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—Alcalde. Ministro. —Se sentó y sacó una carpeta de debajo del brazo—. Discúlpeme por presentarme sin previo aviso, Alcalde Rudgutter, pero pensé que debía ver esto de inmediato. Usted también, Rescue. Me alegro de que esté aquí. Parece que tenemos una… una crisis entre las manos.

—Eso mismo estábamos diciendo nosotros, Eliza —dijo el alcalde—. ¿Hablamos de la huelga en los muelles?

Stem-Fulcher lo miró mientras sacaba algunos papeles de la carpeta.

—No, señor alcalde. Algo totalmente distinto. —Su voz era resonante, dura.

Arrojó un informe policial sobre la mesa. Rudgutter lo situó entre él y Rescue, y ambos giraron la cabeza para leerlo juntos. Tras unos minutos, el alcalde alzó la mirada.

—Dos personas en una especie de coma. Extrañas circunstancias. Supongo que habrá algo más que esto.

Stem-Fulcher le entregó otro informe, que de nuevo leyeron juntos los dos hombres. Esta vez la reacción fue casi inmediata. Rescue lanzó un siseo y se mordió el interior del carrillo, masticando concentrado. Casi al mismo tiempo, Rudgutter lanzó un pequeño suspiro de comprensión, una trémula exhalación.

La secretaria del Interior los miraba impasible.

—Evidentemente, nuestro topo en los despachos de Motley no sabe lo que está sucediendo. Está totalmente confundida, pero los retazos de conversación que ha anotado… ¿Ven esto, «Las policías se han escapado»? Creo que todos estamos de acuerdo en que no lo entendió buen, y creo que todos sabemos qué se decía en realidad.

Rudgutter y Rescue releyeron el informe sin mediar palabra.

—He traído el informe científico que encargamos al comienzo del proyecto PA, el estudio de viabilidad. —Stem-Fulcher hablaba rápido, sin emoción. Dejó caer el documento sobre la mesa—. Llamo su atención sobre algunas frases especialmente relevantes.

Rudgutter abrió el informe encuadernado. Algunas palabras y sentencias estaban enmarcadas en un círculo rojo. El alcalde las revisó rápidamente:…peligro extremo…en caso de huida…no son predadores naturales…

…totalmente catastrófico…

…criar…

24

El alcalde Rudgutter estiró el brazo y volvió a abrir el tubo de comunicación.

—Davinia —dijo—. Cancele todas las citas y reuniones de hoy… no, de los dos próximos días. Discúlpese donde sea necesario. No quiero interrupciones a no ser que la estación de Perdido explote u ocurra algo por el estilo. ¿Comprendido?

Devolvió la clavija a su sitio y perforó a Stem-Fulcher y a Rescue con la mirada.

— ¿A qué coño, a qué mierda, en el nombre de Jabber, a qué hostias estaba jugando Motley? Se suponía que ese hombre era un profesional…

Stem-Fulcher asintió.

—Esto apareció mientras arreglábamos la transferencia —dijo—. Comprobamos su informe de actividades, gran parte de él contra nosotros, todo hay que decirlo, y lo consideramos al menos tan capaz como nosotros mismos de garantizar la seguridad. No es ningún estúpido.

— ¿Sabemos quién ha hecho esto? —preguntó Rescue. Stem-Fulcher se encogió de hombros.

—Podría ser un rival. Francine, o Judix, o cualquier otro. Si es así, han mordido muchísimo más de lo que podrán masticar…

—A ver —Rudgutter la interrumpió con tono exigente. Stem-Fulcher y Rescue se volvieron hacia él y aguardaron. El alcalde apretó los puños, apoyó los codos sobre la mesa y cerró los ojos, concentrándose con tal intensidad que su rostro parecía a punto de reventar.

