— ¿Tú qué crees? —respondió el primero—. ¡Nos vemos arriba!
Los tres pares de alas batieron en concierto y los garuda desaparecieron en los cielos. Isaac gritó tras ellos.
— ¡Esperad! —Era demasiado tarde. Buscó a su guía—. Supongo que el ascensor no funcionará, ¿no?
—Ni lo pusieron, señor —sonrió malicioso el hombre—. Póngase ya en marcha.
—Por el dulce trasero de Jabber, Lin… sigue sin mí. Estoy muerto. Me voy a tumbar aquí y me voy a morir.
Isaac se tendió en el entresuelo entre las plantas seis y siete, boqueando, gimiendo y escupiendo. Lin se acercó a él exasperada, con las manos en las caderas.
Levántate, gordo hijo de puta, señaló. Sí, cansado. Y yo, Piensa en el oro. Piensa en la ciencia.
Gimiendo como si lo torturaran, Isaac se puso en pie vacilante. Lin lo acercó al borde de las escaleras de hormigón. Isaac tragó saliva, se apoyó en la pared y prosiguió el ascenso.
La escalera era gris y carecía de iluminación, salvo por la luz que se filtraba por las esquinas o las grietas. Solo ahora, cuando llegaron a la séptima planta, los escalones comenzaron a mostrar signos de haber sido usados alguna vez. Los restos empezaban a amontonarse a sus pies, y los escalones estaban cubiertos de un polvo fino. En cada planta había dos puertas, y a través de la madera astillada podían distinguirse los sonidos secos de las conversaciones garuda.
Isaac adoptó un paso lento y desdichado. Lin lo seguía, ignorando las advertencias de infartos inminentes. Tras largos y dolorosos minutos, alcanzaron la planta superior.
Sobre ellos estaba la puerta que daba al tejado. Isaac se apoyó en la jamba y se limpió la cara. Estaba empapado de sudor.
—Dame un minuto, cariño —musitó, consiguiendo incluso esbozar una sonrisa—. ¡Dioses! Por la ciencia, ¿no? Prepara la cámara… Muy bien. Ahí vamos.
Se incorporó y frenó la respiración, subiendo poco a poco el último tramo de escaleras. Abrió y salió a la luz lisa del tejado. Lin lo siguió, cámara en mano.
Los ojos de khepri no necesitaban tiempo para acostumbrarse a los cambios de luz. Lin salió a un áspero suelo de hormigón lleno de basura y trozos rotos de cemento. Isaac trataba desesperado de escudarse los ojos, parpadeando. Miró a su alrededor.
Un poco al noreste se alzaba la Colina Vaudois, una sinuosa cuña de tierra que se elevaba como si intentara bloquear la vista del centro de la ciudad. La Espiga, la estación de Perdido, el Parlamento, la cúpula del Invernadero: todos eran visibles, abriéndose paso sobre el horizonte elevado. Al otro lado de la colina, Lin divisó los kilómetros y kilómetros del Bosque Turbio desaparecer por un terreno irregular. Aquí y allá, pequeños oteros rocosos se liberaban del follaje. Al norte estaba el largo paisaje ininterrumpido de los suburbios de clase media de Serpolet y Hiél, la torre de la milicia en el Montículo de San Jabber, las vías elevadas de la línea Verso que atravesaban Ensenada y Campanario. Sabía que justo detrás de aquellos arcos cubiertos de hollín, a tres kilómetros, se encontraba el serpenteante curso del Alquitrán, que se llevaba los barcos y sus cargamentos a la ciudad desde las estepas del sur.
Isaac bajó las manos y sus pupilas se encogieron.
Revoloteando acrobáticos sobre sus cabezas había cientos de garuda. Comenzaron a descender, trazando limpias espirales hasta caer en picado, con las garras de las patas alineadas, sobre Lin e Isaac. Llovían del cielo como manzanas maduras.
Había al menos doscientos, estimó Lin, que se acercó un poco a Isaac, nerviosa. Los garuda medían una media de un metro ochenta y cinco, sin contar las magnificas protuberancias de sus alas dobladas. No había diferencia de altura o musculatura entre machos y hembras. Ellas se cubrían con gasas mientras ellos vestían taparrabos o pantalones cortados. Eso era todo.
