Transportó la jauría restante a aquel montón. Los animales podían ver las Costillas, que se curvaban crueles sobre la ciudad oriental. Isaac apiló todas las cajas con seres vivos en una pirámide frente al cristal. Tenía el aspecto de un holocausto.
Al fin terminó su trabajo. Predadores y presas revoloteaban y se graznaban los unos junto a los otros, separados únicamente por madera y delgados barrotes.
Isaac se coló como pudo por el angosto espacio frente a las jaulas y abrió la gran ventana. Era de batiente horizontal y giraba sobre el dintel, de metro y medio de altura. Al abrirse al aire cálido, una imparable riada de sonidos urbanos llegó acompañada del calor nocturno.
— ¡Y ahora me lavo las manos de todos vosotros! —gritó Isaac, que comenzaba a disfrutar.
Miró a su alrededor y regresó a la mesa un instante, para volver con una larga vara que había empleado muchos años atrás para señalar en las pizarras. Lo usó ahora para tantear, levantando ganchos, descorriendo pestillos, abriendo huecos en alambres finos como la seda. Los frentes de las pequeñas prisiones comenzaban a ceder. Apresuradamente, abrió todas las portezuelas con las manos allá donde la vara no era lo bastante precisa.
Al principio, las criaturas encerradas se mostraron confusas. Para muchas, habían pasado semanas desde la última vez que volaran. Se habían alimentado mal y estaban aburridas y asustadas. No comprendían aquel repentino escaparate de libertad, el ocaso, el olor del aire ante ellas. Pero, tras aquellos largos momentos, el primero de los cautivos rompió sus cadenas.
Era un búho.
Se arrojó por la ventana abierta y voló hacia el este, donde el cielo era más oscuro, hacia las tierras boscosas de la Bahía de Hierro. Planeó entre las costillas, moviendo apenas las alas.
Aquella fuga fue una señal. Se produjo una tormenta de alas.
Azores, polillas, murciélagos, tábanos, aspis, periquitos, escarabajos, urracas, criaturas de los altos cielos, pequeños planeadores de superficie, seres de la noche, del día y del crepúsculo escaparon por la ventana de Isaac en una resplandeciente explosión de camuflaje y color. El sol se había ocultado al otro lado del almacén. La única luz que capturaba la nube de alas, pelaje y quitina era la de las farolas, y los jirones de sol reflejados en el sucio río.
Isaac bebió la gloria del espectáculo, exhaló como si se tratara de una obra de arte. Durante un instante miró alrededor en busca de una cámara, pero abandonó la idea y se limitó a contemplar.
Mil siluetas se derramaban por el aire desde su almacén. Volaron juntas, sin rumbo durante unos instantes, antes de sentir las corrientes de aire y alejarse. Algunas partieron con el viento. Otras viraron y combatieron las ráfagas trazando círculos hacia la ciudad. La paz de aquellos primeros instantes de confusión desapareció. Las aspis volaban entre los bancos de insectos desorientados cerrando sus diminutas mandíbulas leoninas sobre los pequeños, gruesos y crujientes cuerpos. Los halcones despedazaban palomas, chovas y canarios. Las serpientes libélula ascendían en las espirales térmicas tratando de capturar alguna presa.
Los estilos de vuelo de los animales liberados eran tan distintos como sus formas silueteadas. Una figura oscura aleteaba de forma caótica por el cielo, hundiéndose hacia una farola, incapaz de resistir la luz: una polilla. Otra se alzaba con majestuosa simplicidad y se perdía en la noche: algún pájaro de presa. Una abrió un instante las alas como una flor, antes de pegarlas a su cuerpo y perderse disparada en un borrón de aire descolorido: uno de los pequeños pólipos de viento.
Los cuerpos de los exhaustos y los moribundos se precipitaban desde el aire en un amasijo de carne. Isaac pensó en que el suelo terminaría encenagado con la sangre y el icor. El Cancro producía suaves chapoteos, reclamando a sus víctimas. Pero había algo más que vida y muerte. Durante unos pocos días, unas pocas semanas, musitó Isaac, el cielo de Nueva Crobuzon recuperaría el colorido.
