Isaac levantó la mirada. Una figura vaga se asomaba por un saliente, unos siete metros por encima de ellos.
— ¡Es Mediamisa de nuevo! —gritó—. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Qué está haciendo?
—Vamos —dijo Derkhan con brusquedad—. Tenemos que irnos.
Los soldados seguían escondidos a poca distancia por debajo de ellos. Cada vez que alguno se atrevía a levantarse y se asomaba sobre la cornisa, Mediamisa le disparaba. Los tenía atrapados. Uno o dos de ellos trataron de devolver el fuego, pero sus esfuerzos eran intermitentes, desmoralizados.
Justo por encima de la línea de los tejados y las ventanas, formas poco claras estaban descendiendo suavemente desde el dirigible, deslizándose sobre la superficie resbaladiza que había debajo. Se balanceaban mientras resbalaban por el aire, sujetos por algún gancho de sus armaduras. Las cuerdas que los sostenían eran desenrolladas por suaves motores.
—Nos está dando algo de tiempo, solo los dioses saben por qué —siseó Derkhan mientras se acercaba cojeando a Isaac y se aferraba a él—. Muy pronto se quedará sin munición. Esos cabrones… —hizo un gesto vago en dirección a los oficiales medio escondidos que había debajo de ellos— no son más que los pies planos locales encargados de la vigilancia de los tejados. Aquellos bastardos que bajan de los aeróstatos son las tropas de choque. Tenemos que irnos.
Isaac bajó la mirada y se acercó con cautela a la cornisa, pero había soldados asustados por todas partes. Mientras se movía, restallaron balas a su alrededor. Lanzó un grito de miedo y entonces se dio cuenta de que Mediamisa estaba tratando de abrirles un camino.
Pero las cosas no tenían buen aspecto. Los soldados estaban agazapados, esperando.
—Maldita sea —escupió. Se agachó y desconectó uno de los cables del casco de Andrej, el que lo unía con el Consejo de los Constructos, que todavía estaba tratando con todas sus fuerzas de superar la válvula circuito y hacerse con el control del motor de crisis. De un tirón, Isaac soltó el cable y envió un dañino espasmo de retroalimentación y energía redirigida al cerebro del Consejo.
— ¡Recoge toda esta mierda! —siseó a Yagharek, y señaló los motores que abarrotaban la plataforma, manchados de icor y lluvia acida. El garuda se apoyó sobre una rodilla y recogió el saco—. ¡Tejedora! —dijo Isaac con urgencia, y se aproximó dando tumbos a la enorme figura.
Miraba constantemente hacia atrás, por encima de sus hombros, temiendo ver a algún tirador de la milicia preparado para fulminarlo de un disparo. Sobre la lluvia, el sonido de unas pisadas metálicas se acercaba con un trote ruidoso por la pendiente de tejados que había debajo de ellos.
— ¡Tejedora! —Isaac juntó las manos dando una palmada frente a la extraordinaria araña. Los ojos multifacetados de la Tejedora se alzaron lentamente para encontrarse con los suyos.
Todavía llevaba el casco que la enlazaba con el cadáver de Andrej. Estaba sumergiendo las manos en las vísceras de las polillas asesinas. Isaac miró durante un breve instante la pila de enormes cadáveres. Los dibujos de sus alas se habían difuminado hasta trocarse por un pálido y monótono gris, sin patrón o variación algunos.
—Tejedora, tenemos que irnos —susurró. La Tejedora lo interrumpió.
…ME CANSO Y ME HAGO VIEJA Y FRÍA MUGRIENTA Y EMPEQUEÑEZCO… decía la araña con voz tranquila… TRABAJAS CON PRECISIÓN TE LO CONCEDO PERO ESTE ROBO DE FANTASMAS DE MI ALMA ME DEJA MELANCÓLICA VEO PATRONES EN TODO INCLUSO EN ESTAS LAS VORACES QUIZÁ JUZGO DEPRISA Y LOS GUSTOS DESLIZANTES TITUBEAN Y ALTERAN Y NO ESTOY SEGURA… alzó un brillante puñado de intestinos frente a los ojos de Isaac y comenzó a apartarlos con gentiliza.
—Créeme, Tejedora —dijo Isaac con voz teñida de urgencia—, era lo correcto. Hemos salvado la ciudad para que tú… puedas juzgar y tejer… ahora que lo hemos hecho. Pero tenemos que marcharnos ahora, necesitamos que nos ayudes. Por favor. Sácanos de aquí.
—Isaac —siseó Derkhan—. No sé quiénes son esos cerdos que están viniendo, pero… pero no pertenecen a la milicia.
