Transliteralizado de forma adecuada de la grafía khepri a la de Nueva Crobuzon, el compuesto químico-audio-visual de descripción, devoción y asombro que era el nombre del dios se traducía como Insecto/Aspecto/(masculino)/(firme). Pero los pocos humanos que lo conocían lo llamaban Aspecto de Insecto, y así era como Lin se lo había señalado a Isaac cuando le contó la historia de su niñez.
Desde que tenía seis años, cuando rompió la crisálida que había sido la larva de su cabeza, para convertirse de repente en una cabeza de escarabajo, cuando despertó a la consciencia del lenguaje y el pensamiento, su madre le había enseñado que era una caída en desgracia. La lánguida doctrina del Aspecto de Insecto era que las mujeres khepri estaban malditas. Algún vil defecto por parte de la primera mujer había condenado a sus hijas a una vida cargada con un ridículo y lento cuerpo bípedo, con una mente atiborrada por los inútiles derroteros y complejidades de la consciencia. La mujer había perdido la pureza del insecto de la que disfrutaban Dios y los machos.
La madre de nido de Lin (que despreciaba los nombres como una afectación decadente) le enseñó a ella y a su hermana que Aspecto de Insecto era el señor de toda la creación, la fuerza todopoderosa que conocía solo el hambre, la sed, el celo y la satisfacción. Había defecado el universo tras devorar el vacío en un acto insensato de creación cósmica, más puro y brillante por estar desprovisto de fin o consciencia. Lin y su hermana de nido aprendieron a venerarlo con aterrorizado fervor, y a despreciar la consciencia de sus cuerpos blandos, sin quitina.
También se les enseñó a adorar y servir a sus hermanos sin mente.
Recordando aquellos tiempos, Lin ya no temblaba por la revulsión. Sentada en aquellos recluidos parques de Kinken, observó con cuidado cómo el pasado se desplegaba en su mente, poco a poco, en un acto gradual de reminiscencia que requería coraje. Recordó cómo había llegado poco a poco a comprender que su vida no era normal. En sus raras expediciones para comprar, había visto con horror el desprecio despreocupado con el que sus hermanas trataban a los machos khepri, pateando y aplastando a aquellos insectos sin mente de sesenta centímetros de longitud. Recordó las conversaciones tentativas con las demás niñas, que le enseñaron cómo vivían sus vecinas; su miedo a usar el idioma que conocía de forma instintiva, la lengua que portaba en la sangre, pero que su madre le había enseñado a despreciar.
Recordó el regreso a una casa infestada de machos khepri, el hedor de la verdura y la fruta podrida sembrada para que los sementales la devoraran. Recordó cómo le obligaban a lavar los innumerables caparazones resplandecientes de sus hermanos, a amontonar su estiércol frente al altar de la casa, a dejarles recorrerla y explorar su cuerpo, dirigidos por su curiosidad imbécil. Recordó las discusiones nocturnas con su hermana de nido, desarrolladas con las diminutas oleadas químicas y los suaves siseos que eran los susurros de las khepri. Como resultado de aquellos debates teológicos, su hermana había adoptado el camino opuesto al de ella y se había enterrado tan profundamente en su fe del Aspecto de Insecto que superó a su madre en fanatismo.
Hasta que no cumplió quince años, Lin no se atrevió a desafiar abiertamente a su madre de Nido. Lo hacía en términos que ahora veía como ingenuos y confusos. Lin denunciaba a su madre como una hereje, maldiciéndola en el nombre del panteón mayoritario. Huía del lunático auto desprecio del culto al Aspecto de Insecto, de las angostas calles de Ensenada. Huyó a Kinken.
