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—Grimnebulin —dijo el avatar. El propio Consejo permanecía oculto. No se puso en pie. Resultaba imposible de distinguir de las montañas de porquería y desperdicios que lo rodeaban.

El cable que entraba en la cabeza del avatar emergía del suelo de virutas de metal y escombros de piedra. El avatar apestaba. Su piel estaba cubierta de moho.

—Grimnebulin —repitió con su voz incómoda y temblorosa—. ¿Qué sucede? El motor de crisis que me dejaste está incompleto. ¿Dónde se encuentran los constructos que te acompañaron al Invernadero? Las polillas asesinas han vuelto a salir esta noche. ¿Acaso has fracasado?

Isaac alzó las manos para detener el interrogatorio.

—Basta —dijo de forma perentoria—. Te lo explicaré.

Isaac sabía que el pensar que el Consejo de los Constructos estaba provisto de emociones resultaba engañoso. Mientras relataba al avatar la historia de la espantosa noche pasada en el Invernadero de los cactos (la noche en la que habían obtenido una victoria tan parcial a un precio tan horrendo) sabía que no eran la cólera ni la rabia las que hacían que el cuerpo del hombre se sacudiese y su rostro se convulsionase adoptando al azar muecas grotescas.

El Consejo de los Constructos poseía consciencia, pero no sentimientos. Estaba asimilando nuevos datos. Eso era todo. Estaba calculando posibilidades.

Le dijo que los constructos habían sido destruidos y el cuerpo del avatar sufrió un espasmo particularmente violento, mientras la información discurría por el cable en dirección a los escondidos motores analíticos del Consejo. Sin aquellos constructos no podía descargar la experiencia. Dependía de los informes de Isaac.

Como ya le ocurriera en una ocasión. Isaac creyó haber visto una figura humana escondiéndose entre los desperdicios que lo rodeaban, pero la aparición desapareció en un suspiro.

Isaac habló al Consejo de la intervención de la Tejedora y luego, por fin, empezó a explicarle su plan. El Consejo, por supuesto, no tardó en comprender.

El avatar asintió. Isaac creyó poder sentir movimientos infinitesimales en el suelo que lo rodeaba, conforme el Consejo mismo empezaba a moverse.

— ¿Comprendes lo que necesito de ti? —dijo Isaac.

—Por supuesto —replicó el Consejo con la trémula y aflautada voz del avatar—. ¿Y estaré conectado directamente al motor de crisis?

— Sí —dijo Isaac—. Así es como va a funcionar. Olvidé algunos de los componentes del motor de crisis cuando lo dejé contigo, razón por la cual no está completo. Pero eso está bien, porque cuando los vi me dieron la idea para todo esto. Pero escucha: necesito tu ayuda. Si queremos que esto funcione, necesitamos que los cálculos matemáticos sean exactos. He traído conmigo desde el laboratorio mi máquina analítica, pero no es ni mucho menos un modelo de primerísima categoría. Tú, Consejo, eres una red de motores de cálculo sofisticados de la hostia… ¿verdad? Necesito que hagas algunas sumas para mí. Que resuelvas algunas funciones, que imprimas algunas tarjetas de programación. Y necesito que sean perfectas. Con un grado de error infinitesimal. ¿De acuerdo?

—Muéstramelo.

Isaac extrajo dos hojas de papel. Caminó hasta el avatar y se las tendió. En medio de los olores a aceite y moho químico y metal caliente del vertedero, el hedor orgánico del cuerpo del avatar al descomponerse con lentitud resultaba espantoso. Isaac arrugó la nariz, asqueado. Pero extrajo fuerzas de flaqueza y permaneció junto a la carcasa putrefacta y medio viva, explicándole las funciones que había descrito a grandes rasgos.

—Esta página de aquí contiene varias ecuaciones para las que no he podido encontrar solución. ¿Puedes leerlas? Tienen que ver con la descripción matemática de la actividad mental. Esta segunda página es más complicada. Esta es la serie de tarjetas de programación que necesito. He tratado de disponer cada función con toda la exactitud que me ha sido posible. De modo que aquí, por ejemplo… —el rechoncho dedo de Isaac se movió a lo largo de una complicada serie de símbolos—. Esta es «busca datos de la entrada uno; ahora describe los datos». Luego viene la misma orden para la entrada dos… y esta tan complicada de aquí: «compara datos primarios». Y luego, aquí están las funciones constructivas de remodelación. ¿Te resulta comprensible todo esto? —dijo, mientras retrocedía un paso—. ¿Y puedes hacerlo?

