Benjamin sacudió la cabeza, pensativo.
—Pues se le da bien. Sabe cómo hacer correr las noticias.
Mientras hablaba, se inclinó sobre el armario y devolvió el panel de madera a su posición. Lo aseguró y se volvió hacia Derkhan.
—Bueno —dijo—. Al teatrillo.
Derkhan asintió, se descolocó un tanto la peluca y desató los intrincados nudos de los zapatos. Benjamin se sacó la camisa y, levantando y bajando los brazos, contuvo la respiración hasta que enrojeció. Exhaló una repentina bocanada y respiró con dificultad. Guiñó un ojo a Derkhan.
—Vamos —le imploró—. Ayúdame un poco. ¿Qué hay de mi reputación? Al menos podías parecer un poco cansada…
Ella le sonrió y, con un suspiro, se frotó la cara y los ojos.
—Oooh, señor B —chilló absurdamente—. ¡Es el mejor con el que me he acostado jamás!
—Así está mejor… —musitó sonriendo con la mirada.
Abrieron la puerta y salieron al pasillo. Los preparativos habían sido innecesarios, pues estaban solos.
A lo lejos, podía oírse el ruido de las picadoras de carne.
13
Cuando Lin despertó con la cabeza de Isaac junto a la suya, se quedó mirándolo un largo rato. Dejó que sus antenas vibraran ante su aliento. Pensó en que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que pudo disfrutar así de él.
Se giró con cuidado hacia un lado y lo acarició. Él murmuró algo y cerró la boca. Sus labios se fruncieron y abrieron al respirar. Lin pasó las manos por todo su cuerpo.
Estaba contenta consigo misma y orgullosa de lo que había hecho la noche anterior. Se había sentido sola y desdichada y se había arriesgado, e Isaac se había enfurecido al verla aparecer sin avisar en su zona de la ciudad. Pero había conseguido que todo saliera bien.
No había tenido intención de jugar con la simpatía de Isaac, pero la furia se había convertido al instante en preocupación por su extraño proceder. Ella comprendió con vaga satisfacción que estaba claramente agotada y deprimida, que no tenía que convencerlo de su necesidad de mimo. Isaac incluso reconoció las emociones en el movimiento de su cuerpo de insecto.
Los intentos de Isaac por que no lo vieran como su amante tenían un lado positivo: cuando andaban juntos por la calle, sin chocarse, a paso lento, imitaban la timidez del cortejo de los jóvenes humanos.
Los khepri no tenían un equivalente para ello. El sexo procreativo con su cuerpo superior era una desagradable tarea realizada por deber demográfico. Los khepri macho eran escarabajos sin mente, como el cuerpo superior de las hembras, y la sensación de tenerlos arrastrándose para montar la propia cabeza era algo que Lin, por suerte, no había experimentado desde hacía años. El sexo por diversión entre hembras era un asunto comunitario y tumultuoso, pero con cierto ritual. Las señales de flirteo, rechazo y aceptación entre individuos o grupos eran tan formales como una danza. No había ni rastro del erotismo nervioso de los humanos.
Lin se había sumergido lo bastante en la cultura humana como para reconocer la tradición a la que recurría Isaac cuando paseaban juntos por la ciudad. A ella le había encantado el sexo con su propia raza antes de su ilícito romance, e intelectualmente se burlaba de los inútiles e incomprensibles tartamudeos que oía de los humanos en celo por toda Nueva Crobuzon. Pero, para su sorpresa, a veces sentía en Isaac el mismo compañerismo tímido e incierto… y le gustaba.
Había crecido la noche anterior, mientras recorrían las frías calles hacia la estación y atravesaban la ciudad hacia Galantina. Uno de los mejores efectos, por supuesto, era que la liberación sexual, cuando al fin se hacía posible, era mucho más intensa.
