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Isaac asintió lentamente.

—De nada. Me… me alivia oírte decir eso, Yag. Más de lo que te puedas imaginar. No hablemos más de ello. —Se aclaró la garganta y señaló el diagrama—. Tengo algo fascinante que enseñarte, viejo.

En la luz polvorienta bajo la pasarela de Isaac, el técnico de constructos Orriaben tanteaba las entrañas de la limpiadora rota con un destornillador y un soldador. Mantenía un silbido sin sentido, un truco que no requería ni una fracción de su atención.

El sonido de la conversación allá arriba le llegaba como el más leve murmullo de un bajo, salpicado por una ocasional voz cascada. Miró hacia la pasarela un instante, sorprendido ante aquella segunda voz, pero regresó rápidamente al asunto que lo ocupaba.

Un breve examen de los mecanismos del motor analítico interno de la máquina le confirmó el diagnóstico básico. Aparte de los habituales problemas de articulaciones rotas, el óxido y los contactos gastados, propios de la edad y que podían arreglarse con facilidad, el constructo había contraído alguna clase de virus. Una tarjeta de programas mal introducida o un engranaje mal calibrado dentro del motor de inteligencia a vapor habían provocado que las instrucciones se retroalimentaran en un bucle infinito. Actividades que el constructo nunca hubiera podido llevar a cabo de forma refleja comenzaban a aparecer, en un intento por extraer más información u órdenes más complejas. Bloqueada por las paradójicas instrucciones o por una falta de datos, el constructo se había paralizado.

El ingeniero echó un vistazo a la pasarela de madera sobre él. Lo ignoraban. Sintió su corazón palpitar de emoción. Los virus aparecían en una variedad de formas. Algunos simplemente bloqueaban el funcionamiento de la máquina. Otros hacían que los mecanismos realizaran tareas extrañas y sin sentido, resultado de un nuevo programa de órdenes creado a partir de información básica. Y en otras ocasiones, de las cuales aquella era un ejemplo perfecto, hermoso, paralizaban los constructos haciendo que examinaran de forma recurrente sus programas básicos de comportamiento.

Se veían acosados por el reflejo… por las semillas de la consciencia.

El técnico buscó en su caja y sacó un juego de tarjetas de programación y las abrió con habilidad. Susurró una plegaria.

Trabajando a asombrosa velocidad, aflojó varias válvulas y diales en el núcleo del aparato. Abrió la compuerta protectora de la ranura de entrada de programas, y comprobó que hubiera presión suficiente en el generador para alimentar el mecanismo de recepción del cerebro metálico. Los programas se cargaban en la memoria, para ser actualizados mediante los procesadores del constructo cuando este se encendía. Deslizó rápidamente una primera tarjeta, después otra, y otra, por la abertura. Sintió el traqueteo de los dientes y los muelles, rotando a lo largo del tablero rígido, hasta encajar en las pequeñas perforaciones que se traducían en instrucciones o información. Hacía una pausa entre tarjeta y tarjeta para asegurarse de que los datos se cargaban correctamente.

Barajó su pequeño mazo como un profesional, sintiendo los minúsculos movimientos del motor analítico a través de las puntas de los dedos de su mano izquierda. Estaba al acecho de entradas defectuosas, de dientes rotos o bloqueados, de zonas móviles mal engrasadas que pudieran corromper o bloquear sus programas. Todo estaba en orden. No pudo evitar lanzar un siseo triunfante. El virus del constructo era resultado exclusivo de la retroalimentación informativa, no de un defecto físico. Eso significaba que tenía que leer todas las tarjetas que el técnico suministraba a la máquina y cargar las instrucciones y la información en el sofisticado cerebro de vapor.

Cuando hubo introducido cada uno de los programas cuidadosamente escogidos en la ranura, todos en su orden determinado, pulsó una breve secuencia de botones en el teclado numérico conectado al motor analítico de la limpiadora.

Cerró la tapa del motor y volvió a sellar el cuerpo. Reemplazó los tornillos retorcidos que sujetaban la compuerta y descansó un instante las manos sobre el cuerpo sin vida del constructo. Lo enderezó, lo situó sobre sus patas y recogió las herramientas.

Se acercó al centro de la estancia.

—Um… disculpe, señor—gritó.

Se produjo un momento de silencio, antes de que llegara desde arriba la voz atronadora de Isaac.

— ¿Sí?