—A ver —respiró, abriendo los ojos—. Lo primero es verificar que nos enfrentamos a la situación a la que creemos que nos enfrentamos. Podría parecer obvio, pero tenemos que estar seguros al cien por cien. Lo segundo es dar con una estrategia para contener la situación de forma rápida y discreta. Respecto al segundo objetivo, todos sabemos que no podemos depender de milicia humana o de los rehechos… ni de los xenianos, ya que estamos. Son del mismo tipo psíquico. Todos somos comida. Estoy convencido de que todos recordamos nuestras pruebas iniciales de ataque y defensa… —Rescue y Stem-Fulcher asintieron con rapidez. Rudgutter prosiguió—. Muy bien. Los zombis podrían ser una posibilidad, pero esto no es Cromlech: carecemos de las instalaciones para crearlos en la cantidad y la calidad necesarias. Bien. Parece que no es posible alcanzar de forma satisfactoria el primer objetivo si dependemos de nuestras operaciones de inteligencia regulares. Necesitamos acceso a distintas informaciones. Por tanto, por dos motivos, tenemos que procurarnos la ayuda de agentes capaces de tratar con la situación; es vital que dispongamos de distintos modelos psíquicos. Ahora mismo se me ocurre que hay dos posibles agentes de esa clase, y creo que no tenemos más opción que hablar con al menos uno de ellos.

Quedó en silencio, recorriendo a Stem-Fulcher y a Rescue con la mirada, lentamente. Esperó una disensión que no llegó a producirse.

— ¿Estamos de acuerdo? —preguntó en voz baja.

—Hablamos del embajador, ¿no? —preguntó Stem-Fulcher—. ¿Y quién más? ¿No se referirá a la Tejedora? —Sus ojos reflejaban desmayo.

—Bueno, con suerte no tendremos que llegar a ello —respondió Rudgutter tranquilizador—. Pero sí, esos dos son los dos… eh… los dos agentes que se me ocurren. En ese orden.

—De acuerdo —respondió Stem-Fulcher al instante—. Mientras sea en ese orden. La Tejedora… jjabber! Hablemos del embajador.

— ¿Montjohn? —Rudgutter se volvió hacia su subsecretario.

Rescue asintió lentamente, tocándose la bufanda.

—El embajador —terminó diciendo—. Y espero que eso sea cuanto necesitemos.

—Como todos nosotros, ministro —replicó Rudgutter—. Como todos nosotros.

Entre las plantas once y catorce del Ala Mandragora de la estación de Perdido, sobre uno de los vestíbulos comerciales menos populares, especializado en extraños tejidos y estampados extranjeros, bajo una serie de largas torretas desiertas, se encontraba la Zona Diplomática.

Muchas de las embajadas en Nueva Crobuzon estaban en otra parte, por supuesto: en edificios barrocos de la Letrina, o en Gidd Este, o en la Colina de la Bandera. Pero en la estación había algunas, las suficientes como para dar nombre a aquellas plantas y permitirles conservarlo.

El Ala Mandragora era una fortaleza prácticamente contenida en sí misma. Sus corredores describían un enorme rectángulo de hormigón alrededor de un espacio central, al fondo del cual había un jardín sin cuidar, cubierto por árboles de madera oscura y exóticas flores del bosque. Los niños recorrían las veredas y jugaban en aquel parque recluido, mientras sus padres compraban, viajaban o trabajaban. Las paredes se alzaban enormes a su alrededor, haciendo que el bosquecillo pareciese el liquen en el fondo de un pozo.

Desde los pasillos de las plantas superiores brotaban grupos de habitaciones interconectadas. Muchas habían sido despachos ministeriales en algún momento. Durante un breve periodo fueron el cuartel general de una u otra pequeña compañía. Después habían quedado vacantes muchos años, hasta que se limpió el moho y el polvo y llegaron los embajadores. Aquello había sucedido hacía poco más de dos siglos: una comprensión comunitaria había barrido a los varios gobiernos de Rohagi, que comprendieron que desde aquel momento la diplomacia era, con mucho, preferible a la guerra.

Había habido embajadas en Nueva Crobuzon desde hacía mucho más tiempo, pero, después de que la carnicería de Suroch pusiera fin a lo que se llamó las Guerras Pirata, o la Guerra Lenta, o la Falsa Guerra, el número de países y ciudades estado que buscaban soluciones negociadas a las disputas se había multiplicado. Habían llegado emisarios de todo el continente, y de más allá. Las plantas desiertas del Ala Mandragora se habían visto invadidas por los recién llegados, y por los antiguos consulados que se mudaban para aprovechar el nuevo influjo de negocios diplomáticos.