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Se sentía muy perturbado por esas sensaciones. Siempre había sido desvergonzadamente cobarde respecto a las drogas. Como estudiante había habido montones de aromáticos cigarrillos de hierba, por supuesto, y de las risas inanes que los acompañaban. Pero nunca había tenido estómago para nada más fuerte. Aquellos rumores incipientes de un nuevo apetito no hacían nada por acallar sus miedos. No sabía lo adictiva que era la mierda onírica, pero se negaba del plano a darse a aquellas débiles ascuas de curiosidad.

La mierda onírica era para el ciempiés, solo para él.

Isaac canalizó su curiosidad de las corrientes sensuales a las intelectuales. Solo conocía personalmente a dos químicos, ambos gazmoños irredentos; tenía la misma intención de hablarles sobre drogas ilegales que de bailar desnudo por la medianera de la calle Tervisadd. Optó por sacar el tema de la mierda onírica en las tabernas de peor fama de los Campos Salacus. Resultó que varios de sus conocidos la habían probado, y algunos eran consumidores habituales.

No parecía tener un efecto distinto en cada raza. Nadie sabía de dónde procedía, pero todos los que admitían usarla alababan sus extraordinarios efectos. Lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en que era muy cara, cada vez más. No obstante, ninguno dejaba el hábito. Los artistas en particular hablaban de forma casi mística sobre la comunión con otras mentes. Isaac se reía de aquellos comentarios, asegurando (sin reconocer su propia y limitada experiencia) que la droga no era más que un poderoso oneirógeno que estimulaba los centros oníricos del cerebro, igual que el té-plus estimulaba los córtex visual y olfativo.

No creía en lo que decía. No le sorprendía la vehemente oposición hacia su teoría.

—No sé cómo, Isaac —le había siseado Brote en los Muslos con reverencia—, pero te deja compartir sueños… —Ante aquel comentario, los demás adictos arracimados en un pequeño reservado del Reloj y el Gallito asintieron al unísono, de forma cómica. Isaac adoptó una expresión escéptica para mantener su papel de incrédulo. Por supuesto, en realidad estaba de acuerdo. Pretendía descubrir más sobre aquella extraordinaria sustancia. Tendría que hablar con Lemuel Pigeon, o con Lucky Gazid, si es que alguna vez reaparecía; pero el ritmo de su trabajo sobre la teoría de crisis lo consumía. Su actitud hacia la mierda onírica que había dado al gusano seguía siendo de curiosidad, nerviosismo e ignorancia.

Se encontraba mirando incómodo a la vasta criatura un cálido día de finales de Melero. Decidió que era algo más que prodigioso. Sin duda, se trataba de un monstruo, y lo maldecía por ser tan interesante. De otro modo habría podido olvidarse de él.

La puerta a su espalda se abrió y Yagharek apareció bajo los rayos del primer sol. Era raro, muy raro, que el garuda se presentara antes del anochecer. Isaac se puso en pie, llamando a su cliente para que subiera.

— ¡Yag, viejo! ¡Cuánto tiempo! Estaba a la deriva, y te necesito para anclarme. Ven aquí arriba.

Yagharek subió las escaleras sin pronunciar palabra.

— ¿Cómo sabes cuándo van a estar fuera David y Lub, eh? —preguntó Isaac—. ¿Montas guardia, o algo así? Mira, Yag, tienes que dejar de merodear como un atracador.

— Quiero hablar contigo, Grimnebulin. — La voz de Yagharek era extrañamente tanteadora.

—Dispara, viejo. —Isaac se sentó y lo miró. Ya sabía que el garuda permanecería de pie.

Yagharek se quitó la capa y el armazón de las alas, y se volvió hacia Isaac con los brazos cruzados. Isaac sabía que aquello era lo más cerca que Yagharek estaría nunca de expresar confianza, allí expuesto con su deformidad a la vista, sin hacer esfuerzo alguno por cubrirse. Suponía que debía sentirse halagado.

Yagharek lo miraba de lado.

—Hay gente en la ciudad nocturna donde vivo, Grimnebulin, gente muy diversa. No todos los que se ocultan son despojos.

—Nunca presumí que… —comenzó Isaac, pero Yagharek movió la cabeza impaciente, acallándolo.