Isaac la había agarrado al cerrar la puerta y ella le había devuelto el abrazo, rodeándolo con sus brazos. La lujuria llegó de inmediato. Ella lo apartó de sí, abrió el caparazón y le pidió que le acariciara las alas, lo que él hizo con dedos trémulos. Le hizo esperar mientras disfrutaba de su devoción, antes de arrastrarlo a la cama. Giró con él hasta que lo dejó tumbado de espaldas, momento en el que se quitó la ropa y tiró de la de Isaac. Lo montó mientras él le acariciaba el duro cuerpo superior, mientras recorría con sus manos el cuerpo femenino, sus pechos, aferrando sus caderas al ritmo del vaivén.
Después él le hizo la cena. Comieron y hablaron, pero no le contó nada sobre el señor Motley. Se sentía incómoda cuando le preguntaba por qué estaba tan melancólica aquella noche. Comenzó a decirle una media verdad sobre una vasta y compleja escultura que no podía enseñarle a nadie, lo que significaba que no competiría en el concurso Shintacost, pues la dejaba totalmente agotada, todo ello en un lugar de la ciudad que había descubierto y del que no podía hablarle.
Él estaba atento. Quizá fuera algo estudiado, pues sabía que a veces Lin se ofendía ante su distracción cuando estaba en un proyecto. Le suplicó que le dijera en qué estaba trabajando.
Por supuesto, no podía hacerlo.
Se fueron a la cama limpiándose migas y semillas, e Isaac la abrazó en su sueño.
Cuando despertó, Lin disfrutó durante unos interminables minutos de la presencia de su amado, antes de levantarse y freírle algo de pan para desayunar. Cuando él se levantó ante el olor, le dio un beso juguetón en el cuello y en la panza del cuerpo superior. Ella le acarició las mejillas con las patas de la cabeza.
«¿Tienes que trabajar esta mañana?», le señaló desde el otro lado de la mesa, mientras masticaba unas uvas con las mandíbulas.
Isaac levantó incómodo la vista de su pan.
—Eh… la verdad es que sí, amor —murmuró.
«¿Cómo?».
—Bueno… tengo muchas cosas en casa, todos esos pájaros y demás, pero es un poco ridículo. Mira, he estudiado palomas, petirrojos, Jabber sabe qué más, pero aún no he visto de cerca un puto garuda. Así que me voy de caza. Lo he estado retrasando, pero ha llegado la hora. Me voy a Salpicaduras. —Hizo una mueca y dejó que ella lo asimilara, tomando otro bocado. Cuando tragó, alzó la cabeza y la miró desde debajo de sus cejas pobladas—. No creo que… ¿quieres venir?
«Isaac», señaló ella de inmediato, «no digas eso si no lo dices de verdad, porque claro que quiero ir, y te diré que sí si no tienes cuidado. Incluso a Salpicaduras».
—Mira, lo digo… lo digo en serio. De verdad. Si no vas a trabajar esta mañana en tu obra maestra, vente a dar una vuelta. —La convicción de su voz se reforzaba mientras hablaba—. Vamos, podrás ser mi ayudante de laboratorio móvil. No, ya sé lo que puedes hacer: serás mi heliotipista por hoy. Tráete la cámara. Necesitas un descanso.
Isaac comenzaba a envalentonarse. Dejaron la casa juntos, sin mostrar él señal alguna de incomodidad. Vagaron un poco hacia el noroeste por la calle Shadrach, hacia la estación de los Campos Salacus, pero Isaac se impacientó y detuvo un taxi por el camino. El hirsuto conductor enarcó las cejas al ver a Lin, pero calló cualquier objeción. Inclinó la cabeza mientras le murmuraba al caballo, y les indicó que entraran.
— ¿Adonde? —preguntó.
—A Salpicaduras, por favor —respondió Isaac con cierta grandilocuencia, como si adaptara el tono de voz a su destino.
El conductor se volvió incrédulo hacia él.
—Debe estar de broma, señor. Yo no voy a Salpicaduras. Como mucho les llevo a la Colina Vaudois, eso es todo. No merece la pena. Si me meto en Salpicaduras, me roban las ruedas del taxi sin detenerme siquiera.
—Bien, bien —respondió Isaac irritado—. Limítese a acercarnos tanto como se atreva.
Mientras el desvencijado vehículo rodaba sobre el empedrado de los Campos Salacus, Lin llamó la atención de Isaac.
¿Es peligroso de verdad?, señaló, nerviosa.