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Isaac se recostó unos instantes. Para su sorpresa, estaba disfrutando. El proceso de explicar su acercamiento teórico consolidaba sus ideas, haciéndole formular su teoría con un rigor tentativo.

Yagharek era un alumno modelo. Su atención era total, sus ojos afilados como estiletes.

Isaac inspiró profundamente y prosiguió.

—Todo este asunto es una verdadera putada, amigo Yag. Llevo comiéndome la cabeza con la teoría de la crisis durante años. Resumiendo: yo digo que está en la naturaleza de las cosas entrar en crisis, como parte de lo que son. Las cosas se vuelven solas del revés por el mero hecho de serlas, ¿comprendes? La fuerza que mueve adelante la teoría unificada es la energía de crisis. Algo parecido a la energía potencial, que no es más que un aspecto de la energía de crisis, una diminuta manifestación parcial. Y, si pudieras acceder a las reservas de energía de crisis en una situación dada, estaríamos hablando de un poder enorme. Algunas situaciones son más dadas a la crisis y otras menos, sí, pero el núcleo de esta teoría es que las cosas están en crisis como parte inherente de su ser. Hay toneladas de puñeteras energías críticas circulando por todas partes todo el tiempo, pero aún no hemos aprendido a acceder a ella de forma eficiente.

Lo que hace es descargarse de forma imprevisible e incontrolable de vez en cuando. Menudo desperdicio. —Isaac negaba con la cabeza mientras hablaba—. Creo que los vodyanoi pueden acceder a esta energía de crisis, aunque sea de un modo ínfimo. Es paradójico. Manipulas la energía de crisis existente en el agua para mantener la forma a la que se enfrenta, de modo que creas una crisis mayor… Pero la energía no tiene donde ir, de modo que la crisis se resuelve rompiéndose y regresando a la forma original. Pero, ¿y si los vodyanoi usaran agua que ya hubieran… eh… manipulado, y la emplearan como componente de un experimento que empleara esa energía de crisis incrementada?… Lo siento, estoy divagando. El asunto es que estoy tratando de lograr un modo de acceder a tu energía de crisis y canalizarla para el vuelo. Mira, si tengo razón, es la única fuerza que siempre va a estar… bañándote. Y cuanto más vueles, cuanto más estés en crisis, más serás capaz de volar… al menos en teoría, claro. Pero, para ser sinceros, Yag, esto es mucho más grande. Si realmente consigo liberar la energía de crisis de tu interior, entonces tu caso se convertirá, para ser sinceros, en una preocupación nimia. Aquí estamos hablando de fuerzas y energías que podrían cambiarlo todo por completo.

Aquella idea increíble permaneció en el ambiente. El sucio almacén pareció demasiado pequeño y triste para aquella conversación. Isaac contempló por la ventana la mugrienta noche de Nueva Crobuzon. La Luna y sus hijas danzaban sedadas sobre ella. Las hijas, menores que la madre pero más grandes que las estrellas, brillaban ásperas y frías. Isaac pensó en la crisis.

Fue Yagharek quien, al final, rompió el silencio.

—Y si tienes razón… ¿volaré?

Isaac prorrumpió en carcajadas ante la pregunta.

— Sí, sí, Yag, viejo amigo; si tengo razón, volverás a volar.

15

Isaac no pudo persuadir a Yagharek para que se quedara en el almacén. El garuda se negaba a explicar sus objeciones. Simplemente desapareció en la noche, un despojo proscrito pese a su orgullo, para dormir en alguna zanja, alguna chimenea, alguna ruina. Ni siquiera aceptó su comida. Isaac se quedó en la puerta de la nave, viéndolo alejarse. La capa oscura del garuda se ceñía al armazón de madera, a las alas falsas.

Isaac cerró la puerta, regresó a su pasarela y observó las luces deslizarse por el Cancro. Reposó la cabeza sobre los puños y escuchó el tic tac del reloj. Los sonidos salvajes de la Nueva Crobuzon nocturna se abrían paso, embaucando a los muros. Oyó la música melancólica de las máquinas, los barcos y las fábricas.

En la planta baja, el constructo de David y Lublamai parecía cloquear suavemente al ritmo del reloj.

Recogió sus esquemas de la pared. Algunos que creía buenos los guardó en su grueso portafolio. Muchos los valoró con ojo crítico y los tiró. Se tumbó sobre su prominente barriga, rebuscó debajo de la cama y sacó un polvoriento abaco y una regla de cálculo.

Lo que necesito, pensó, es ir a la universidad y liberar una de sus máquinas diferenciales. No sería fácil. La seguridad de aquellos artefactos era neurótica. Isaac comprendió de repente que tendría la ocasión de revisar los sistemas de guardia por sí mismo; al día siguiente iba a la universidad para hablar con su detestado empleador, Vermishank.

No es que Vermishank le diera mucho trabajo últimamente. Habían pasado meses desde que recibiera una carta con aquella letra apretada, en la que le decía que se requerían sus servicios en alguna abstrusa teoría, o quizá en un derrotero sin sentido. Isaac no podía negarse a aquellas «peticiones». Hacerlo sería poner en peligro sus privilegios de acceso a los recursos de la universidad, y por tanto a una rica veta de equipo que saqueaba más o menos a voluntad. Vermishank no hacía nada por restringir los privilegios de Isaac, a pesar de su cada vez más tenue relación profesional, y a pesar de que, probablemente, notara la relación entre la desaparición del material y su programa de investigación. Isaac no entendía el motivo. Probablemente lo haga para mantener su poder sobre mí, pensó.

Comprendió que sería la primera vez en su vida que buscara a Vermishank, pero tenía que verlo. Aunque se sentía comprometido con su nueva aproximación, su teoría de la crisis, no podía volver la espalda a tecnologías más o menos mundanas, como la reconstrucción, sin antes consultar la opinión de uno de los principales biotaumaturgos de la ciudad respecto al asunto de Yagharek. Obrar de otro modo no sería profesional.

Se hizo un rollito de jamón y una taza de chocolate frío, y se aceró al pensar en Vermishank. Le disgustaba por una enorme variedad de razones. Una de ellas era política. Después de todo, la biotaumaturgia era un modo educado de describir una experiencia, uno de cuyos usos era arrancar y recrear la carne para unirla de modos antinaturales, manipularla dentro de unos límites dictados solo por la imaginación. Por supuesto, las mismas técnicas podían sanar y reparar, pero esa no era su aplicación habitual. Nadie tenía pruebas, por supuesto, pero a Isaac no le sorprendería nada que algunas de las investigaciones de Vermishank se hubieran desarrollado en las fábricas de castigo. Tenía la habilidad necesaria para ser un extraordinario escultor de la carne.