Las alas irregulares se juntaban y separaban con enormes, silenciosas ráfagas que desplazaban grandes bocanadas de aire. La criatura giró, batiendo lánguidamente, desplazándose por el firmamento con la torpeza caótica de la mariposa. A su paso dejaba corrientes de aire y sudor y otras exudaciones afísicas.
La criatura aún se estaba secando.
Estaba exaltada. Lamió el aire fresco.
La ciudad se ulceraba como el moho bajo ella. Un palimpsesto de impresiones sensoriales la envolvió por completo: sonidos y olores y luces que se filtraban en la mente oscura en una oleada sinestética, una percepción alienígena.
Nueva Crobuzon emanaba el rico aroma de la presa.
Se había alimentado, se había saciado, pero la superabundancia de comida la confundía, gloriosa, y babeaba y gruñía, apretando sus enormes dientes con frenesí.
Descendió. Las alas batieron y temblaron al caer sobre las lóbregas callejuelas. Su corazón de predador le advertía que debía evitar las grandes manchas de luz que se arracimaban irregulares por la ciudad y buscar los lugares más oscuros. Lamió el aire con la lengua y, al encontrar algo de alimento, descendió con caóticas acrobacias sobre la sombra de los ladrillos. Aterrizó como un ángel caído en un retorcido callejón sin salida, donde una prostituta y su cliente follaban contra la pared. Sus espasmos inconexos remitieron al sentir al ser a su lado.
Los gritos fueron breves. Cesaron de inmediato en cuanto la criatura extendió las alas.
Cayó sobre ellos con ansiosa avaricia.
Cuando hubo terminado voló de nuevo, embriagado por el sabor.
Planeó en busca del centro de la ciudad, girando, arrastrado lentamente hacia la enorme mole de la estación de Perdido. Se abrió camino hacia el oeste, hacia Corazón de Esputo y los barrios bajos, hacia la contradictoria mezcolanza de comercio y podredumbre que era el Cuervo. Tras él, horadando el aire como una trampa, se encontraba el oscuro edificio del Parlamento, así como las torres de la milicia en la Isla Strack y en la Ciénaga Brock. La criatura trazó su curso irregular sobre la senda del tren aéreo que conectaba aquellas torres más bajas con la Espiga, que se alzaba sobre el hombro occidental de la estación de Perdido.
El ser volador reparó en las cápsulas que recorrían los raíles. Flotó unos instantes, fascinado por el traqueteo de los trenes que se extendían desde la estación, aquella monstruosa enormidad arquitectónica.
Se sentía atraída por las vibraciones de un centenar de registros y llaves, pues las fuerzas, las emociones y los sueños se derramaban y amplificaban en las cámaras de ladrillo de la estación, hasta salir proyectados hacia el resto de la ciudad. Era un masivo e invisible rastro suculento.
Los primeros pájaros nocturnos se alejaban violentos de aquel ser extraño que batía sus alas hacia el corazón podrido de la ciudad. Los dracos en medio de sus recados veían su silueta incomprensible y cambiaban de dirección, profiriendo obscenidades y maldiciones.
Las grandes grúas y los zánganos zumbaban al avisarse los dirigibles unos a otros mediante bocinazos y se deslizaban lentamente entre la conurbación y el cielo, como gruesos lucios. La criatura aleteaba a su lado mientras los artefactos viraban, invisible para todos salvo para el ingeniero ocasional que no informaría de su descubrimiento, sino que trazaría un signo religioso y pediría protección a Solenton.
Atrapado por la corriente, por la marea de sensaciones procedente de la estación de Perdido, el ser volador se dejó atrapar y se alzó hasta encontrarse muy, muy por encima de la ciudad. Viró lentamente con un movimiento de las alas y se encaró con su nuevo destino.
Reparó en las sendas del río. Sentía la fuga de distintas energías desde las diversas zonas urbanas. Percibía la ciudad en un parpadeo de modos diferentes. Concentraciones de comida. Refugio.
La criatura buscaba otra cosa. A otros de su especie.
