Las paredes a su alrededor se sellaron de repente sobre su cabeza al pasar bajo los puentes desvencijados y los cuartos tambaleantes construidos como parte de la basura circundante. El aire en su sombra goteaba y crujía ominoso. De su espalda llegó un tosido, y Derkhan sintió una bocanada de aire en el cuello cuando un draco realizó un picado acrobático en el corto túnel y se elevó de nuevo hacia los cielos, cacareando enloquecido. Derkhan se apartó como pudo y se echó contra la pared y sumó su voz al coro indignado que el draco dejaba a su paso.
La arquitectura a su alrededor parecía gobernada por reglas muy distintas a las del resto de la ciudad. Allí no había sentido funcional alguno. La Perrera parecía nacida de conflictos en los que sus habitantes no pintaban nada. Los nudos y celdas de ladrillo, madera y hormigón ennegrecido se habían rebelado y extendido como tumores malignos.
Derkhan tomó un mohoso callejón sin salida y miró a su alrededor. Un caballo rehecho esperaba en el otro extremo, sus patas traseras enormes martillos movidos por pistones. Tras él había un carro cubierto junto a la pared. Cualquiera de las figuras de mirada muerta podía ser un informador de la milicia, un riesgo que tenía que asumir.
Se abrió paso hasta el carro, del que habían bajado seis cerdos hasta una pocilga improvisada junto al muro. Dos hombres perseguían a los puercos de forma cómica en el pequeño espacio. Los animales chillaban como bebés mientras corrían. El redil llevaba a una abertura semicircular de casi metro y medio de diámetro practicada en el suelo. Derkhan echó un vistazo por ese espacio para estudiar el fétido agujero que se abría tres metros abajo, apenas iluminado por lámparas de gas que parpadeaban inseguras. La madriguera siseaba, tronaba y resplandecía ante la luz rojiza. Las figuras iban y venían bajo ella, dobladas por sus cargas macilentas como las almas de un infierno horripilante.
Un umbral sin puerta a su izquierda la llevó escaleras abajo, hacia el matadero enterrado.
Allí, el calor de la primavera parecía magnificado por una energía infernal. Derkhan sudó y se abrió paso cuidadosamente entre las carcasas balanceantes y los charcos de sangre coagulada. En el fondo de la estancia, un anillo elevado arrastraba pesados ganchos de carne en un circuito inexorable que desaparecía en las oscuras entrañas del osario.
Incluso el brillo de la luz reflejada en los cuchillos parecía filtrado en aquella siniestra penumbra. Se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo y trató de no dar arcadas por el pútrido y pesado hedor de la sangre y la carne caliente.
Al fondo del lugar vio a tres hombres reunidos bajo el arco abierto que había visto desde la calle. En aquel lugar siniestro y mefítico, la luz y el aire de la Perrera que se filtraban desde arriba eran como lejía.
Ante alguna señal inadvertida, los tres matarifes se incorporaron. Los porqueros en el callejón habían conseguido capturar a uno de los animales, y entre maldiciones, gruñidos y otros terribles sonidos arrojaron su enorme peso por la abertura. El cerdo chilló al hundirse en las tinieblas, rígido por el terror al caer sobre los cuchillos que lo esperaban.
Se produjo un enfermizo crujido cuando las pequeñas y rígidas patas del puerco se rompieron contra el suelo, cubierto de sangre y defecaciones. Se derrumbó con las patas sangrando por las astillas de hueso, gazmiando y aullando, incapaz de incorporarse para luchar. Los tres hombres avanzaron con precisión. Uno se inclinó sobre las ancas del cerdo en caso de que se revolviera, otro le tiró de las orejas para alzar la cabeza y el tercero le abrió la garganta con el cuchillo.
Los chillidos remitieron rápidamente con los borbotones de sangre. Los hombres levantaron la enorme y convulsa masa y la depositaron en una mesa, donde aguardaba una sierra oxidada. Uno de ellos vio a Derkhan e hizo una señal a otro.
— ¡Ey, ey, Ben, tu caballito, tu renegada! ¡Tu guapa fulana! —gritó de buen humor, lo bastante alto como para Derkhan lo oyera. El hombre al que se dirigía se volvió y la saludó.
