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Recorrí todo el continente para volver a estar entero.

El desierto vino conmigo.

TERCERA PARTE

METAMORFOSIS

18

Los vientos primaverales eran cada vez más cálidos. El aire sucio sobre Nueva Crobuzon estaba cargado. Los meteoromantes de la ciudad en la torre nube de la Cuña del Alquitrán copiaban las cifras de los diales giratorios y arrancaban gráficas de frenéticos indicadores atmosféricos. Apretaban los labios y sacudían la cabeza.

Hablaban entre murmullos sobre el verano prodigiosamente cálido y húmedo que se avecinaba. Golpeaban las enormes tuberías del motor aeromórfico que se alzaba por toda la altura de la torre hueca como un gigantesco órgano, como los cañones de un arma que exige un duelo entre la tierra y el cielo.

—Maldito trasto inútil de mierda —musitaban disgustados. Se habían hecho intentos no demasiado en serio por arrancar las máquinas en los sótanos, pero no se movían desde hacía ciento cincuenta años, y no había nadie vivo capaz de arreglarlas. Nueva Crobuzon se veía obligada a soportar el clima dictado por los dioses de la naturaleza o el azar.

En el zoológico de Cuña del Cancro, los animales se movían inquietos ante el cambio del tiempo. Eran los últimos días del celo, y el incansable nerviosismo de los cuerpos lujuriosos había remitido un tanto. Los cuidadores estaban aliviados por el cambio. La seductora invasión de diversos almizcles en las jaulas había provocado comportamientos agresivos e imprevisibles.

Ahora, a medida que las horas de luz duraban cada vez más, los osos, las hienas, los fuertes hipopótamos, los solitarios alopes y los simios aguardaban quietos, en aparente tensión, durante horas, contemplando a los visitantes desde sus celdas de ladrillo y sus trincheras enlodadas. Estaban esperando quizá las lluvias meridionales que nunca alcanzaban Nueva Crobuzon, pero que seguían grabadas en sus huesos. Y cuando las lluvias no llegaban, se sentaban a esperar la estación seca que, del mismo modo, no afligía a su nuevo hogar. Debía de tratarse de una existencia extraña y ansiosa, pensaban los cuidadores con el fondo del rugido de bestias cansadas, desorientadas.

Las noches habían perdido casi dos horas desde el invierno, pero parecían concentrar aún más esencia en ese tiempo limitado. Eran especialmente intensas, ya que había más actividades ilícitas tratando de encajar en las horas entre el ocaso y el alba. Cada noche, el viejo y enorme almacén a un kilómetro al sur del zoo atraía riadas de hombres y mujeres. El ocasional rugido leonino podía romper el golpeteo y el constante retumbar de los ariscos visitantes que entraban en el edificio. Todos lo ignoraban.

Los ladrillos de la nave habían sido en su día rojos, pero ahora aparecían negros por la mugre suave y meticulosa, como si la hubieran untado a mano. El cartel original aún ocupaba toda la longitud del edificio: «Jabones Cadnebar y Tallow». Cadnebar se había ido a pique en la depresión del 57. La enorme maquinaria para fundir y refinar grasa había sido arrancada y vendida como chatarra. Después de dos o tres años de silenciosas reformas, el lugar había reabierto como el circo de gladiadores.

Como otros alcaldes antes que él, a Rudgutter le gustaba comparar la civilización y el esplendor de la Ciudad-Estado República de Nueva Crobuzon con la barbarie en la que degeneraban los habitantes de otras tierras. «Pensad en los demás países de Rohagi», exigía Rudgutter en sus discursos y editoriales. Aquello no era Tesh, ni Troglodópolis, Vadaunk o el Alto Cromlech. Aquella no era una ciudad regida por brujos; aquello no era una madriguera chthónica; los cambios de estación no provocaban una oleada de represión supersticiosa; Nueva Crobuzon no procesaba a sus ciudadanos mediante fábricas de zombis; su parlamento no era como el de Maru'ahm, un casino donde las leyes eran apuestas en la mesa de la ruleta.