Isaac lanzó una mirada de soslayo hacia los tejados. Sus ojos se abrieron, llenos de incredulidad.
Acercándose a ellos con grandes y ruidosos pasos había una batería de extraordinarios soldados de metal. La luz se deslizaba sobre ellos, iluminando sus extremos con destellos fríos. Estaban esculpidos en pasmoso y aterrador detalle. Sus brazos y sus piernas se balanceaban con grandes impulsos de potencia hidráulica y los pistones siseaban conforme se iban acercando. Desde algún lugar situado ligeramente detrás de sus cabezas venían pequeños reflejos de luces de reflector.
— ¿Quiénes coño son estos hijos de puta? —dijo Isaac con voz ahogada.
La Tejedora lo interrumpió. Su voz volvía a ser fuerte, resuelta.
…POR LA DIOSA ME CONVENCES… decía… MIRA LAS INTRINCADAS MARAÑAS Y HEBRAS CORREGIMOS DONDE LAS CRIATURAS MUERTAS DESGARRARON PODEMOS REMODELAR Y COSER Y REMENDAR MUY BIEN…
La araña se agitaba nerviosa adelante y atrás mientras su mirada se mantenía fija en el negro cielo. Se sacó el casco de la cabeza en un suave movimiento y lo arrojó despreocupa hacia la noche. Isaac no oyó cómo caía… CORRE Y ESCONDE SU PIEL…
decía… ESTÁ BUSCANDO UN NIDO POBRE MONSTRUO ASUSTADO DEBEMOS APLASTARLO COMO A SUS HERMANAS ANTES DE QUE ARAÑE AGUJEROS EN EL CIELO Y EN EL FLUJO DE COLORES DE LA CIUDAD VEN Y DEJA QUE NOS DESLICEMOS HACIA EL INTERIOR DE LAS LARGAS FISURAS DE LA RED DEL MUNDO DONDE CORRE EL DESGARRADOR Y ENCONTREMOS SU GUARIDA…
Avanzaba tambaleándose y parecía estar siempre a punto de desplomarse. Abrió los brazos frente a Isaac como un padre amoroso, lo alzó raudamente y sin esfuerzo. Isaac esbozó una mueca de miedo mientras era arrastrado a aquel extraño y frío abrazo. No me cortes, pensaba fervorosamente. ¡No me destroces!
Los soldados lanzaron miradas furtivas y aterrorizadas sobre la cornisa al verlo. La enorme y colosal araña vagaba de un lado a otro, acunando a Isaac entre sus brazos como un vasto y absurdo bebé.
Se deslizaba con movimientos seguros y fluidos a lo largo del alquitrán y la arcilla empapados. Nadie podía seguirla. Se trasladaba entrando y saliendo del espacio convencional con demasiada velocidad como para que nadie pudiera verla.
Se detuvo delante de Yagharek. El garuda balanceó el saco de componentes mecánicos que había reunido apresuradamente y se lo cargó sobre la espalda. Sin vacilar, casi agradecido, se arrojó sobre el dios loco y danzarín, alzando los brazos y aferrándose al suave talle que había entre el abdomen y la cabeza de la Tejedora.
…CÓGETE FUERTE PEQUEÑO DEBEMOS ENCONTRAR UNA SALIDA…
cantaba.
Las insólitas tropas metálicas se estaban aproximando a la pequeña elevación de suelo llano, haciendo sisear con eficiente energía sus mecánicas anatomías. Pasaron junto a los soldados de rango inferior, oficiales recién reclutados que levantaron las miradas boquiabiertas hacia los rostros humanos que escudriñaban intensamente desde la parte trasera de las cabezas de hierro de los combatientes.
Derkhan contempló las figuras cada vez más próximas y entonces tragó saliva y se acercó rápidamente a la Tejedora, que la esperaba con sus brazos humanos abiertos. Isaac y Yagharek estaban agarrados de los apéndices de las cuchillas, mientras trataban de encontrar asideros con las piernas en su amplio lomo.
—No vuelvas a hacerme daño —susurró, mientras su mano se deslizaba vacilante sobre la herida del lado de su cara. Enfundó sus pistolas y corrió hacia los aterradores y acogedores brazos de la Tejedora.
El segundo dirigible llegó a la estación de Perdido y desenrolló las cuerdas para que descendieran sus tropas. El escuadrón rehecho de Motley había llegado al punto más alto del edificio y estaba saltando sobre la plataforma sin detenerse. Los oficiales los contemplaban, acobardados. No comprendían lo que estaban viendo.