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En las catacumbas bajo la Espiga, la inerte pareja era pinchada, abofeteada, gritada, insultada. Para las primeras luces del alba ya los había examinado un científico de la milicia, que había escrito su informe preliminar.

Las cabezas se rascaban perplejas.

El informe del científico, junto con la información condensada a partir de otros crímenes extraños o graves, fue enviado por toda la Espiga y se detuvo en la penúltima planta. Los documentos eran transportados a toda prisa por aquel retorcido pasillo sin ventanas, hacia los despachos de la secretaria de Interior. Llegaron a tiempo, a las nueve y media.

A las diez y doce, un tubo de comunicación comenzó a tronar perentorio en la cavernosa estación de cápsulas que ocupaba toda la planta en la coronación de la Espiga. El joven sargento de guardia estaba al otro lado de la cámara, arreglando una luz rota en el frente de una cápsula colgada, como otras muchas decenas, de un intrincado sistema de raíles suspendidos que se enlazaban y cruzaban bajo el alto techo. Aquellos rieles entreverados permitían que las cápsulas se movieran entre ellas, sitúan y se sitúa vahándose en una de las siete líneas radiales que surgían de las enormes aberturas distribuidas por toda la fachada exterior. Las vías se abrían al rostro colosal de Nueva Crobuzon.

Desde donde se encontraba, el sargento alcanzaba a divisar las vías aéreas entrar en la torre de la milicia en Sheck, a un kilómetro y medio hacia el suroeste, y emerger más allá. Vio cómo una cápsula abandonaba aquella torre, dejando su caótico estacionamiento casi a la altura de sus ojos, para dirigirse hacia el Alquitrán, que discurría sinuoso y poco fiable hacia el sur.

Alzó la mirada al seguir sonando el tubo y, al darse cuenta de cuál demandaba atención, maldijo y recorrió a toda prisa la cámara, su chaqueta ondeando al viento. Aun en verano hacía frío a aquella altura sobre la ciudad, sobre todo en una estancia abierta que funcionaba como un ventilador gigante. Extrajo la clavija del tubo de comunicación y habló dentro del bronce.

— ¿Sí, secretaria de Interior?

La voz que emergió era débil y distorsionada por su viaje a través del metal retorcido.

—Prepare mi cápsula de inmediato. Voy a la Isla Strack.

Las puertas de la Sala Lemquist, el despacho del alcalde en el Parlamento, eran enormes y estaban festoneadas con hierro viejo. Había dos soldados estacionados en el exterior en todo momento, pero se le negaba una de las capacidades habituales de tener un puesto en los corredores del poder: ningún rumor, ningún secreto, ningún sonido de ninguna clase llegaba a sus oídos desde detrás de las inmensas hojas.

Tras la entrada forrada de metal, la sala en sí era de una altura exagerada, panelada con madera oscura de una calidad tan exquisita que prácticamente era negra. Los retratos de los anteriores alcaldes rodeaban el lugar, desde el techo de diez metros de altura, descendiendo en espiral hasta llegar a dos metros del suelo. También había una gran ventana que daba directamente a la estación de Perdido y a la Espiga. Una variedad de tubos de comunicación, máquinas de cálculo y periscopios telescópicos aguardaba en sus nichos por toda la estancia, en posturas oscuras y extrañamente amenazadoras.

Bentham Rudgutter se sentaba detrás de su escritorio con un aire de mando absoluto. Nadie que lo hubiera visto en aquella estancia había podido negar la extraordinaria sensación de poder total que exudaba. Allí era el centro de gravedad. Él lo sabía en un nivel muy profundo, y así lo hacían sus invitados. Su gran altura y su corpulencia musculosa se sumaban, sin duda, a aquel efecto, pero se trataba de algo que iba mucho más allá de su presencia.

Frente a él se sentaba Montjohn Rescue, su visir, envuelto como siempre en una gruesa bufanda e inclinado para señalar algo en el papel que ambos hombres estudiaban.