—He pasado muchas noches solo, en silencio, pero hay otras ocasiones en las que camino con aquellos cuyas mentes siguen afiladas tras la pátina de alcohol, soledad y drogas. —Isaac quería decir «Ya te he dicho que podemos buscar un sitio para que te quedes», pero se detuvo. Quería ver adonde se dirigía aquello—. Hay un hombre, un hombre borracho y docto. No estoy seguro de que me considere real. Puede pensar que soy una alucinación recurrente. —Yagharek lanzó un profundo suspiro—. Le hablé sobre tus teorías, tu crisis, y se emocionó. Y el hombre me dijo: «¿Por qué no ir hasta el final? ¿Por qué no usar la Torsión?».

Se produjo un largo silencio. Isaac sacudió la cabeza con exasperación y disgusto.

—Estoy aquí para hacerte la misma pregunta, Grimnebulin —siguió el garuda—. ¿Por qué no usamos la Torsión? Tú intentas crear una ciencia desde cero, Grimnebulin, pero la energía de Torsión existe, y se conocen técnicas para acceder a ella… Te pregunto como un ignorante, Grimnebulin. ¿Por qué no usamos la Torsión?

Isaac inspiró profundamente y se pasó la mano por la cara. Parte de él estaba enfadada, pero en su mayoría se trataba de simple ansiedad, desesperación por poner fin de inmediato a aquella conversación. Se giró hacia el garuda y alzó la mano.

—Yagharek… —comenzó, y en ese momento se produjo un golpe en la puerta.

— ¿Hola? —gritó una voz alegre. Yagharek se tensó e Isaac dio un respingo. La coincidencia era extraordinaria.

— ¿Quién es? —gritó Isaac, bajando las escaleras.

Un hombre asomó la cabeza por la puerta. Tenía aspecto afable, casi hasta el absurdo.

—Ah, hola, señor. He venido por lo del constructo.

Isaac sacudió la cabeza. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo aquel individuo. Miró por encima del hombro, pero Yagharek era invisible. Se había apartado de la vista, del borde de la plataforma. El hombre de la puerta le entregó una tarjeta.

«NATHANIEL ORRIABEN, REPARACIÓN DE CONSTRUCTOS Y REPUESTOS», decía. «CALIDAD Y SERVICIO A PRECIOS RAZONABLES».

—Ayer vino un hombre… ¿Serachin? —siguió el recién llegado, leyendo de una hoja—. Nos dijo que su modelo de limpieza… un… EKB4C estaba estropeado. Pensaba que podía ser un virus. Tenía que venir mañana, pero acabo de terminar un trabajillo por la zona y pensé que era posible que hubiera alguien. —Su sonrisa era brillante. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su mono, lleno de grasa.

—Oiga —dijo Isaac—. Um… Mire, no es un buen momento…

— ¡Claro! Usted decide, por supuesto. Solo que… —el hombre miró alrededor antes de seguir, como si fuera a compartir un secreto. Seguro de que no iba a oírle nadie que no debiera, siguió con tono confidencial—. Solo que, señor, puede que no me sea posible acudir a la cita de mañana, como estaba previsto… —Su rostro ofrecía una disculpa de la clase más exagerada—. Puedo trabajar en una esquinita, sin hacer un ruido. Me llevará solo una hora si puedo arreglarlo aquí, y si no, es asunto para el taller. Eso lo sabré en cinco minutos. En caso contrario, creo que no podré venir al menos hasta dentro de una semana.

—Oh, mierda. A ver… mire, tengo una reunión arriba, y es absolutamente vital que no nos interrumpa. Hablo en serio. ¿Le parece?

— ¡Por supuesto! Me basta con acercarle el destornillador a esa vieja limpiadora y darle una voz cuando sepa el veredicto, ¿de acuerdo?

—Muy bien. ¿Puedo dejarle ya?

—Perfecto. —El hombre ya se dirigía hacia el constructo de limpieza, portando una caja de herramientas. Lublamai lo había encendido aquella mañana y le había programado instrucciones para que fregara su zona de estudio, aunque había sido un intento inútil. El constructo había estado petardeando en círculos durante veinte minutos antes de pararse, inclinado contra la pared. Allí seguía, tres horas después, emitiendo infelices chasquidos con los tres miembros sacudiéndose espasmódicos.