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Incluso para usar los ascensores o las escaleras de las plantas de la Zona había que superar toda una gama de controles de seguridad. Los pasillos eran fríos y silenciosos, rotos por alguna puerta y mal iluminados por lámparas de gas de funcionamiento intermitente. Rudgutter, Rescue y Stem-Fulcher caminaban por los corredores desiertos de la duodécima planta. Les acompañaba un hombre bajo y fuerte con gafas gruesas que andaba un poco detrás, portando a duras penas una gran maleta.

—Eliza, Montjohn —dijo el alcalde mientras caminaban—, este es el Hermano Sanchem Vansetty, uno de nuestros karcistas más capaces. —Rescue y Stem-Fulcher lo saludaron con un asentimiento de cabeza. Vansetty los ignoró.

No todas las habitaciones de la Zona Diplomática estaban ocupadas, pero algunas de las puertas mostraban placas de bronce que las proclamaban territorio soberano de uno u otro país (Tesh, o Khadoh, o Gharcheltist), y tras las cuales se abrían enormes suites que se extendían varios pisos: casas completas dentro de la torre. Algunos de los despachos estaban a miles de kilómetros de sus capitales. Otros se encontraban vacíos. Por la tradición de Tesh, por ejemplo, el embajador vivía como un vagabundo en Nueva Crobuzon y se comunicaba por correo para atender los asuntos oficiales. Rudgutter no había llegado a conocerlo. Otras embajadas estaban vacías debido a la falta de fondos o de interés.

Pero gran parte de los negocios que allí se llevaban a cabo eran de una inmensa importancia. Las suites que contenían las embajadas de Myrshock y Vadaunk habían sido ampliadas hacía algunos años, debido a la expansión del papeleo y del espacio de oficinas que requerían las relaciones comerciales. Las salas adicionales brotaban como feos tumores de la fachada interior de la planta once y sobresalían precarias sobre el jardín.

El alcalde y sus acompañantes pasaron junto a una puerta marcada como Mancomunidad Jaiba de Salkrikaltor. El pasillo se sacudía por el golpeteo y la vibración de una enorme maquinaria oculta. Aquellas eran las gigantescas bombas de vapor que trabajaban varias horas al día, absorbiendo piélago fresco de la Bahía de Hierro, a veinticuatro kilómetros, para el embajador jaiba y bombeaban después el agua sucia y usada al río.

El pasillo era confuso, pues parecía ser demasiado largo visto desde un ángulo, y corto desde el otro. Aquí y allí se separaban cortos afluentes que llevaban a otras embajadas menores, o a archivadores, o a ventanas cegadas. Al final del corredor principal, más allá de la embajada de los cangrejos, Rudgutter se dirigió por uno de aquellos pasillos menores. Se extendía un breve trecho, retorciéndose y viendo cómo su techo descendía de forma abrupta al cruzarse unas escaleras en su camino. Terminaba en una pequeña puerta sin marcar.

Rudgutter miró por encima del hombro, asegurándose de que sus acompañantes y él no eran vistos. Solo se divisaba una pequeña parte del pasillo, y estaban solos.

Vansetty sacaba tiza y colores pastel diversos de sus bolsillos. De uno extrajo lo que parecía un reloj y lo abrió. Estaba dividido en innumerables y complejas secciones. Tenía siete manecillas de distintas longitudes.

—Hay que tener en cuenta las variables, alcalde —murmuró, estudiando el complejo funcionamiento del artefacto. Parecía hablar más para él que para Rudgutter o cualquier otro—. El pronóstico para hoy es bastante asqueroso… Un frente de alta presión entra en el éter. Podría llevar las tormentas de energía a cualquier sitio, desde el abismo hasta el nulespacio. En la frontera, tres cuartos de lo mismo. Hmmm… —Vansetty realizó algunos cálculos en las pastas de un cuaderno—. Bien —saltó, mirando a los tres políticos.

Comenzó a realizar complejas y delicadas marcas en las gruesas hojas de papel, que arrancaba al terminar y se las entregaba a Stem-Fulcher, Rudgutter y Rescue. Por último, preparó una para él.