El avatar tomó las hojas y examinó su contenido cuidadosamente. Los ojos del muerto se movieron suavemente a lo largo de la página siguiendo un fluido patrón izquierda-derecha-izquierda. Se prolongó hasta que el avatar hizo una pausa y se estremeció mientras los datos fluían por el cable en dirección al oculto cerebro del Consejo.

Se produjo un movimiento imperceptible y entonces el avatar dijo:

—Todo esto puede hacerse.

Isaac asintió en seco triunfo.

—Lo necesitamos… vaya… ahora. Cuanto antes. Puedo esperar. ¿Puedes hacerlo?

—Lo intentaré. Y luego, cuando caiga la tarde y regresen las polillas, darás la potencia y me conectarás. Me conectarás con tu motor de crisis.

Isaac asintió.

Registró el fondo de su bolsillo y extrajo otro pedazo de papel, que le tendió al avatar.

—Esta es una lista de todo lo que necesitamos —dijo—. Todo ello debe de estar en alguna parte del vertedero o puede ser fabricado. ¿Tienes algunos de esos… eh… pequeños yoes que puedan buscar todo este material? Otro par de esos cascos que nos disteis, esos que utilizan los comunicadores; un par de baterías; un pequeño generador; cosas de esas. Y de nuevo, lo necesitamos ya. Lo más importante que necesitamos es el cable. Cable conductor grueso, del que puede transmitir corriente eléctrica o taumatúrgica. Necesitamos cuatro o cinco kilómetros. No en uno solo, evidentemente… puede ser en partes, siempre que puedan conectarse fácilmente entre sí, pero lo necesitamos en enormes cantidades. Tenemos que enlazarte con nuestro… con nuestro foco —bajó la voz mientras decía esto y su rostro adoptó un aire decidido—. El cable tiene que estar preparado esta tarde, hacia las seis, creo.

El rostro de Isaac estaba impasible. Hablaba con tono neutro. Miraba cuidadosamente al avatar.

—Nosotros solo somos cuatro y en uno de ellos no podemos confiar —continuó—. ¿Puedes contactar con tu… congregación? —el avatar asintió lentamente mientras esperaba una explicación—. Verás, necesitamos gente para conectar esos cables por toda la ciudad —Isaac recuperó la lista de las manos del avatar y empezó a dibujar en la cara trasera: una Y desigual de costado para los dos ríos, pequeñas cruces para el Meandro Griss, el Cuervo y unos trazos que delineaban la Ciénaga Brock y Hogar de Esputo entre ellos. Enlazó las primeras dos cruces con un rápido trazo del lápiz. Levantó la mirada hacia el avatar—. Vas a tener que organizar a tu congregación. Deprisa. Necesitamos que estén en su lugar con el cable a las seis.

— ¿Por qué no llevas a cabo la operación aquí? —preguntó el avatar. Isaac sacudió la cabeza de manera vaga.

—No funcionaría. Este es un lugar apartado. Tenemos que canalizar la potencia a través del punto focal de la ciudad, en el que todas las líneas convergen. Tenemos que ir a la estación de la calle Perdido.

47

Llevando entre los dos un saco manchado lleno de tecnología abandonada, Isaac y Yagharek regresaban arrastrándose por las tranquilas calles del Meandro Griss, en dirección a la escalinata de piedra rota de la línea Sur. Como confusos vagabundos con ropas poco apropiadas al sofocante calor, caminaban penosamente frente al horizonte de Nueva Crobuzon, de regreso a su desmoronado escondite junto a las vías. Esperaron a que pasara el tumulto aullante de un tren, que soplaba enérgicamente por su humeante chimenea, y entonces avanzaron a través de los biombos de aire trepidante que ascendía desde los ardientes raíles de hierro.