El técnico se acercó al artilugio, musitando y cloqueando como un padre preocupado. Tanteó los miembros del constructo, sacó una leontina del bolsillo y cronometró el tiempo entre las sacudidas. Anotó algo en una libreta y giró al autómata de limpieza para encararlo con él, mirando luego por uno de sus iris de cristal. Movió un lápiz lentamente de un lado a otro, observando la respuesta del motor sensorial.
Isaac vigilaba de reojo al reparador, aunque su atención no dejaba de dirigirse hacia arriba, donde le esperaba Yagharek. Este asunto de la Torsión no puede esperar, pensó nervioso.
— ¿Qué tal va? —gritó impaciente al técnico.
El hombre estaba abriendo su caja para sacar un gran destornillador. Levantó la vista.
—No hay problema —dijo meneando alegre el destornillador. Devolvió la vista al constructo y lo apagó con el interruptor detrás del cuello. Los crujidos angustiados murieron en un agradecido susurro. El hombre comenzó a destornillar el panel tras la «cabeza» del artefacto, una áspera pieza de metal gris coronando el cuerpo cilíndrico.
—Muy bien —respondió Isaac, corriendo escaleras arriba.
Yagharek estaba en pie junto a la mesa, lejos de la vista de la planta baja. Miró a Isaac cuando este regresó.
—No es nada —le dijo en voz queda—. Alguien que ha venido a arreglar nuestro constructo, que ha reventado. Lo que no sé es si podrá oírnos.
Yagharek abrió la boca para responder, pero en ese momento un delgado y discordante silbido llegó desde abajo. El pico de Yagharek se mantuvo abierto unos instantes, con expresión estúpida.
—Parece que no tenemos de qué preocuparnos —dijo Isaac, sonriendo. Lo está haciendo a propósito, pensó, para hacernos saber que no está escuchando. Qué educado. Inclinó la cabeza en invisible agradecimiento al técnico.
Su mente regresó entonces al asunto que los ocupaba, la sugerente tentativa de Yagharek, y su sonrisa se desvaneció. Se sentó con pesadez en la cama, se pasó la mano por el cabello espeso y miró a su cliente.
— ¿Nunca te sientas, Yag? —dijo en bajo—. ¿Y eso?
Tamborileó con los dedos contra la sien y pensó unos instantes antes de hablar.
—Yag, viejo… Ya me has impresionado antes con tu… sorprendente biblioteca. Quiero decirte dos nombres, para ver si significan algo para ti. ¿Qué sabes de Suroch, o de la Mancha Cacotópica?
Se produjo un largo silencio. Yagharek miraba ligeramente hacia arriba, a través de la ventana.
— La Mancha Cacotópica la conozco, por supuesto. Es lo que se oye siempre que se habla de la Torsión. Quizá sea un hombre del saco. —Isaac no era capaz de distinguir estados de ánimo en la voz de Yagharek, pero sus palabras eran defensivas—. Quizá debamos superar nuestro miedo. Y Suroch… he leído vuestras historias, Grimnebulin. La guerra siempre es… algo vil.
Mientras Yagharek hablaba, Isaac se incorporó y se acercó hacia sus caóticas estanterías, revisando los volúmenes apilados. Regresó con un delgado tomo de tamaño folio, encuadernado en rústica. Lo abrió frente al garuda.
—Esto —dijo con tono sombrío— es una colección de heliotipos tomados hace casi cien años. Fueron estos helios, en gran medida, los que pusieron fin a los experimentos de Torsión en Nueva Crobuzon.
Yagharek acercó la mano lentamente y pasó las páginas. No dijo palabra.