—Cinco minutos —gritó, y ella asintió. Aún tenía el pañuelo apretado contra la boca, mientras pugnaba contra la bilis negra y el vómito.
Una y otra vez, los gigantescos y aterrados cerdos eran arrojados desde arriba en una convulsa masa orgánica, con las patas quebradas en ángulos antinaturales contra sus entrañas. Una y otra vez eran abiertos en canal y desangrados sobre los viejos soportes de madera. Las lenguas y las tiras de piel desgarrada colgaban rezumantes. Los canales practicados en el suelo del matadero se desbordaban, haciendo que la sangre sucia lamiera los cubos de menudillos y las cabezas de vaca cocidas.
Por fin cayó el último puerco y los hombres exhaustos se mecieron de pie. Estaban cubiertos de sangre y sudor. Tras una breve conferencia y una ronca risotada, el llamado Ben se alejó de sus compañeros y se dirigió hacia Derkhan. Tras él, los otros dos abrieron la primera canal y derramaron las entrañas en una enorme carretilla.
—Dee —saludó Ben en voz baja—. Mejor no te doy un beso —comentó, señalando sus ropas saturadas, su rostro sanguinolento.
—Estoy complacida —respondió ella—. ¿Podemos hablar en otro sitio?
Se agacharon ante los ganchos de carne y se dirigieron hacia la oscura salida, subiendo las escaleras hasta el nivel de la calle. La luz se tornó menos pálida a medida que el tinte azul grisáceo del cielo se filtraba por las sucias claraboyas del techo del pasillo, muy arriba.
Benjamin y Derkhan entraron en una habitación sin ventanas con una bañera, una bomba y varios cubos. Tras la puerta colgaban algunas batas toscas. Derkhan observó en silencio cómo él se quitaba las ropas encenagadas y las arrojaba a una pila con agua y jabón en polvo. Se rascó, se estiró lujuriosamente y después agua en la bañera. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de sangre oleosa, como si fuera un recién nacido. Espolvoreó algo de jabón bajo la boca de la bomba, removiendo el agua fría para formar espuma.
—Tus compañeros son muy comprensivos para dejarte tomar un descanso cuando te da la gana, ¿no? —preguntó Derkhan—. ¿Qué les has dicho? ¿Que robé tu corazón, que tú robaste el mío, o que esto no es más que un acuerdo comercial?
Benjamin rió con disimulo y habló con un fuerte acento de la Perrera, en contraste con el de las afueras de Derkhan.
—He trabajado un turno extra, ¿no? Ya estoy trabajando más de lo que me correspondía, y les dije que ibas a venir. Por lo que a ellos respecta, no eres más que una furcia de la que estoy enganchado. Antes que se me olvide: esa peluca es una maravilla —sonrió ladeado—. Te pega, Dee. Estás como un tren.
Se metió en la bañera y se agachó lentamente, con la piel de gallina. Dejó una gruesa capa de sangre sobre la superficie del agua. La mugre y el flujo se despegaban poco a poco de su piel y flotaban perezosas hacia arriba. Cerró los ojos un instante.
—No tardo, Dee, te lo prometo —susurró.
—Tómate tu tiempo.
Ben metió la cabeza bajo las burbujas, dejando sus mechones caracolear en la superficie antes de ser lentamente absorbidos. Mantuvo un rato la respiración antes de comenzar a frotar vigoroso su cuerpo, asomó la cabeza para tomar aire y volvió a sumergirse.
Derkhan llenó un cubo y se situó detrás de la bañera. Cuando él rompía la superficie, ella le derramaba el agua lentamente sobre la cabeza y lo liberaba de las manchas de jabón sanguinolento.
—Aaaaah, me encanta —musitó él—. Más, te lo suplico.
Derkhan obedeció.
Al fin salió de la bañera, que parecía la escena de un violento asesinato. Vació el limoso residuo a un canal abierto en el suelo, y lo oyeron golpear la pared.
Benjamin se puso una gruesa bata y miró a Derkhan.