Lin medía poco más de un metro cincuenta, por lo que no podía ver más allá del primer círculo de garuda que los rodeó a la distancia de un brazo, aunque sabía que no dejaban de caer desde el cielo; sentía su número creciendo a su alrededor. Isaac le palmeó el hombro con aire ausente.
Algunos seguían revoloteando y jugando en el aire. Cuando todos hubieron aterrizado, Isaac rompió el silencio.
—Muy bien —gritó—. Muchas gracias por invitarnos aquí arriba. Quiero haceros una proposición.
— ¿A quién? —preguntó una voz entre la multitud.
—Bueno, a todos vosotros —replicó—. El caso es que estoy realizando algunos trabajos sobre… sobre el vuelo. Y vosotros sois las únicas criaturas en Nueva Crobuzon que podéis volar y que tenéis un cerebro dentro de la cabeza. Los dracos no son conocidos por su capacidad intelectual —comentó jovial. No hubo reacción alguna ante el chiste. Se aclaró la garganta antes de seguir—. Pues… bien… eh… me preguntaba si alguno de vosotros estaría dispuesto a venir conmigo y trabajar un par de días, enseñarme el mecanismo del vuelo, dejarme tomar algunos heliotipos de vuestras alas… —Tomó la mano de Lin que sostenía la cámara y la mostró—. Obviamente, os pagaría por vuestro tiempo. Os estaría muy agradecido si me ayudarais.
— ¿Qué haces? —La voz procedía de uno de los garuda en la primera fila. Los otros lo miraron mientras hablaba. Este es el jefe, pensó Lin.
Isaac lo estudió con cuidado.
— ¿Que qué hago? ¿Te refieres a…?
—Me refiero a para qué necesitas dibujos. ¿Qué buscas?
—Es… eh… una investigación sobre la naturaleza del vuelo. Es que soy científico, y…
—Una mierda. ¿Cómo sabemos que no nos matarás?
Isaac lo miró sorprendido. Los garuda congregados asintieron y cacarearon en asentimiento.
— ¿Y por qué cono iba a querer mataros…?
—Váyase a la mierda, señor. Nadie aquí quiere ayudarle.
Se produjeron algunos murmullos incómodos. Estaba claro que algunos de los presentes ya estaban preparados para apuntarse, pero ninguno de ellos se enfrentó al portavoz, un alto garuda con una larga cicatriz que unía sus tetillas.
Lin observó a Isaac, que estaba boquiabierto. Trataba de darle la vuelta a la situación. Vio su mano dirigirse al bolsillo y retirarse. Si enseñaba dinero allí mismo, parecería un avivado o un listillo.
—Escuchad —titubeó—. Os seguro que no esperaba tener ningún problema con esto…
—No, bueno, veamos, eso puede ser cierto o no, caballero. Podría ser de la milicia. —Isaac soltó un bufido burlón, pero el garuda siguió con su tono irónico—. Puede que los escuadrones de la muerte hayan encontrado un modo de acabar con los pajarracos. «Solo para unas investigaciones…». Pues mira, a ninguno nos interesa.
—Escucha —dijo Isaac—. Comprendo que os preocupen mis motivaciones. No me conocéis de nada y…
—Ninguno de nosotros se va contigo. Punto.
—Por favor, os pagaré bien. Estoy dispuesto a pagar un shekel al día a cualquiera dispuesto a acompañarme a mi laboratorio.
El gran garuda dio un paso al frente y propinó varios golpes a Isaac en el pecho con el dedo.
— ¿Quieres que vayamos a tu laboratorio a que nos abras en canal, para que veas lo que nos pone en marcha? —los otros garuda se echaron atrás mientras rodeaba a Lin y a Isaac—. ¿Tú y tu bicho nos queréis cortar en pedacitos?
Isaac trataba de negar las acusaciones y cambiar el curso de la conversación. Se alejó un poco y miró a los demás congregados.
— ¿He de entender entonces que este caballero habla por todos vosotros, o hay alguien aquí dispuesto a ganarse un shekel diario?
Se produjeron algunos murmullos. Los garuda se miraban incómodos los unos a los otros. El portavoz que se enfrentaba a él extendió los brazos y los sacudió mientras hablaba. Estaba encendido.