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Se deslizó en una oleada de sueños sexuales: varones cactos eyaculando hacia el suelo, sobre las hileras de bulbos sembrados por las mujeres; khepri restregándose aceite las unas a las otras en amistosas orgías; célibes sacerdotes humanos soñando con sus deseos culpables, ilícitos.

Isaac descendió en espiral en un pequeño remolino de sueños de ansiedad. Una joven humana a punto de comenzar sus exámenes; se descubrió entrando desnuda en la escuela. Un acuartesano vodyanoi cuyo corazón se desbocaba al volver el agua salada del mar a su río; un actor en blanco sobre un escenario, incapaz de recordar una sola línea de su diálogo.

Mi mente es un caldero, pensó, y todos estos sueños están bullendo.

El vertido de ideas llegaba cada vez más rápido y denso. Isaac pensó en ello y trató de aferrarse a la rima, concentrándose en ella e investigándola como un presagio, repitiéndola más y más rápido, más y más densa y densa y rápida, tratando de ignorar la andanada, el torrente de efluvio psíquico.

Era inútil. Los sueños estaban en la mente de Isaac, y no había escapatoria. Soñó que soñaba los sueños de otros, y comprendió que aquel sueño era real.

Lo único que podía hacer era intentar, con febril y aterrada intensidad, recordar cuál de los sueños era el suyo.

Desde algún punto cercano llegó un frenético gorjeo. Se abrió camino a través de la madeja de imágenes que soplaban dentro de su cabeza y creció en intensidad hasta que recorrió su mente como el tema principal.

Los sueños cesaron de repente.

Isaac abrió los ojos demasiado rápido y maldijo por el dolor que la luz provocó en su cabeza. Levantó la mano y la sintió frotar su frente como una enorme y vaga pala. La utilizó para cubrirse los ojos.

Los sueños se habían terminado. Se arriesgó a mirar entre los dedos. Era de día. Había luz.

—Por… el ano… de Jabber… —susurró. El esfuerzo le provocó un dolor de cabeza.

Aquello era absurdo. No tenía la sensación de pérdida de tiempo. Lo recordaba todo con claridad. Más bien al contrario, su memoria inmediata parecía amplificada. Tenía una sensación lúcida de haberse sacudido, de haber sudado y gemido bajo la influencia de la mierda onírica durante media hora, no más. Pero allí estaba… Se aventuró a abrir los párpados para mirar el reloj. Eran las siete y media de la mañana, horas y horas después de que consiguiera llegar hasta la cama.

Se incorporó sobre los codos y se examinó. La piel oscura estaba resbaladiza, grisácea. Le hedía el aliento. Comprendió que debía de haber estado tumbado, prácticamente quieto, durante toda la noche. Las mantas apenas estaban alteradas.

El temeroso trino que lo había despertado comenzó de nuevo. Isaac sacudió la cabeza irritado y buscó su fuente. Un pequeño pájaro trazaba círculos desesperados en el aire, en el interior del almacén. Lo reconoció como uno de los reluctantes fugados de la noche pasada, un reyezuelo, evidentemente asustado por algo. Mientras miraba a su alrededor para descubrir qué ponía tan nervioso al pájaro, el esbelto cuerpo reptiliano de un aspis voló como una saeta desde una esquina de la pasarela a la otra y apresó al pequeño pájaro a su paso. Las advertencias del reyezuelo se cortaron de forma abrupta.

Isaac se tambaleó con torpeza fuera de la cama y trazó círculos confusos.

—Notas —se dijo—. Tomar notas.

Buscó papel y lápiz de su mesa y comenzó a registrar todos sus recuerdos sobre la mierda onírica.

— ¿Qué cono fue eso? —susurró mientras escribía—. Algún tarado haciendo un estupendo trabajo de reproducción de la bioquímica de los sueños, o accediendo a su fuente… —se masajeó otra vez la cabeza—. Dios, ¿qué clase de engendro se come eso…? —Se incorporó un momento y observó al ciempiés cautivo.

