Una húmeda, negra garra esculpida desgajó las fibras del capullo. Se deslizó lentamente hacia arriba, rompiendo el rígido material sin esfuerzo alguno, como si se tratara del cuchillo de un asesino. Una batería de sentidos totalmente alienígenos se derramó como vísceras invisibles desde la raja. Desorientadoras ráfagas de sentimientos vagaron un instante por la habitación, haciendo que Sinceridad gruñera y que Lublamai y Teparadós miraran un instante, nerviosos, hacia arriba.
Unas manos intrincadas emergieron de la oscuridad y sostuvieron los extremos de su prisión. Apretaron en silencio, forzando la apertura del caparazón. Con el más leve de los sonidos, el cuerpo trémulo se deslizó fuera de su cáscara, húmedo y resbaladizo como un recién nacido.
Durante un instante permaneció sobre la madera, débil y confuso, en la postura encorvada que había mantenido dentro de la crisálida. Poco a poco se estiró, saboreando el repentino espacio. Cuando se encontró con la tela de gallinero de la jaula, la desgarró sin esfuerzo y se arrastró hacia la pasarela.
Se descubrió. Aprendió su forma.
Comprendió que tenía necesidades.
Lublamai y Teparadós saltaron ante el chirrido y el sonido discordante del alambre cortado. El sonido parecía comenzar arriba y derramarse por toda la estancia. Se miraron un instante y volvieron a alzar la vista.
— ¿Qué es eso, jefe? —preguntó el draco.
Lublamai se levantó y escudriñó la balconada de Isaac; se giró lentamente y revisó toda la nave. Silencio. Se detuvo, con el ceño fruncido, observando la puerta principal. Se preguntó si el sonido habría llegado desde fuera.
En el espejo junto a la puerta se reflejó un movimiento.
Un ser oscuro se alzó del suelo en lo alto de las escaleras.
Lublamai habló, emitió algún ruido trémulo de incredulidad, de miedo, de confusión, pero este se disipó en la nada tras un mero instante. Observó el reflejo con la boca abierta.
El ente se desplegó como si floreciera. Era una expansión tras el encierro, como la de un hombre o una mujer levantándose y extendiendo los brazos después de dormir en posición fetal, pero multiplicada en su vastedad. Era como si los miembros indistintos de aquella cosa se articulasen un millar de veces, de modo que pudieran plegarse como una escultura de papel, incorporándose y extendiendo brazos, o piernas, o tentáculos, o colas que se abrían y abrían sin parar. Aquel ser, que había estado agazapado como un perro, se incorporaba y se desarrollaba, alcanzando casi el tamaño de un hombre.
Teparadós chilló. Lublamai abrió la boca aún más y trató de moverse. No podía ver su forma, solo su piel oscura y reluciente, y las manos, cerradas como las de un niño. Sombras frías. Ojos que no lo eran. Pliegues y protuberancias y tesos orgánicos, como colas de rata, que se agitaban y retorcían como si acabaran de morir. Y fragmentos de hueso incoloro, del tamaño de dedos, que brillaban blanquecinos y se separaban rezumantes para mostrar que eran dientes…
Y mientras Teparadós trataba de superar a Lublamai y este pugnaba por gritar, sus ojos aún clavados en la criatura del espejo, sus pies trastabillando sobre el suelo de piedra, aquella cosa en lo alto de la escalera abrió las alas.
Cuatro crujientes concertinas de materia negra se extendieron desde la espalda de la criatura, y de nuevo, y otra vez, encontrando su posición, abanicando y extendiéndose en vastos dobleces de carne gruesa y moteada, aumentando hasta alcanzar un tamaño imposible en una explosión de patrones orgánicos, como una bandera desarrollándose, abriendo los puños cerrados.
El ser inspiró y extendió aquellas alas colosales, carnosos e inmensos pliegues de cuero rígido que parecían abarcar todo el lugar. Eran irregulares, de forma caótica, como una espiral aleatoria y fluida; pero su simetría era perfecta, como la mancha derramada o los patrones de pintura en un papel plegado.