— Ya he terminado. No debería dar problemas. Dígale al señor Serachin que cargue la caldera un poco y que después lo encienda otra vez. Encantador modelo viejo, el EKBW.

— Sí, estoy seguro —fue la respuesta. Isaac apareció en la barandilla—. ¿Hay algo más que tenga que decirme? —preguntó impaciente.

—No, ya está todo. En una semana le enviaremos la factura al señor Serachin. Adiós.

—Vale, adiós, muchas gracias.

—De nada, señor —comenzó el hombre, pero Isaac ya se había dado la vuelta y había desaparecido de la vista.

El técnico se dirigió lentamente hacia la puerta, la mantuvo abierta y volvió a mirar el lugar donde se encontraba el constructo, en las sombras de la gran estancia. Sus ojos volaron un instante hacia arriba para comprobar que Isaac se había marchado, y entonces trazó con las manos un símbolo similar al de dos círculos entrelazados.

—Hágase el virus —susurró, antes de desaparecer en el cálido mediodía.

20

— ¿Qué es esto? —preguntó Yagharek. Mientras sostenía el diagrama, inclinaba la cabeza en un sorprendente gesto de pájaro.

Isaac cogió el papel y lo giró hasta presentar el lado correcto.

—Esto, viejo amigo, es un conductor de crisis —dijo Isaac con grandilocuencia—. O, al menos, el prototipo de uno. Un acojonante triunfo de la psico-filosofía de crisis aplicada.

— ¿Qué es? ¿Qué es lo que hace?

—Bueno, mira. Pones aquí lo que sea que quieras… activar —dijo indicando un garabato que representaba una campana—. Después… bueno, la ciencia es compleja, pero el meollo del asunto… veamos —tamborileó sobre la mesa—. Esta caldera se mantiene muy caliente, y alimenta este juego de motores interconectados. Ahora, este se carga con equipo sensorial que pueda detectar diversos tipos de campos de energía: calor, elictrostática, potencial, emisiones taumatúrgicas, y los representa en forma matemática. Ahora, si tengo razón sobre el campo unificado, que así es, estas tres formas de energía son diversas manifestaciones de la energía de crisis. De modo que el trabajo de este motor analítico es calcular qué clase de campo de energía de crisis está presente, dados los demás campos presentes. —Se rascó la cabeza—. Es una matemática de crisis muy compleja, viejo. Reconozco que esta va a ser la parte más difícil. La idea es tener un programa que pueda decir: «Bueno, pues hay tanta energía potencial, tanta taumatúrgica, tanta de la otra, lo que significa que la situación de crisis subyacente debe ser así y asá». Intentará traducir el… eh… lo mundano en una forma de crisis.

Entonces, y este es otro punto peliagudo, el efecto dado que estás buscando también podrá ser traducido en forma matemática, dentro de alguna ecuación de crisis, que será alimentada en este motor de computación de aquí. Por tanto, lo que haces es usar esto, que queda alimentado por una combinación de vapor, química y taumaturgia. Es el punto clave, un convertidor que acceda a la energía de crisis y la manifieste en su forma bruta. Entonces la canalizas dentro del objeto. —Isaac comenzaba a excitarse cada vez más a medida que hablaba sobre el proyecto. No podía evitarlo: por un instante, el regocijo por el impresionante potencial de su investigación, la salvaje escala de lo que estaba haciendo, derrotó su resolución acerca de ver solo el proyecto inmediato—. El asunto es que lo que necesitamos es poder cambiar la forma de un objeto en otra en la que el acceso a su campo de crisis aumente ese estado de crisis. En otras palabras, el campo de crisis aumenta por virtud de ser absorbido. —Isaac señaló a Yagharek boquiabierto—. ¿Ves de lo que estoy hablando? ¡El maldito movimiento perpetuo! Si logramos estabilizar el proceso, habrás conseguido un infinito bucle de retroalimentación, ¡lo que significa una fuente permanente de energía! — Se calmó al reparar en la forma impasible de Yagharek. Sonrió. Su decisión de concentrarse en la teoría aplicada quedaba facilitada, hasta de forma apremiante, por la obsesión monotemática del garuda y su encargo—. No te preocupes, Yag, conseguirás aquello que buscas. Por lo que a mí respecta, lo que esto significa, si logramos que funcione, es que podrás convertirte en una dinamo andante, una dinamo voladora. Cuanto más vueles, más energía de crisis podrás manifestar, y más podrás volar. Las alas cansadas serán un problema al que nunca tendrás que enfrentarte.