Se produjo un golpe en la puerta y alzó la mirada sorprendido. Casi eran las once de la noche. Dejó su cena y se apresuró escaleras abajo. Abrió la puerta y se encontró frente a un Lucky Gazid de aspecto vicioso.
¿Qué coño es esto?, pensó.
—Isaac, mi hermano, mi… engreído, desmañado… mi amor —gritó Gazid en cuanto lo vio, mientras pensaba en más adjetivos. Isaac lo arrastró dentro cuando llegaron luces por la carretera.
—Lucky, completo gilipollas, ¿qué quieres?
Gazid caminaba de un lado a otro demasiado rápido. Tenía los ojos muy abiertos, prácticamente dando vueltas por toda su cabeza. Pareció ofendido por el tono de Isaac.
—Calma, tío, tranquilidad, no hace falta ser maleducado, ¿eh? Estoy buscando a Lin. ¿Está aquí? —dijo entre risas repentinas.
Ah, pensó Isaac con cuidado. Aquello era peliagudo. Lucky era de los Campos Salacus, y conocía el secreto a voces sobre Isaac y Lin. Pero aquello no eran los Campos.
—No, Lucky, no está. Y aunque fuera así, por cualquier motivo, no tienes ningún derecho a venir a dar golpes en medio de la noche. ¿Para qué la quieres?
—No está en casa. —Gazid se giró y subió por las escaleras, hablando a Isaac sin volver la cabeza—. Pasaba por aquí, pero supongo que está dándole al arte, ¿eh? Me debe dinero, me debe una comisión por conseguirle ese pedazo de trabajo y arreglarle la vida. Supongo que allí es donde anda ahora, ¿no? Necesito pillar…
Isaac sacudió la cabeza con exasperación y saltó detrás de Gazid.
— ¿De qué cono hablas? ¿Qué trabajo? En estos momentos está haciendo algo propio.
— Sí, claro, tío, lo que tú digas —aceptó Gazid con un peculiar fervor ausente—. Pero me debe pasta. Estoy desesperado, Isaac… Préstame un noble…
Isaac comenzaba a enfadarse. Cogió a Gazid por sus escuálidos brazos de drogadicto para detenerlo, lo que consiguió a pesar de la patética resistencia.
—Escucha, Lucky, pequeño gilipollas. ¿Cómo vas a estar desesperado, si estás tan puesto que apenas te tienes de pie? ¿Cómo te atreves a venir a mi casa, drogata de mierda…?
— ¡Ey! —gritó Gazid de repente. Sonrió irónico a Isaac, cortando su perorata—. No estará Lin, pero yo sigo queriendo algo. Y quiero que me ayudes, o no sé lo que podría terminar diciendo. Si Lin no me ayuda lo harás tú, su caballero de brillante armadura, su amante insecto, su pajarito…
Isaac armó un puño grueso y lo descargó sobre el rostro de Lucky Gazid, enviando al hombrecillo algunos metros por el aire.
Gazid chilló de asombro y terror, arrastrándose por el suelo de madera hacia las escaleras. Un reguero de sangre surgía de su nariz. Isaac se limpió la sangre de los nudillos y se acercó a él. Estaba frío por la rabia.
¿Crees que voy a dejarte hablar así? ¿Crees que puedes chantajearme, mierdecilla?, pensó.
—Lucky, más te vale largarte echando hostias si no quieres que te arranque la cabeza.
Gazid se puso como pudo en pie y rompió a gritar.
— ¡Estás como una puta cabra, Isaac! Creía que éramos amigos…
El moco, las lágrimas y la sangre se mezclaban en el suelo.
— Sí, pues mira, creíste mal, ¿no, viejo? No eres más que un puto desgraciado, un… —Isaac se detuvo y observó atónito.
Gazid estaba inclinado contra las jaulas vacías sobre las que descansaba la caja del ciempiés. Isaac podía ver al grueso gusano agitándose, excitado, retorciéndose desesperado contra la cárcel de alambre, temblando con repentinas reservas de energía hacia Gazid.
