Los edificios rezumaban la mucosa blanca de los gusanos caseros. Algunos estaban totalmente cubiertos por aquella pasta espesa, que se extendía por los tejados conectando los distintos edificios en una grumosa totalidad coagulada. Podía ver a través de las puertas y ventanas: las paredes y suelos proporcionados por los arquitectos humanos se habían roto en algunas zonas, lo que los gusanos caseros arreglaban rezumando su flema desde el abdomen, recorriendo a bocados el interior en ruinas de los edificios sobre sus pequeñas patas.
En ocasiones, Lin alcanzaba a ver un espécimen vivo tomado de las granjas junto al río, desarrollando la reconstrucción de un edificio para formar los intrincados y retorcidos pasadizos orgánicos preferidos por casi todas las khepri. Aquellos enormes y estúpidos escarabajos, más grandes que un rinoceronte, respondían a los chasquidos y tirones de sus cuidadores, abriéndose paso a través de las casas, remodelando estancias con una cobertura de rápido secado que suavizaba las aristas y conectaba las cámaras, edificios y calles con lo que parecían, desde dentro, gigantescas madrigueras de gusano.
A veces Lin se sentaba en uno de los diminutos parques de Kinken. Se quedaba quieta entre los árboles de lento florecer y observaba a las suyas a su alrededor. Miraba por encima de la copa de los árboles, a los costados de los edificios más altos. Una vez vio a una joven humana asomarse por una ventana abierta en lo alto de un muro manchado de hormigón, en la fachada trasera del edificio. Veía a la muchacha observando plácida a sus vecinas khepri, mientras la colada de su familia ondeaba al viento, tendida de una pértiga a su lado. Una extraña forma de crecer, pensó Lin, imaginando a la chica rodeada de criaturas silenciosas con cabeza de insecto, algo tan extraño como si ella misma hubiera crecido entre los vodyanoi… Pero aquel pensamiento la llevó incómoda en dirección a su propia niñez.
Por supuesto, su viaje hacia aquellas calles despreciables era un regreso a la ciudad de sus recuerdos. Eso lo sabía. Se preparaba para recordar.
Kinken había sido su primer refugio. En aquella extraña época de aislamiento, donde aplaudía los esfuerzos de las reinas khepri del crimen y paseaba como los proscritos por todos los cuadrantes de la ciudad (excepto, quizá, por los Campos Salacus, donde los proscritos eran mayoría), comprendió que sus sentimientos hacia Kinken eran más ambivalentes de lo que se había permitido creer.
Había habido khepri en Nueva Crobuzon desde hacía casi setecientos años, desde que el Mantis Fervorosa cruzara el Océano Hinchado y alcanzara Bered Kai Nev, el continente oriental, el hogar de las khepri. Algunos mercaderes y viajeros habían regresado de la misión acompañados. Durante siglos, los descendientes de aquel grupo diminuto se mantuvieron en la ciudad y se convirtieron en nativos. No había barriadas separadas, ni gusanos caseros, ni guetos. No había los suficientes khepri. Hasta el Cruce Trágico.
Pasaron cien años antes de que los primeros barcos de refugiados llegaran arrastrándose, apenas enteros, a la Bahía de Hierro. Sus enormes motores mecánicos estaban oxidados y rotos, las velas desgarradas. Eran barcos fúnebres, atestados de khepri de Bered Kai Nev apenas vivos. La enfermedad era tan despiadada que los viejos tabúes contra el entierro en el agua fueron ignorados. Así que había pocos cadáveres sobre la cubierta, aunque sí miles de moribundos. Las naves eran como la ahita antecámara de un depósito de cadáveres.
La naturaleza de la tragedia era un misterio para las autoridades de Nueva Crobuzon, que no disponían de cónsules ni de mucho contacto con ninguno de los países de Bered Kai Nev. Las refugiadas no hablaban de ello, o lo hacían con elipsis, o, en caso de ser gráficas y explícitas, la barrera del lenguaje bloqueaba la comprensión. Lo único que los humanos sabían era que algo terrible le había sucedido a los khepri del continente oriental, algún terrible vórtice que había reclamado millones de vidas, dejando tan solo a unos pocos capaces de escapar. Las khepri habían bautizado aquel nebuloso apocalipsis como la Voracidad.
