—Esa —dijo Isaac— es la jaula más grande en la que te voy a meter, así que tómatelo con calma, ¿eh? —Se alejó para vestirse, sin apartar la mirada de la criatura.
Recogió y olió las diversas prendas tiradas por toda la estancia. Se puso una camisa y unos pantalones que no olían mal y que tenían pocas manchas.
Será mejor que haga una lista de tareas, pensó sombrío. Lo primero, matar a palos a Lucky Gazid. Se acercó a su mesa. El diagrama de la Teoría Unificada de Campos que realizara para Yagharek seguía encima de la pila de papeles. Apretó los labios y lo estudió. Lo recogió y observó pensativo el lugar donde el ciempiés masticaba feliz. Aquella mañana tenía que hacer algo más.
No tiene sentido retrasarlo, pensó reluctante. Es posible que pueda avanzar en lo de Yag y aprender un poco sobre mi nuevo amigo… Lanzó un profundo suspiro y se remangó la camisa. Después, se sentó frente a un espejo para un raro y superficial acicalamiento. Se atusó inexperto el cabello y buscó una camisa más limpia, rezumando resentimiento.
Garabateó una nota a David y Lublamai, y comprobó que su ciempiés gigante estaba bien y que no podía escapar. Después bajó las escaleras y, tras clavar su mensaje en la puerta, salió a un día lleno de afiladas cuchillas de luz. Con un suspiro, se dispuso a encontrar un taxi madrugador que lo llevara a la universidad para visitar al mejor biólogo, filósofo natural y biotaumaturgo que conocía: el odioso Montague Vermishank.
17
Isaac entró en la Universidad de Nueva Crobuzon con una mezcla de nostalgia y malestar. Los edificios del centro habían cambiado poco desde sus tiempos de profesor. Las diversas facultades y departamentos salpicaban Prado del Señor con una arquitectura grandiosa que ensombrecía el resto de la zona.
El cuadrángulo ante el enorme y vetusto edificio de la Facultad de Ciencias estaba cubierto por árboles en flor. Isaac recorrió senderos abiertos por generaciones de estudiantes a través de una helada de pétalos rosas. Subió con premura los peldaños gastados y abrió las grandes puertas.
Mostraba la identificación de la facultad que había expirado siete años atrás, pero no tenía por qué preocuparse. El portero detrás de la mesa era Sedge, un anciano totalmente imbécil que llevaba en la universidad desde mucho antes de que él llegara, y que al parecer no la abandonaría jamás. Saludó a Isaac como siempre hacía en sus irregulares visitas, con un farfullo incoherente de reconocimiento. Isaac le tendió la mano y le preguntó por la familia. Tenía razones para estar agradecido a aquel hombre, ante cuyos ojos había liberado numerosas y caras piezas de equipo de experimentación.
Subió por las escaleras tras superar a los grupos de estudiantes que fumaban, discutían y escribían. A pesar de ser abrumadora la superioridad de varones y humanos, no faltaba el ocasional grupo defensivo de jóvenes xenianos, de mujeres, o de ambos. Algunos estudiantes conducían debates teóricos a un volumen ostentoso. Otros tomaban escuetas notas marginales en sus libros de texto y chupaban sus cigarrillos liados de tabaco pungente. Isaac pasó junto a un grupo que ocupaba el final de un pasillo, practicando lo que acababan de aprender y riendo encantados cuando el diminuto homúnculo creado a partir de un hígado dio cuatro pasos antes de derrumbarse en un cuajo de pulpa palpitante.
El número de estudiantes a su alrededor descendía al recorrer los pasillos y subir las escaleras. Para su irritación y disgusto, descubrió que su pulso se aceleraba al acercarse a su detestable jefe.
Recorrió las salas paneladas de madera y enmoquetadas del ala de administración de la Facultad de Ciencias, y se dirigió hacia el despacho al otro extremo, en cuya puerta rezaba escrito con pan de oro: «Director. Montague Vermishank».
