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Y entonces la pequeña habitación comenzó a calentarse de modo perceptible.

Se produjo un temblor profundo, subsónico, una insinuación de luz rojiza y humo oleaginoso. Los sonidos se apagaron antes de acentuarse de repente.

Durante un instante se produjo una mareante sensación de tirón, y un fulgor rojizo cubrió cada superficie y se desplazó constantemente como si de agua sanguinolenta se tratara.

Algo aleteó. Rudgutter alzó la mirada, tratando de penetrar el aire que parecía, de repente, espeso y muy seco.

Un hombre pesado con un inmaculado traje oscuro había aparecido detrás de la mesa.

Se inclinó hacia delante lentamente, descansando los codos sobre los papeles que de repente cubrían el escritorio. Aguardó.

Vansetty miró por encima del hombro de Rescue y levantó el pulgar a modo de triunfo.

—Su Excelencia Infernal —declaró—, el embajador del Infierno.

—Alcalde Rudgutter —dijo el demonio con una agradable voz grave—. Cuánto me alegro de verle de nuevo. Solo estaba rellenando algo de papeleo. —Los humanos lo miraron con un destello de inquietud.

El embajador tenía un eco: medio segundo después de hablar, sus palabras eran repetidas por el terrible alarido de una tortura. Las palabras aulladas no tenían mucho volumen. Eran audibles más allá de las paredes de la estancia, como si hubieran recorrido kilómetros de calor sobrenatural desde alguna trinchera en el suelo del Infierno.

— ¿Qué puedo hacer por usted? —prosiguió (¿Qué puede hacer por usted?, llegó el impío aullido de desdicha) —. ¿Sigue intentado descubrir si se unirá a nosotros tras su muerte? —El embajador esbozó una leve sonrisa.

Rudgutter le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.

— Ya sabe mi opinión al respecto, embajador —replicó con tono neutro—. Me temo que no me arrastrarán. No puede provocarme miedo existencial, ya lo sabe. —Lanzó una educada risita, a la que respondió el embajador. Lo mismo hizo el horrísono eco—. Mi alma, si existe, es mía. No puede ni castigarla ni codiciarla. El universo es un lugar mucho más caprichoso… Ya se lo he preguntado alguna vez: ¿qué supone usted que le sucede a los demonios cuando ellos mueren? Y los dos sabemos que eso es posible…

El embajador inclinó la cabeza en educada concesión.

—Es un modernista, alcalde Rudgutter —dijo—. No discutiré con usted. Por favor, recuerde que mi oferta sigue en pie.

Rudgutter agitó las manos impaciente. Estaba sosegado. No le afectaban los gritos patéticos que perseguían a las palabras del embajador, y no se permitió experimentar inquietud cuando, al mirar al embajador, la forma del hombre parpadeó una fracción de segundo para ser reemplazada por… algo más.

Ya había experimentado aquello antes. Siempre que Rudgutter parpadeaba, durante el momento más infinitesimal, veía la estancia y a su ocupante de un modo muy distinto. A través de sus párpados podía percibir el interior de una jaula de listones: barrotes de hierro moviéndose como serpientes, arcos de fuerzas impensables, un mareante y desgarrador torrente de calor. Allá donde el embajador se sentaba, captaba destellos de una forma monstruosa. Una cabeza de hiena lo perforaba con la mirada, con la lengua desenroscada. Pechos con colmillos purulentos. Pezuñas y garras.

El aire muerto de la habitación no le permitía mantener los ojos abiertos. Tenía que parpadear, aunque ignoraba las breves visiones. Trataba al embajador con cauteloso respeto, y el demonio le correspondía con la misma actitud.

—Embajador, estoy aquí por dos motivos. Uno es extender a su señor, su Diabólica Majestad, Zar del Infierno, los respetuosos saludos de los ciudadanos de Nueva Crobuzon. En su ignorancia. —El embajador asintió elegante a modo de respuesta—. El otro es solicitar su consejo.