Comprendió que por eso, a pesar del descontento posterior (su desprecio, en realidad, su odio), había una parte de ella que siempre recordaría Kinken como un santuario. Ahora la presuntuosidad de aquella comunidad insular le asqueaba, pero en la épica de su huida se había emborrachado con ella. Se había refocilado en la arrogante denuncia de Ensenada, había rezado a la Asombrosa Madre del Nido con vehemente deleite. Se había bautizado con un nombre khepri y, lo que era vital en Nueva Crobuzon, con uno humano. Había descubierto que en Kinken, al contrario que en Ensenada, el sistema de enjambres y colmenas creaba complejas y útiles redes de conectividad social. Su madre nunca había mencionado su nacimiento o su crianza, de modo que Lin había tomado la alianza de su primera amiga en Kinken, y le dijo a todo aquel que preguntaba que pertenecía a la Colmena del Ala Roja, Enjambre del Cráneo Felino.
Su amiga le introdujo en el sexo por placer, le enseñó a disfrutar del cuerpo sensual que tenía debajo del cuello. Aquella fue la transición más difícil y extraordinaria. Su cuerpo había sido una fuente de vergüenza y disgusto; realizar actividades sin más propósito que disfrutar de la pura esencia física le había provocado primero nauseas, después terror y, por último, liberación. Hasta entonces solo se había sometido al sexo en la cabeza por orden de su madre, sentándose quieta e incómoda mientras un macho subía por ella y copulaba excitado con su cuerpo de escarabajo, en piadosamente infructuosos intentos de procreación.
Con el tiempo, el odio de Lin hacia su madre de Nido se enfrió poco a poco y se tornó primero desprecio, después lástima. Su disgusto ante la miseria de Ensenada se unió a una especie de comprensión. Y entonces su amor de cinco años con Kinken terminó. Todo comenzó estando en la Plaza de las Estatuas, comprendiendo que eran empalagosas y mal ejecutadas, encarnadoras de una cultura ciega hacia sí misma. Comenzó a ver que Kinken estaba implicado en la subyugación tanto de Ensenada como de las invisibles desahuciadas de Kinken; vio una «comunidad» como mínimo cruel e insensible, y como máximo empeñada en fomentar deliberadamente la miseria de Ensenada para mantener su superioridad.
Con sus sacerdotisas, sus orgías, sus industrias, su secreta dependencia de la economía general de Nueva Crobuzon (cuya vastedad solía mostrarse públicamente en Kinken como algo secundario), Lin comprendió que vivía en un reino insostenible que combinaba la santimonía, la decadencia, la inseguridad y el esnobismo en un extraño y neurótico brebaje. Era un parásito.
Se dio cuenta, para su nauseabunda desgracia, que Kinken era más deshonesto que Ensenada. Pero aquella comprensión no trajo con ella nostalgia por su patética niñez. No regresaría a Ensenada. Y si le volvía la espalda al Kinken como antes lo había hecho con el Aspecto de Insecto, no habría otro sitio donde ir, salvo el exterior.
De modo que aprendió las señales y se marchó.
Lin nunca fue tan insensata como para pensar que podía dejar de ser definida por su raza, al menos en lo concerniente a la ciudad. Y tampoco lo quería. Pero, para ella, dejó de intentar ser una khepri, como una vez había dejado de intentar ser un insecto. Por eso le fascinaban sus sentimientos hacia Ma Francine. No era solo por el hecho de que se enfrentara al señor Motley, comprendió. Había algo al respecto de que fuera una khepri la que lo hiciera, robando sin esfuerzo territorio a aquel hombre vil que la asqueaba.
No pretendía comprender, ni siquiera para sí misma. Se sentó un largo rato a la sombra de las vainillas, los robles, los perales, en el Kinken que había despreciado durante años, rodeada por hermanas para las que era una proscrita. No quería regresar a la «vida khepri», como no quería hacerlo al Aspecto de Insecto. No entendía la fuerza que extraía de Kinken.
19
El constructo que había barrido el suelo de David y Lublamai durante años parecía que por fin estaba cediendo. Giraba y chirriaba mientras restregaba, se concentraba en zonas arbitrarias del suelo, y las pulía hasta dejarlas como joyas. Algunas mañanas tardaba casi una hora en ponerse en marcha. Se quedaba colgado en bucles del programa, lo que le hacía repetir sin fin pequeños comportamientos.