Se detuvo un instante fuera y silbó nervioso. Estaba emocionalmente confuso tratando de mantener la furia y el desagrado de una década detrás de un tono conciliatorio y civilizado. Inspiró profundamente antes de girarse y llamar con los nudillos, abrir la puerta y entrar.
— ¿Qué cree usted…? —gritó el hombre detrás del escritorio, antes de detenerse de golpe al reconocer a Isaac—. Ah — dijo tras un largo silencio—. Por supuesto, Isaac. Siéntate.
Isaac obedeció.
Montague Vermishank estaba dando cuenta de su almuerzo, con el rostro macilento y los hombros inclinados sobre la enorme mesa. Tras él había una pequeña ventana. Isaac sabía que daba al exterior, a las amplias avenidas y las grandes casas de Mafatón y Chnum, pero la luz quedaba ahogada por una pesada cortina.
Vermishank no era obeso, pero estaba cubierto por completo por una capa de exceso, un pellejo de carne muerta, como un cadáver. Vestía un traje demasiado pequeño para él, y su necrótica piel blanquecina rezumaba bajo las mangas. El cabello fino estaba peinado y arreglado con neurótico fervor. Bebía una crema grumosa, en la que mojaba pan de vez en cuando; chupaba la masa resultante sin morderla, preocupado por que el pan babeado y rezumante de amarillo no cayera sobre el escritorio. Sus ojos incoloros se clavaron en Isaac.
Este lo observó inquieto y se sintió agradecido por su tamaño y por su piel, del color de la madera ardiendo.
— Te iba a gritar por no llamar a la puerta o por no pedir cita, pero entonces vi que eras tú. Por supuesto. Las reglas normales no se aplican. ¿Qué tal estás, Isaac? ¿Buscas dinero? ¿Necesitas algún trabajo de investigación? —preguntó con su susurro flemoso.
—No, no, nada de eso. En realidad no me va mal —respondió Isaac con bonhomía reprimida—. ¿Qué tal el trabajo?
—Ah, muy bien, muy bien. Estoy preparando un artículo sobre bioignición. He aislado el elemento pirótico de las abejas de fuego. —Se produjo un largo silencio—. Muy emocionante —susurró Vermishank.
—Eso parece, eso parece —replicó Isaac. Se miraron. A Isaac no se le ocurría ninguna otra conversación superficial. Despreciaba y respetaba a Vermishank. Era una combinación insoportable.
—Así que… bueno… —comenzó Isaac—. Para ser franco, he venido para pedir tu ayuda.
—Oh, no.
—Sí… Mira, estoy trabajando en algo que se aparta un poco de mi campo… Ya sabes que soy más teórico que práctico.
— Sí… —la voz de Vermishank destilaba ironía indiscriminada.
Rata de mierda, pensó Isaac. Esa te la paso gratis…
—Bueno —siguió lentamente—. Bueno, esto es… Quiero decir que podría ser, aunque lo dudo… un problema de biotaumaturgia. Quería preguntarte tu opinión profesional.
—Aja.
— Sí. Lo que quiero saber es: ¿puede alguien ser reconstruido para volar?
—Oooh. —Vermishank se recostó y se limpió la crema de la boca con un trozo de pan. Ahora lucía un mostacho de migas. Palmeó frente a él y retorció los dedos gruesos—. Así que volar…
Su voz tomó un aire de excitación del que antes carecía su tono frío. Podría querer aguijonear a Isaac con su desprecio, pero no podía evitar entusiasmarse con los problemas científicos.
— Sí. Quería saber si se ha hecho antes.
—Sí… se ha hecho… —Vermishank asintió lentamente sin apartar los ojos de Isaac, que se incorporó en su silla y sacó una libreta del bolsillo.
— ¿De verdad?
La mirada de Vermishank se desenfocó al concentrarse más.
— Sí… ¿Por qué, Isaac? ¿Te ha pedido alguien que le permitas volar?
—En realidad no puedo… divulgarlo.
—Por supuesto, Isaac. Por supuesto. Porque eres un profesional. Y por ello te respeto. —Sonrió cruel a su invitado.