—Dos días —decía Rescue con una estaña voz carente de modulación, bastante distinta a la que empleaba en la oratoria.

— ¿Dos días qué? —respondió Rudgutter atusando su inmaculada perilla.

—La huelga está aumentando. Como sabe, de momento está retrasando la carga y descarga entre un cincuenta y un setenta por ciento, pero tenemos informaciones de que en dos días los huelguistas vodyanoi pretenden paralizar el río. Van a trabajar toda la noche, comenzando por el fondo, y subiendo poco a poco. Al este del Puente de la Cebada, con un enorme ejercicio de acuartesanía. Van a excavar una trinchera de aire en medio del río que alcance toda su profundidad. Tendrán que desviarla constantemente, reformando las paredes para que no se colapsen, pero disponen de miembros suficientes para trabajar por turnos. No hay barco que pueda superar ese corte, alcalde. Van a aislar por completo a Nueva Crobuzon del comercio fluvial, en ambos sentidos.

Rudgutter caviló y apretó los labios.

—No podemos permitirlo —señaló razonable—. ¿Qué hay de los estibadores humanos?

—Mi segundo punto, señor alcalde —prosiguió Rescue—. Preocupante. La hostilidad inicial parece remitir. Hay una creciente minoría que parece estar dispuesta a unirse a los vodyanoi.

—Oh, no no no no —replicó Rudgutter, sacudiendo la cabeza como un maestro que corrigiera al estudiante normalmente fiable.

— Sí. Es evidente que nuestros agentes son más fuertes en el campo humano que en el xeniano, y la mayoría sigue en contra de la huelga o es neutral, pero parece haber un germen, una conspiración, si lo prefiere… reuniones secretas con los huelguistas, cosas así.

Rudgutter extendió sus enormes dedos y consultó de cerca el grano del escritorio entre ellos.

— ¿Tienes ahí a alguno de los tuyos? —preguntó con voz queda. Rescue se llevó la mano a la bufanda.

—Uno con los humanos —respondió—. Es difícil permanecer oculto entre los vodyanoi, que normalmente no visten ropas en el agua. —Rudgutter asintió.

Los dos hombres quedaron en silencio, evaluando la situación.

—Lo hemos intentado desde el interior —dijo al fin Rudgutter—. Esta es, con mucho, la huelga más grave que ha amenazado a la ciudad desde hace… desde hace un siglo. Por mucho que lo deteste, parece que vamos a tener que dar ejemplo… —Rescue asintió solemne.

Uno de los tubos de comunicación en la mesa del alcalde sonó. Enarcó las cejas y sacó la clavija.

— ¿Davinia? —respondió. Su voz era una obra maestra de insinuación. Con una palabra le había dicho a su secretaria que le sorprendía que le hubiera interrumpido, en contra de sus instrucciones, pero que su confianza en ella era muy grande, por lo que estaba seguro de que tenía una excelente razón para desobedecerle, para contárselo de inmediato.

La hueca y reverberante voz del tubo emitió breves sonidos.

— ¡Bien! —exclamó suavemente el alcalde—. Por supuesto, por supuesto. —Volvió a meter la clavija y miró a Rescue—. Qué oportuna. Es la secretaria de Interior.

Las enormes puertas se abrieron un poco, dando paso a la secretaria, que asintió a modo de saludo.

—Eliza —dijo Rudgutter—. Por favor, únase a nosotros. —Gesticuló hacia una silla junto a la de Rescue.

Eliza Stem-Fulcher se acercó al escritorio. Era imposible adivinar su edad. Su rostro carecía de arruga alguna, y los rasgos fuertes sugerían que probablemente se encontrara a mitad de la treintena. El cabello, no obstante, era blanco, con las más leves hebras oscuras para sugerir que alguna vez habría sido de otro color. Vestía traje y pantalón de calle, de corte inteligente y un color que sugería el de los uniformes de la milicia. Fumaba calmada de una larga pipa de arcilla blanca, cuya copa se encontraba a casi medio metro de la boca. El tabaco era especiado.