El aire zumbaba.
Durante eternos segundos no pasó nada. Entonces, en la sucia campana, el trozo de queso comenzó a temblar.
Isaac observó y quiso gritar su triunfo. Giró un dial ciento ochenta grados y el trozo se movió un poco más.
Provoquemos una crisis, pensó Isaac, tirando de la palanca que completaba el circuito y que llevaba la campana de vidrio bajo la atención de las máquinas sensoriales.
Isaac había adaptado la campana, cortando la parte superior y cambiándola por un émbolo. Se acercó a este y comenzó a apretarlo, de modo que el fondo abrasivo se moviera lentamente hacia el queso, que se encontraba amenazado. Si el émbolo completaba su movimiento, el queso quedaría completamente aplastado.
Mientras apretaba con la mano derecha, con la izquierda ajustaba los potenciómetros y diales en respuesta a los indicadores de presión. Observó las agujas brincar arriba y abajo, ajustándose como respuesta a la corriente taumatúrgica.
—Vamos, cabrón hijo de puta —susurró—. ¿Lo ves? ¿Eh? ¿Puedes sentirlo? Aquí viene la crisis…
El extremo del émbolo se acercaba sádico hacia el queso. La presión de las tuberías aumentaba de forma peligrosa, e Isaac siseó frustrado. Frenó el ritmo con el que amenazaba al alimento, desplazando inexorable el émbolo hacia abajo. Si la máquina de crisis fracasaba y el queso no mostraba los efectos que había intentado programar, Isaac lo aplastaría de todos modos. La crisis estaba relacionada con la potencialidad. Si no tenía la intención genuina de aplastar su objetivo, no estaría en crisis. No era posible engañar a un campo ontológico.
Y entonces, cuando el gemido del vapor y los pistones se hizo incómodo, cuando los bordes de la sombra del émbolo se afilaban al llegar a la base de la campana, el queso explotó. Se produjo un chasquido líquido cuando el trozo reventó con velocidad y violencia, salpicando el interior del recipiente con migas y aceite.
Lublamai gritó, preguntando en nombre de Jabber qué era eso, pero Isaac no lo advirtió. Estaba observando boquiabierto, trastornado, el queso destruido. Entonces prorrumpió en risas de incredulidad y felicidad.
— ¿Isaac? ¿Qué coño estás haciendo? —repitió Lublamai.
— ¡Nada, nada! Siento la molestia. Solo es un poco de trabajo que… que va bastante bien… —La sonrisa que brotó en su rostro le impidió seguir con la respuesta.
Apagó rápidamente la máquina y levantó la campana. Pasó los dedos sobre la masa embadurnada, medio fundida. ¡Increíble!, pensó.
Había intentado programar el queso para que flotara un poco por encima del suelo. Desde aquel punto de vista, suponía que aquello era un fracaso. ¡Pero es que no esperaba que sucediera nada! Desde luego, se había confundido con las matemáticas, había programado mal las tarjetas. Era evidente que la especificación de los efectos que buscaba sería extremadamente difícil. Probablemente, el proceso mismo de acceso era tosco hasta el ridículo, dejando espacio de sobra para los errores y las imperfecciones. Y ni siquiera había intentado crear la clase de retroalimentación permanente que era su objetivo último.
Pero… pero había accedido a la energía de crisis.
Aquello carecía por completo de precedentes. Por primera vez, Isaac creía de verdad en que sus ideas funcionarían. Desde ahora, el trabajo que restaba era de refinamiento. Había un montón de problemas, por supuesto, pero eran problemas distintos, de un orden mucho menor. El acertijo básico, el problema central de toda la teoría de crisis, estaba resuelto.
Reunió sus notas y las repasó con reverencia. No podía creer lo que había hecho. Nuevos planes llegaron de inmediato. La próxima vez usaré una muestra de acuartesanía vodyanoi. Algo que ya esté unido por la energía de crisis. Eso debería ser infinitamente más interesante. Puede que podamos poner en marcha ese bucle… Se sentía mareado. Se dio una palmada en la frente y sonrió.