— Se suponía que esto era una misión secreta de investigación para ver los efectos de la guerra cien años después —siguió Isaac—. Pequeños grupos de la milicia, un par de científicos y un heliotipista marcharon costa arriba en un dirigible espía, y tiraron algunos helios desde el aire. Después, algunos de ellos descendieron hasta los restos de Suroch para tomar imágenes cercanas. Sacramundi, el heliotipista, estaba tan… tan espantado que sacó quinientas copias de su informe pagadas de su bolsillo y distribuidas gratuitamente, sin pasar por el alcalde ni el Parlamento, donde se mostraba a la población a las claras… El alcalde Turgisadi se volvió loco, pero no podía hacer nada. Se produjeron protestas, y después las algaradas Sacramundi del 89. Ya casi se han olvidado, pero a punto estuvieron de tumbar al gobierno. Un par de los grandes capitales que contribuían al programa de Torsión, de los cuales el mayor era Penton, que sigue poseyendo las Minas Arrowhead, se asustaron y se retiraron, y todo el asunto se colapso. Por esto, Yag, viejo amigo —terminó, señalando el libro—, es por lo que no usamos la Torsión.
El garuda seguía pasando páginas lentamente. Las imágenes sepia de la ruina pasaban frente a él.
—Ah… —Isaac señaló con el dedo una gris panorámica de lo que parecía cristal y carbón aplastado. El heliotipo se había tirado desde muy baja altura. Algunos de los grandes fragmentos que cuajaban la enorme, perfecta llanura circular eran visibles, lo que sugería que los escombros disecados eran los restos de objetos retorcidos, antaño extraordinarios—. Y esto es lo que queda del centro de la ciudad. Ahí es donde tiraron la bomba cromática en 1545. Dijeron que lo hacían para poner fin a las Guerras Pirata, pero para ser sinceros, Yag, ya habían terminado hacía casi un año cuando Nueva Crobuzon bombardeó Suroch con las bombas de torsión. Fíjate, tiraron las bombas cromáticas doce meses después para tratar de esconder lo que habían hecho… solo que una cayó al mar y no llegó a activarse; la otra solo fue capaz de limpiar el kilómetro cuadrado central de Suroch, más o menos. Esta zona que ves aquí… —indicó un escombro bajo en el borde de la llanura circular—. A partir de ahí, las ruinas siguen en pie. Ahí es donde puedes ver la Torsión.
Le indicó a Yagharek que volviera la página. El garuda obedeció y algo cloqueó en el fondo de su garganta. Isaac suponía que era el equivalente en su especie a una inhalación profunda. Echó un vistazo a la imagen antes de levantar la mirada, no lo bastante rápido, hacia el rostro de Yagharek.
—Esas cosas al fondo, como estatuas fundidas, eran casas —dijo con tono neutro—. Lo que estás mirando, al menos hasta donde se ha podido determinar, descendía de una cabra doméstica. Al parecer las usaban como mascotas en Suroch. Esto, por supuesto, podría ser una segunda, décima, vigésima generación tras la Torsión, evidentemente. No sabemos cuánto viven.
Yagharek contempló el cadáver del heliotipo.
—Tuvieron que dispararle, explica el texto —siguió Isaac—. Mató a dos de la milicia. Intentaron realizarle una autopsia, pero esos cuernos del estómago no estaban muertos, aunque el resto sí lo estuviera. Respondieron al ataque y casi acabaron con el biólogo. ¿Ves el caparazón? Parece que fue muy difícil abrir ahí. —Yagharek asintió lentamente—. Pasa la página, Yag. Sobre la siguiente, nadie tiene la menor idea de lo que era antes. Podría haber sido generado de forma espontánea por la explosión de Torsión, pero creo que esos engranajes de ahí descienden de los motores de un tren —dio unos suaves golpecitos a las páginas—. Lo… eh… lo mejor aún está por llegar. No has visto ni el árbol cucaracha, ni los rebaños de lo que parece que una vez fueron humanos.
Yagharek era meticuloso. Pasaba cada una de las páginas y veía las imágenes furtivas robadas desde detrás de los muros, o las vertiginosas tomas aéreas. Un lento caleidoscopio de mutación y violencia, guerras patéticas libradas entre monstruosidades incognoscibles por una tierra de nadie de escoria cambiante y arquitectura de pesadilla.