Lanzó un beatífico suspiro. Miró a su alrededor y se acercó deprisa a las pocas cajas con capullos, huevos y larvas, llevándolas a la ventana, conservando solo al ciempiés grande, moribundo, multicolor.
Tomó puñados de huevos y los tiró a la calle, tras las formas en fuga. Después siguió con los ciempiés que se retorcían y sacudían mientras caían sobre el pavimento. Sacudió cajas que traqueteaban con las delicadas formas en pupa, vaciándolas por la ventana. Vertió un tanque de larvas acuáticas. Para aquellas crías era una cruel liberación, unos breves segundos de libertad y aire fresco.
Por fin, cuando la última criatura hubo desaparecido, Isaac cerró la ventana. Se giró y revisó el almacén. Oía un leve aleteo, y vio algunas figuras revoloteando alrededor de las lámparas. Un aspis, un puñado de polillas o mariposas, y una pareja de pequeños pájaros. Bueno, pensó, ya encontrarán el camino de salida, o no durarán mucho y podremos echarlos cuando mueran.
Tirados por el suelo frente a la ventana había algunos de los redrojos y los desahuciados, los débiles, que habían caído antes de poder volar. Algunos estaban muertos. La mayoría se arrastraba patética a uno u otro lado. Se dispuso a limpiarlos.
—Tienes la ventaja de que eres (a) bastante hermoso; y (b) bastante interesante, viejo cabrón —le dijo al inmenso gusano enfermo mientras trabajaba—. No, no, no me des las gracias. Solo considérame un philanthrope. Y, además, no entiendo por qué no comes. Eres mi proyecto —dijo, lanzando una carretada de débiles criaturas trémulas a la calle—. No creo que sobrevivas a esta noche, pero si serás cabrón que has conseguido mi misericordia y mi curiosidad, así que voy a hacer un último intento por salvarte.
Se produjo un estrépito escalofriante. La puerta del almacén había sido abierta de golpe.
— ¡Grimnebulin!
Era Yagharek. El garuda estaba allí de pie bajo la débil iluminación, con las piernas separadas y los brazos pegados a su túnica. La forma abultada de sus alas de madera se movía de forma poco realista a un lado y a otro. No estaban bien sujetas. Isaac se apoyó sobre la barandilla y frunció el ceño.
— ¿Yagharek?
— ¿Me has olvidado, Grimnebulin?
Yagharek chirriaba como un pájaro torturado. Sus palabras eran casi imposibles de comprender. Isaac le pidió gesticulando que se calmara.
— ¿De qué cono hablas…?
—Los pájaros, Grimnebulin. ¡He visto a los pájaros! Me dijiste, me mostraste… que estaban aquí por tu investigación. ¿Qué ha sucedido, Grimnebulin? ¿Vas a rendirte?
—Espera… ¿Cómo has podido verlos, por el ano de Jabber? ¿Dónde estabas?
— En tu tejado, Grimnebulin. — Yagharek bajó el tono de voz. Estaba más calmado e irradiaba una descomunal tristeza—. En tu tejado, donde cuelgo, noche tras noche, aguardando a que me ayudes. Te vi liberar a todas tus pequeñas cobayas. ¿Te has rendido, Grimnebulin?
Isaac le hizo un gesto para que subiera.
—Yag, hijo mío… Mierda, no sé por dónde empezar —dijo, mirando al techo—. ¿Y qué cono hacías tú en mi tejado? ¿Cuánto llevas ahí colgado? Joder, podías haber estado aquí, o algo… Esto es absurdo. Por no decir un poco espeluznante, pensar en ti ahí arriba mientras trabajo, o como, o cago, o lo que sea. Y —levantó la mano para cortar la réplica del garuda— no he abandonado tu proyecto.