—Apretadas contra el corazón —dijo con rapidez, pegando la suya a la camisa—. Con los símbolos hacia fuera.

Abrió la ajada maleta y extrajo un juego de voluminosos diodos de cerámica. Se situó en el centro del grupo y le entregó uno a cada uno de sus compañeros.

—Mano izquierda, y sin soltarlos. —Después los rodeó con un hilo de cobre bien tenso que conectó a un motor mecánico de mano que sacó de la maleta. Tomó lecturas con su peculiar indicador, y ajustó los diales y nódulos del motor—. Muy bien. Agárrense todos —dijo, activando el interruptor que liberaba el motor mecánico.

Pequeños arcos de energía cobraron existencia multicolor entre los cables y los gruesos diodos. Los cuatro se vieron rodeados por un pequeño triángulo de corriente. Todo su vello parecía de punta. Rudgutter soltó una maldición.

—Tenemos una media hora antes de que se agote —dijo rápidamente Vansetty—. Sean rápidos, ¿de acuerdo?

Rudgutter extendió la mano derecha y abrió la puerta. Los cuatro se desplazaron hacia delante, manteniendo su posición relativa respecto a los demás, conservando el triángulo. Stem-Fulcher cerró la puerta tras ellos.

Estaban en una habitación totalmente a oscuras. Solo podían ver gracias al débil fulgor ambiente de las líneas energéticas, hasta que Vansett y colgó el motor mecánico de su cuello con una correa y encendió una vela. Con aquella luz inadecuada vieron que la habitación podía medir cuatro metros por tres; estaba cubierta de polvo y totalmente vacía, a excepción de un viejo escritorio y una silla junto una pared, así como el suave zumbar de una caldera cerca de la puerta. No había ventanas, ni estanterías, nada en absoluto. El aire olía a cerrado.

Vansetty extrajo de su bolsa una inusual máquina de mano. Sus manojos de alambre y metal, sus nudos de cristal multicolor eran intrincados y de hermosa factura. Su utilidad, opaca. Se inclinó un instante fuera del círculo y conectó una válvula de entrada a la caldera junto a la puerta. Activó una palanca en la parte superior de la máquina, que comenzó a zumbar y a emitir luces parpadeantes.

—Por supuesto, en sus tiempos, antes de que yo llegara a la profesión, había que emplear ofrendas vivas —explicó mientras desenroscaba una bobina de cable de un lateral de la máquina—. Pero no somos salvajes, ¿no es cierto? La ciencia es algo maravilloso. Esta pequeña belleza —dijo dando unas palmadas orgullosas al cachivache— es un amplificador. Aumenta la salida de ese motor en un factor de doscientos, doscientos y diez, y lo transforma en energía etérica. Envía eso a los cables, así… —Vansetty lanzó el cable desenrollado al otro extremo de la pequeña estancia, detrás de la mesa— ¡y ahí vamos! ¡Sacrificio sin víctimas! — Sonrió triunfal antes de volver su atención hacia los diales y potenciómetros del pequeño motor y comenzar a girarlos y manipularlos con intensa atención—. Y tampoco hay que seguir aprendiendo idiomas estúpidos —musitó—. Invocaciones automáticas a la carta. En realidad no vamos a ningún sitio, ¿entienden? —De repente alzó la voz—. No somos abismonautas, y no jugamos siquiera con la potencia necesaria para realizar un verdadero salto transplantrópico. Lo único que hacemos es mirar por un ventanuco, dejando que los infernales vengan a nosotros. Pero la dimensionalidad de este cuarto va a ser un pelín inestable durante un tiempo, de modo que permanezcan en la zona de protección y no jodan. ¿De acuerdo?

Los dedos de Vansetty volaban sobre la caja. Durante dos o tres minutos no sucedió nada. No había más que el calor y el repique de la caldera, el martilleo y el zumbido de la pequeña máquina en manos del hombre. Por debajo de todo ello, el pie de Rudgutter tamborileaba impaciente.