—Siempre es un gran placer ayudar a nuestros vecinos, alcalde Rudgutter. Especialmente a aquellos como usted, con los que Su Majestad mantiene tan buenas relaciones. —El embajador se rascó el mentón con aire ausente, aguardando.

—Veinte minutos, alcalde —susurró Vansetty al oído de Rudgutter.

Este apretó las manos como si estuviera rezando y miró pensativo al embajador. Sintió pequeñas ráfagas de fuerza.

—Mire, embajador, tenemos un problema. Tenemos motivos para pensar que ha habido… una fuga, digámoslo así. Algo que tratamos de capturar de nuevo por todos los medios. Si fuera posible, nos gustaría solicitar su ayuda.

— ¿De qué estamos hablando, alcalde Rudgutter? ¿Respuestas auténticas? —preguntó el embajador—. ¿Las condiciones habituales?

—Respuestas auténticas… y quizá más. Ya veremos.

— ¿Pago ahora, o más tarde?

—Embajador —respondió educado Rudgutter—. Su memoria ha sufrido un desliz. Tengo un crédito de dos preguntas.

El embajador lo contempló unos instantes antes de responder riendo.

—Así es, alcalde Rudgutter. Mis más sinceras disculpas. Proceda.

— ¿Se aplica en este momento alguna regla inusual, embajador? —puntualizó Rudgutter. El demonio negó con la cabeza (una gran lengua de hiena se relamió rápidamente de un lado a otro) y sonrió.

—Estamos en Melero, alcalde Rudgutter—se limitó a explicar—. Las reglas habituales de Melero, pues. Siete palabras, invertidas.

Rudgutter asintió y se enderezó, concentrándose con cuidado. No puedo equivocarme con las malditas palabras. Maldito juego infantil de mierda, pensó rápidamente. Después habló con tono neutro y firme, mirando calmado a los ojos del embajador.

— ¿Fugitivo del identidad la a respecto acertamos?

— Sí —replicó al instante el demonio.

Rudgutter se volvió un momento, mirando preocupado a Stem-Fulcher y a Rescue. Ambos asentían con expresión sombría y firme.

El alcalde volvió a encararse con el embajador demoníaco. Los dos se miraron unos momentos sin hablar.

—Quince minutos —siseó Vansetty.

—Algunos de mis más… rancios colegas me mirarían mal por permitirle contar «del» como una única palabra, ¿sabe? —dijo el embajador—. Pero yo soy bastante liberal —sonrió—. ¿Quiere hacerme la última pregunta?

—Creo que no, embajador. La reservaré para otra ocasión. Tengo una propuesta.

—Usted dirá, alcalde Rudgutter.

—Bien, ya sabe la clase de ser que ha escapado, y comprenderá nuestra preocupación por remediar la situación lo más rápidamente posible. —El embajador asintió—. También comprenderá que nos será difícil proceder, y que el tiempo es esencial. Le propongo que nos deje contratar algunas de sus… um… tropas, para ayudarnos a dar con los fugados.

—No —se limitó a responder el embajador. Rudgutter parpadeó.

—Ni siquiera hemos discutido las condiciones, embajador. Le aseguro que puedo realizar una generosa oferta…

—Me temo que está fuera de toda discusión. No hay nadie de los míos disponible —el embajador miraba impasible a Rudgutter.

El alcalde pensó unos instantes. Si el demonio estaba negociando, lo hacía de un modo inédito hasta ahora. Rudgutter bajó las defensas y cerró los ojos para pensar, abriéndolos de inmediato en cuanto percibió el monstruoso paisaje y vislumbró la segunda forma del embajador. Lo intentó de nuevo.

—Podría llegar incluso a… digamos…

—No lo entiende, alcalde Rudgutter —replicó el demonio. Su voz era impávida pero parecía agitada—. No importan las unidades de mercancía que pueda ofrecernos, ni su condición. No estamos disponibles para este trabajo. No es indicado.

Se produjo un largo silencio. Rudgutter escrutó incrédulo al demonio que tenía enfrente. Empezaba a comprender lo que sucedía. Bajo los rayos de luz sangrienta, vio al embajador abrir un cajón y extraer unos papeles.