Me voy fuera, pensó de repente. Me voy a… a emborracharme. Me voy a buscar a Lin. Me voy a tomar la noche libre. Acabo de resolver uno de los problemas más intratables de uno de los paradigmas más controvertidos de la ciencia, y me merezco un trago. Sonrió ante su andanada mental y se calmó. Se dio cuenta de que había decidido hablarle a Lin de su motor de crisis. No puedo seguir pensándolo yo solo, pensó.
Comprobó que llevaba encima las llaves y la cartera. Se estiró y desperezó, bajando a la planta principal. Lublamai se volvió al oírlo.
—Me voy, Lub.
— ¿Ya has terminado, Isaac? Solo son las tres.
—Mira, viejo, he acumulado horas extra —sonrió Isaac—. Me voy a tomar medio día de vacaciones. Si alguien pregunta, lo veré mañana.
—Muy bien —dijo Lublamai, regresando a su trabajo con un saludo—. Que lo pases bien.
Isaac gruñó una despedida.
Se detuvo en medio de la Vía del Remero y suspiró, por el mero placer del aire. La pequeña calle no estaba muy concurrida, pero tampoco desierta. Saludó a uno o dos de sus vecinos antes de girarse y dirigirse hacia la Aduja. Era un día magnífico, y había decidido pasear hasta los Campos Salacus.
El aire cálido se filtraba a través de la puerta, las ventanas y las grietas en las paredes del almacén. Lublamai se detuvo un instante para ajustarse la ropa. Sinceridad jugueteaba con un escarabajo. El constructo había terminado de limpiar hacía un tiempo, y ahora aguardaba tranquilo en una esquina, con una de sus lentes ópticas aparentemente fija en él.
Poco después de que Isaac se marchara, el científico se levantó e, inclinándose sobre la ventana abierta junto a su mesa, ató una bufanda roja a un tornillo en el ladrillo. Escribió una lista de las cosas que necesitaba y esperó a que apareciera Teparadós. Después volvió al trabajo.
A las cinco de la tarde el sol seguía en lo alto, pero ya comenzaba a descender sobre la tierra. La luz se espesaba a toda velocidad y se tornó leonada.
Dentro de la crisálida pendular, la vida en pupa podía sentir el ocaso. Tembló y flexionó su carne casi acabada. En su icor, en los derroteros de su cuerpo, comenzó una última batería de reacciones químicas.
A las seis y media, un débil golpe en el exterior interrumpió a Lublamai, que alzó la mirada para ver a Teparadós en la callejuela, frotándose la cabeza con el pie prensil. El draco miró a Lublamai y exclamó un grito de bienvenida.
— ¡Señor Lublub! ¡Hacía mis rondas, vi el rojo…!
—Buenas noches, Teparadós. ¿Quieres pasar? —Se apartó de la ventana para dejar entrar al draco. Teparadós aleteó hasta el suelo con un movimiento pesado. Su piel rojiza era hermosa bajo los últimos jirones de luz que reflejaba. Sonrió a Lublamai con su alegre y espantosa expresión.
— ¿Cuál es el plan, jefe? —gritó. Antes de que Lublamai pudiera responder, miró a Sinceridad, que lo observaba indecisa. Extendió las alas, sacó la lengua y le hizo una mueca. El animal se escabulló disgustado.
Teparadós rió escandaloso y eructó.
Lublamai sonrió indulgente. Antes de que el draco tuviera otra ocasión para despistarse, lo empujó hacia la mesa donde esperaba la lista de la compra. Le dio un trozo de chocolate para concentrar su atención en el trabajo.
Mientras discutían sobre cuántas verduras podía transportar el draco por el aire, algo sobre ellos se agitó.
En las sombras cada vez más oscuras de la jaula, en el laboratorio elevado de Isaac, el capullo oscilaba mecido por una fuerza que no era el viento. El movimiento dentro de aquel tenso envoltorio orgánico le transmitía una rápida vibración hipnótica. Giró, vaciló, corcoveó. Se produjo un infinitesimal sonido de rasgadura, demasiado débil para que Lublamai o Teparadós pudieran oírlo.