científicos involucrados. Y ahora que la mitad de la milicia está ocupada en labores relacionadas con las polillas, no podemos arriesgarnos a una nueva huelga en los muelles o algo similar. Eso podría dañarnos seriamente. Le debemos a la ciudad el poner fin a toda demanda poco razonable. Básicamente, alcalde, esta es una crisis mayor que cualquiera otra que hayamos vivido desde las Guerras Piratas. Creo que ha llegado la hora de declarar el estado de emergencia. Necesitamos poderes extraordinarios. Necesitamos una ley marcial.
Rudgutter frunció los labios ligeramente y reflexionó sobre ello.