Era social. Tras nacer por segunda vez lo hizo con el ansia de la compañía. Desenrolló la lengua y saboreó el aire grasiento en busca de algo como él.
Tembló.
Leve, muy levemente, pudo sentir algo en el este. Podía saborear la frustración. Sus alas vibraron comprensivas.
Giró de nuevo y deshizo el camino por donde había venido. Esta vez se desplazaba un poco hacia el norte, pasando sobre los parques y los elegantes edificios de Gidd y Prado del Señor. Las enormidades fragmentadas de las Costillas se alzaban extraordinarias al sur, y el ser volador tuvo una sensación de malestar, una ansiedad al reparar en aquellos huesos amenazadores. El poder que resudaban no era de su agrado. Pero esa inquietud pugnó con la profunda simpatía codificada hacia los suyos, cuyo sabor se hizo más fuerte, mucho más fuerte, a la sombra del gran esqueleto.
Probó a descender. Se acercó tanteando, desde el norte y el este. Volaba bajo y rápido, por debajo de los raíles elevados que se extendían desde la torre de la milicia de la Colina Mog, hacia la de Chnum. Seguía a un tren de la línea Dexter que se dirigía al este, planeando bajo sus repugnantes termales. Después trazó un largo arco alrededor de la torre de la Colina Mog y sobre el extremo septentrional de la zona industrial de Ecomir. Descendió hacia el tren elevado del Barrio Oseo, apretando los dientes ante la influencia de las Costillas, pero arrastrado hacia el sabor de sus congéneres.
Volaba de un tejado a otro, colgando su lengua obscena mientras los rastreaba. A veces, las corrientes provocadas por sus alas hacían que un viandante alzara la cabeza, pues los sombreros y papeles volaban por las calles desiertas. Si veían la forma oscura que acechaba un instante sobre ellos antes de desaparecer, sentían un escalofrío y se apresuraban, o fruncían el ceño y negaban lo que habían visto.
El ser dejó que su lengua colgara mientras tanteaba con cuidado el aire. La usaba como hacía un perro de presa con su hocico. Pasó sobre el ondulado paisaje de tejados que parecía aplastado por las costillas y lamió aquel débil rastro.
Después cruzó el aura de un gran edificio bituminoso en una calle desierta, y su larga lengua se agitó como un látigo. Aceleró, ascendiendo y descendiendo en un elegante arco hacia el edificio embreado. Aterrizó en la esquina más alejada, de cuyo techo se filtraban las sensaciones de los suyos, rezumando como la salmuera en una esponja.
Se acomodó sobre la pizarra, flexionando sus miembros peculiares. Recibía sentimientos solícitos, y tuvo un instante de atónita confusión cuando su hermano cautivo reaccionó ante su presencia. Entonces, su nebulosa tristeza se inflamó apasionada: súplicas, y alegría, y demandas de libertad, y entre todo ello, frías y exactas instrucciones sobre cómo hacerlo.
La criatura se acercó al borde del tejado y descendió con un movimiento a medio camino entre el vuelo y la escalada, hasta quedar colgada del borde exterior de una ventana cegada, a catorce metros sobre el suelo. El cristal estaba pintado de negro. Vibraba de forma imperceptible en una dimensión mística, sacudido por las emanaciones del interior.
El ser sobre el alféizar tanteó un momento con los dedos, antes de arrancar el marco con un rápido movimiento dejando una fea herida allá donde había estado la ventana. Dejó caer el cristal con un estruendo catastrófico y entró en el oscuro ático.
El lugar era grande y pelado. A través de la estancia, cubierta de basura, percibió una glotona oleada de bienvenida y advertencia.
Al otro lado del recién llegado había cuatro de los suyos. Él quedaba empequeñecido por ellos, cuya magnífica economía de miembros le hacía parecer achatado, jorobado. Estaban encadenados a la pared con enormes bandas de metal alrededor del diafragma y de varios de sus apéndices. Todos tenían las alas completamente extendidas, apretadas contra la pared. Todas ellas eran tan únicas y aleatorias como las del recién llegado. Bajo cada uno de los cuartos traseros había un cubo.