Y aquello no era, enfatizaba Rudgutter, Shankell, donde la gente luchaba como animales por deporte.

Excepto, por supuesto, en Cadnebar.

Podría haber sido ilegal, pero nadie recordaba ningún registro de la milicia en aquel establecimiento. Muchos patrocinadores de los principales establos eran parlamentarios, industriales y banqueros, cuya intercesión sin duda mantenía en un mínimo el interés oficial. Había otras salas de lucha, por supuesto, que doblaban para peleas de gallos o de ratas, donde se podía celebrar un combate entre osos o tejones en un extremo, lucha entre serpientes en otro, con los gladiadores en el medio. Pero Cadnebar era legendario.

Cada noche, la diversión comenzaba con un espectáculo abierto, una comedia para los habituales. Montones de jóvenes, estúpidos y palurdos chicos de granja, los tipos más duros de sus aldeas, que habían viajado durante días desde la Espiral de Grano o las Colinas Mendicantes para labrarse un nombre en la ciudad, mostraban sus prodigiosos músculos a los selectores. Dos o tres eran elegidos y arrojados a la arena principal ante la rugiente muchedumbre, donde se les entregaban unos machetes. Cuando ya estaban confiados era cuando se abría la compuerta y empalidecían al enfrentarse a un enorme gladiador rehecho o un impávido guerrero cacto. La carnicería resultante era breve y sangrienta, y servía de alivio cómico para los profesionales.

El deporte en Cadnebar se regía por la moda. En los últimos días de la primavera, gustaban los enfrentamientos entre equipos de dos rehechos y tres hermanas guardianas khepri. Las unidades de khepri eran atraídas desde Kinken y Ensenada con impresionantes premios. Llevaban practicando juntas durante años, ya que eran grupos de tres guerreras religiosas adiestradas para emular a las diosas guardianas khepri, las Hermanas Guerreras. Como ellas, una combatía con red de garfios y lanza, otra con ballesta y pedernal y otra con el arma khepri que los humanos habían bautizado como aguijón.

A medida que el verano comenzaba a llegar al resguardo de la primavera, las apuestas se hacían cada vez mayores. A kilómetros de distancia, en la Perrera, Benjamín Flex reflexionaba hosco sobre el hecho de que el Cera de Cadnebar, el órgano ilegal del negocio de las peleas, tenía una tirada cinco veces superior a la del Renegado Rampante.

El Asesino Ojospía dejó otra víctima mutilada en las alcantarillas, descubierta por los mendigos. Colgaba como alguien arrojado al Alquitrán desde una de las tuberías de desagüe.

En las afueras de la Letrina, una mujer murió por múltiples heridas punzantes en ambos lados del cuello, como si se hubiera visto atrapada entre las hojas de unas enormes tijeras serradas. Cuando sus vecinos la encontraron, su cuerpo estaba cubierto de documentos que demostraban que se trataba de una informadora coronel de la milicia. La noticia se extendió. Jack Mediamisa había atacado de nuevo. En las alcantarillas y los barrios bajos, nadie lloró a la víctima.

Lin e Isaac robaban noches furtivas cuando podían. Isaac notaba que le ocurría algo. Una vez la sentó y le exigió que le contara lo que la preocupaba, que le dijera por qué no se había presentado al Shintacost aquel año (algo que había añadido una amargura adicional a su habitual protesta sobre las listas), en qué estaba trabajando, y dónde. No había señal de material artístico en ninguna de sus habitaciones.

Lin le había acariciado el brazo, claramente agradecida por la preocupación. Mas no le dijo nada. Le explicó que estaba trabajando en una obra de la que, de momento, se sentía muy orgullosa. Había encontrado un espacio del que no podía y no quería hablar, en el que estaba elaborando la gran pieza sobre la que no debía preguntar. No era como si hubiera desaparecido del mundo. Una vez cada dos semanas, quizá, volvía a uno de los bares de los Campos Salacus, riendo con los amigos, aunque con algo menos de vigor que hacía dos meses.