Estaba totalmente quieto. Isaac abrió la boca en un gesto idiota, antes de lograr dar voz a las palabras.

—Oh-dioses-míos. Oh-mierda.

Cruzó despacio y nervioso la estancia, sin ganas de seguir, temeroso de ver lo que estaba viendo. Se acercó a la jaula.

Dentro, una colosal masa de carne de gusano de hermosos colores se agitaba descontenta. Isaac se incorporó incómodo sobre aquel ser enorme. Podía sentir las extrañas y débiles vibraciones de molestia alienígena en el éter a su alrededor.

El ciempiés al menos había triplicado su tamaño de la noche a la mañana. Ahora medía unos treinta centímetros, y su grosor era el proporcional. La apagada magnificencia de sus patrones cromáticos había regresado a su inicial barniz… con intereses. El vello de aspecto pegajoso de la cola se había transformado en gruesas cerdas. No disponía de más de quince centímetros de espacio a su alrededor, y se apretaba débilmente contra los límites de su nido.

— ¿Qué te ha pasado? —siseó Isaac.

Se retiró y observó a la criatura, que agitaba la cabeza ciega. Pensó rápidamente en el número de trozos de mierda que le había dado al gusano. Miró a su alrededor y vio el envoltorio que contenía el resto de la droga, allá donde lo había dejado. El bicho no había salido y se lo había comido. Isaac comprendió que no había modo de que las bolas de droga que había dejado en la jaula contuvieran ni de lejos el número de calorías que el ciempiés había empleado para crecer durante la noche. Aunque hubiera intercambiado gramo a gramo lo que había ingerido, no habría podido alcanzar un incremento de aquella magnitud.

Tenía que sacarlo de la jaula, pues parecía patético, encerrado sin remedio en aquel espacio angosto. Isaac se retiró, un poco asustado y algo asqueado ante la idea de tocar a aquel ser extraordinario. Al final cogió la caja, tambaleándose ante el enorme peso aumentado, y la sostuvo sobre el suelo de una jaula mucho mayor sobrante de sus experimentos, un pequeño aviario de tela de gallinero de metro sesenta de altura, y que contuvo a una pequeña familia de canarios. Abrió el frente de la celda y depositó al grueso gusano sobre el serrín, cerró después a toda prisa y aseguró el pestillo.

Se acercó para contemplar al cautivo realojado.

Ahora parecía mirarlo directamente, y pudo sentir sus infantiles peticiones de desayuno.

—Oye, espérate —le dijo—. Yo ni siquiera he comido todavía.

Se retiró incómodo antes de girarse y dirigirse al salón.

Durante su desayuno, consistente en fruta y pasteles helados, comprendió que los efectos de la mierda onírica desaparecían muy rápido. Podrá ser la peor resaca del mundo, pensó irónico, pero al menos desaparece en menos de una hora. No me extraña que esos malditos adictos repitan.

Desde el otro lado de la estancia, el ciempiés se arrastraba por el suelo de su nueva jaula. Hocicaba desdichado alrededor del polvo, antes de incorporarse de nuevo y agitar la cabeza en dirección al paquete de droga.

Isaac se dio una bofetada.

—Oh, mierda —dijo. Vagas emociones de malestar y curiosidad experimental se combinaban en su cabeza. Era una emoción infantil, como la de los niños y niñas que quemaban insectos con una lupa. Se incorporó y metió una gran cuchara de madera en el envoltorio. Acercó la masa coagulada al ciempiés, que casi bailó de excitación al ver, u oler, o sentir de algún otro modo, la llegada de la mierda onírica. Isaac abrió una pequeña compuerta instalada a tal efecto en la parte trasera de la jaula y volcó las dosis. De inmediato, el ciempiés alzó la cabeza y cayó sobre la mezcla grumosa. Ahora su boca era lo bastante grande como para que su funcionamiento se apreciara con claridad. Abrió las fauces y engulló con voracidad el poderoso narcótico.