Pasaron veinticinco años entre la llegada del primero y del último barco. Se dice que algunas naves lentas, sin motor, llegaron tripuladas en su totalidad por khepri nacidas en el mar, pues todas las refugiadas originales habían muerto durante el interminable éxodo. Sus hijas no sabían de lo que habían huido, solo que sus moribundas madres de nido les habían ordenado marchar hacia el oeste para no regresar jamás. Las historias sobre los Barcos de Misericordia khepri (bautizados por aquellos que suplicaban) llegaron a Nueva Crobuzon desde otros países en la costa oriental del continente Rohagi, desde Gnurr Kett y las Islas Jheshull, hasta lugares tan al sur como los Fragmentos. La diáspora khepri había sido caótica, diversa, temerosa.
En algunas tierras, las refugiadas eran asesinadas en terribles pogromos. En otras, como Nueva Crobuzon, eran bienvenidas con inquietud, pero no con violencia oficial. Se habían establecido, se habían convertido en trabajadoras, en recaudadoras de impuestos, en criminales, y se habían visto, debido a una presión orgánica demasiado sutil para ser evidente, viviendo en guetos, en ocasiones acosadas por racistas y matones.
Lin no había crecido en Kinken. Había nacido en el más joven y pobre gueto khepri de Ensenada, una mancha de vómito en el noroeste de la ciudad. Era prácticamente imposible comprender la verdadera historia de Kinken y Ensenada debido al sistemático borrado mental al que se habían sometido sus colonizadoras. El trauma de la Voracidad era tal que la primera generación de refugiadas había olvidado a propósito diez mil años de historia racial, anunciando que su llegada a Nueva Crobuzon comenzaba un nuevo calendario, el Ciclo de la Ciudad. Cuando la siguiente generación exigió la historia a sus madres, muchas se negaron y otras tantas fueron incapaces de recordar. La Historia khepri quedó oscurecida por la sombra masiva del genocidio.
Así que a Lin le costaba penetrar los secretos de aquellos primeros veinte años del Ciclo de la Ciudad. Kinken y Ensenada le eran presentados como fallas accomplis a ella, a su madre de nido, y a la generación anterior, y a la anterior a esa.
En Ensenada no había Plaza de las Estatuas. Hacía cien años había sido un suburbio humano desvencijado, un gallinero de arquitecturas encontradas, y los gusanos caseros khepri habían hecho poco más que recubrir aquellas casas en ruinas con cemento, petrificándolas eternamente en el punto del colapso. Las moradoras de Ensenada no eran artistas ni dueñas de bares de frutas, ni jefas de enjambre, ni ancianas de colmena ni tenderas. Tenían mala fama y pasaban hambre. Trabajaban en las fábricas y las alcantarillas, se vendían a quien pudiera pagarlas. Las hermanas de Kinken las despreciaban.
En las calles decrépitas de Ensenada florecían extrañas y peligrosas ideas. Pequeños grupos de radicales se reunían en lugares secretos; los cultos mesiánicos prometían liberación para las elegidas.
Muchas de las liberadas originales habían vuelto la espalda a sus dioses de Bered Kai Nev, que no habían protegido a sus discípulas de la Voracidad. Pero las generaciones subsiguientes, que no conocían la naturaleza de la tragedia, volvieron a ofrecer su adoración. A lo largo de cien años se consagraron templos al panteón en viejos talleres y discotecas desiertas. Pero muchas habitantes de Ensenada, en su confusión y su hambre, se volvieron hacia dioses disidentes.
Dentro de los confines de aquel barrio podían encontrarse todos los templos habituales. Se adoraba a la Asombrosa Madre del Nido, así como la Artesana del Esputo. La Buena Enfermera presidía el ajado hospital, y las Hermanas Guerreras defendían a las fieles. Pero en las chabolas precarias que se tumoraban junto a los canales industriales, en estancias ocultas por ventanas cegadas, se alzaban plegarias a dioses extraños. Las sacerdotisas se dedicaban al servicio del Diablo Elíctrico o el Cosechador de Aire. Grupos furtivos se reunían en los tejados y cantaban himnos a la Hermana Ala, suplicando el vuelo. Y algunas almas solitarias y desesperadas, como la madre de nido de Lin, rendían pleitesía a Aspecto de Insecto.