Lucky aguardaba, aterrorizado, a que Isaac terminara.
— ¿Qué? —aulló—. ¿Qué vas a hacer?
—Cállate —siseó Isaac.
El ciempiés era más delgado de lo que había sido al llegar, y sus extraordinarios colores de pavo real se habían apagado; pero sin duda estaba vivo. Se agitaba por la pequeña jaula, tanteando el aire como el dedo de un ciego, dirigiéndose hacia Gazid.
—No te muevas —siseó Isaac, acercándose. El aterrado Gazid obedeció y siguió su mirada, abriendo los ojos al ver al enorme gusano moviéndose en la jaula, tratando de encontrar el modo de llegar hasta él. Apartó la mano de la caja con un grito y comenzó a alejarse. Al instante, el ciempiés cambió de dirección, intentando seguirlo.
—Es fascinante —dijo Isaac. Mientras observaba, Gazid se incorporó y se cogió la cabeza, sacudiéndola de repente con violencia, como si estuviera llena de insectos.
— ¿Q… qué le pasa a mi cabeza? —tartamudeó.
Al acercarse más, Isaac también pudo sentirlo. Retazos de sensaciones alienígenas se deslizaban como veloces anguilas a través de su cerebelo. Pestañeó y tosió un poco, hipnotizado durante unos breves y repentinos instantes por sensaciones y emociones que no eran las de su garganta bloqueada. Sacudió la cabeza y cerró con fuerza los ojos.
—Gazid —saltó—, anda lentamente a su alrededor.
Lucky Gazid obedeció, y el ciempiés se volcó en su ansioso intento por enderezarse, por seguirlo, por rastrearlo.
— ¿Por qué me quiere esa cosa? —gimió Gazid.
—No tengo ni idea —replicó Isaac con aspereza—. Está ansioso. Parece que quiere algo que tienes, viejo. Vacía lentamente los bolsillos. No te preocupes, no te voy a quitar nada.
Gazid comenzó a sacar trozos de papel y pañuelos de los pliegues de su chaqueta y sus pantalones sucios. Titubeó antes de buscar y sacar dos gruesos paquetes de sus bolsillos interiores.
El gusano se volvió loco. Los desorientadores fragmentos de sentimientos sinestéticos volvieron a abrumarlos a los dos.
— ¿Qué cono es eso? —preguntó Isaac con los dientes apretados.
—Este es de shazbah —dijo Gazid dubitativo, agitando el primer paquete frente a la jaula. El gusano no reaccionó—. Este otro es mierda onírica. —Sostuvo el segundo envoltorio sobre la cabeza del ciempiés, que trató de sostenerse sobre su zona trasera con tal de alcanzarlo. Sus lamentos piadosos apenas audibles, eran claros.
— ¡Ahí está! —dijo Isaac—. ¡Eso es! ¡Ese bicho quiere mierda onírica! —Isaac alargó la mano hacia Gazid y chasqueó los dedos—. Dámelo.
Gazid titubeó antes de entregarle el paquete.
—Hay mucho, tío… hay un huevo de pasta… —protestó—. No puedes quedártelo, tío.
Isaac le arrebató el paquete, que pesaba algo más de un kilo. Lo abrió, provocando nuevos lamentos emocionales que perforaron sus cabezas. Isaac se encogió ante aquella súplica insistente e inhumana.
La mierda onírica era una masa de bolitas marrones y pegajosas que olían como el azúcar quemado.
— ¿Qué es esto? —preguntó Isaac—. He oído hablar de ello, pero no tengo ni idea.
—Es nuevo, Isaac. Y caro. Lleva fuera un año, o así. Es… potente.
— ¿Qué hace?
—No sabría describirlo. ¿Quieres comprar un poco?
— ¡No! —replicó secamente Isaac, antes de dudar—. Bueno… no para mí, por lo menos. ¿Cuánto me costaría este paquete?
Gazid titubeó, sin duda preguntándose hasta qué punto podía exagerar.