Y en aquellos grandes paneles lisos había manchas oscuras, toscos patrones que parecían parpadear mientras Lublamai los miraba y Teparadós trataba de alcanzar la puerta, aullando. Los colores eran los de la medianoche, sepulcrales, negro azulados, pardos, negros, rojizos. Y entonces las figuras se movieron, desplazándose las sombras como amebas en una lupa, como el aceite sobre el agua. Los patrones a izquierda y derecha seguían concordando, moviéndose al unísono, hipnóticos y pesados, cada vez más rápidos. El rostro de Lublamai se arrugó. La espalda empezó a picarle de forma maníaca ante el mero pensamiento del ser que había tras él. Se giró para encararlo, para observar directamente los colores mutantes, aquel vivido despliegue del horror…
…y ya no pensó en gritar, sino en observar las marcas oscuras girando y bullendo en perfecta simetría sobre las alas, como las nubes en el cielo nocturno reflejadas en el agua.
Teparadós gañó y se giró para contemplar a la criatura que ya comenzaba a descender por las escaleras, con las alas aún desplegadas. Entonces los patrones de manchas lo capturaron y se quedó mirándolos, boquiabierto.
Los siniestros diseños de las alas mutaban seductores.
Lublamai y Teparadós estaban quietos y silenciosos, aturdidos, babeantes y temblorosos, admirando aquellos magníficos miembros. La criatura cató el aire.
Miró un instante al draco y abrió las fauces, pero se trataba de un bocado escaso. Giró la cabeza y se encaró con Lublamai, con las alas aún abiertas, hechizadoras. Gimió hambrienta, con un timbre inaudible que hizo que Sinceridad, ya enferma por el terror, chillara. El tejón se ocultó cuanto pudo a la sombra del constructo inmóvil, que descansaba contra la pared en una esquina de la nave, mientras las sombras incomprensibles se desplegaban ante sus lentes. El aire zumbaba con el sabor de Lublamai. La criatura salivó y las alas estallaron en un frenesí; el gusto del humano se hizo más y más fuerte, hasta que la lengua monstruosa de aquel espanto inenarrable emergió y se movió hacia delante, apartando sin esfuerzo a Teparadós de su camino. La criatura tomó a Lublamai en su famélico abrazo.
22
El ocaso sangró los canales y los ríos convergentes de Nueva Crobuzon, que discurrían espesos y sanguinolentos bajo su luz. Los turnos cambiaron y el día de labor terminó. Comitivas de fundidores agotados y otros trabajadores fabriles, secretarios, horneros y descargadores de coque abandonaban las factorías y oficinas en dirección a las estaciones. Los andenes estaban llenos de cansadas y vociferantes discusiones, de cigarrillos y alcohol. Las grúas de vapor en Arboleda trabajan de noche, arrancando sus exóticas mercancías a los barcos extranjeros. Desde el río y los grandes embarcaderos, sorprendentes estibadores vodyanoi insultaban a las dotaciones humanas de los muelles. El cielo sobre la ciudad estaba manchado de nubes. El aire era cálido y su olor alternaba entre lo exuberante y lo hediondo, como si los árboles frutales y los deshechos fabriles se coagularan en pastosas corrientes.
Teparadós salió disparado del almacén en la Vía del Remero como una bala de cañón. Perforó el cielo desde la ventana rota, dejando atrás un reguero de sangre y lágrimas, lloriqueando y moqueando como un bebé, volando en una tosca espiral hacia Pincod y el Parque Abrogate.
Los minutos se amontonaron unos detrás de otros, y una forma más oscura lo siguió a los cielos.
El intrincado neonato se deslizó por una ventana superior y se lanzó al crepúsculo. Sus movimientos en tierra eran precavidos, cada desplazamiento parecía experimental. En el aire renació. No había titubeos, solo gloria vivaz.