— Si ha terminado, alcalde Rudgutter —siguió con suavidad—, tengo trabajo que hacer.
Rudgutter aguardó a que la despiadada y tétrica resonancia del que hacer que hacer que hacer remitiera en el exterior. El eco le revolvía el estómago.
—Oh, sí, sí, embajador —dijo—. Lamento haberle tenido ocupado. Espero que volvamos a hablar pronto.
El embajador agachó la cabeza en educada despedida y sacó una pluma del bolsillo interior y comenzó a escribir en los papeles. Detrás de Rudgutter, Vansetty giraba potenciómetros y apretaba varios botones, ante lo que el suelo de madera comenzó a temblar, como sacudido por un etermoto. Un zumbido aumentó su intensidad alrededor de los humanos apiñados, que se bamboleaban en su pequeño campo de energía. El aire malsano vibró arriba y abajo y recorrió sus cuerpos.
El embajador pandeó, se dividió y desapareció en un instante, como un heliotipo en el fuego. La pálida luz carmesí formó burbujas antes de evaporarse, como si se filtrara por un millar de grietas en las polvorientas paredes del despacho. La oscuridad de la sala se cerró sobre ellos como una trampa. La diminuta vela de Vansetty parpadeó y se apagó. Tras comprobar que no eran observados, Vansetty, Rudgutter, Stem-Fulcher y Rescue abandonaron el lugar. El aire era deliciosamente frío. Pasaron un minuto limpiándose el sudor de la cara y arreglando sus ropas, sacudidas por los vientos de otros planos.
Rudgutter sacudía la cabeza con asombrado arrepentimiento.
Sus ministros se compusieron y se volvieron hacia él.
— Me he reunido con el embajador quizá una docena de veces en los últimos diez años —les dijo—, y nunca lo había visto comportarse así. ¡Maldito sea ese aire! —añadió, frotándose los ojos.
Los cuatro deshicieron el camino por el pequeño pasillo, tomaron el corredor principal y volvieron sobre sus pasos, en dirección al ascensor.
— ¿Comportarse cómo? —preguntó Stem-Fulcher—. Solo lo había visto antes una vez. No estoy acostumbrada.
Rudgutter farfulló mientras andaba, tirándose pensativo del labio inferior y la barba. Sus ojos parecían inyectados en sangre. Tardó unos segundos en responder a Stem-Fulcher.
—Hay dos cosas: una demonológica, la otra práctica e inmediata. —Hablaba con un tono tenso, exigiendo la atención de sus ministros. Vansetty caminaba muy rápido delante de ellos, terminado su trabajo—. La primera podría darnos una cierta comprensión de la psique Infernal, de su comportamiento, lo que sea. Los dos oísteis el eco, ¿no es así? Durante un tiempo pensé que lo hacía para intimidarme. Bien, pues tened en cuenta la enorme distancia que ese sonido tuvo que recorrer. Sé —dijo rápidamente, levantando las manos— que no podemos hablar de sonido literal, de distancia literal, pero son análogos extraplanares, y casi todas las reglas análogas se mantienen de una forma más o menos mutada. De modo que tened en cuenta lo mucho que tuvo que viajar desde la base del Pozo hasta esa cámara. El hecho es que se tarda un poco en llegar hasta allí… En realidad, creo que ese «eco» se pronunció primero. Las… elocuentes palabras que escuchamos de boca del embajador… aquellos eran los verdaderos ecos. Aquellos eran los reflejos retorcidos.
Stem-Fulcher y Rescue guardaron silencio. Pensaron en los gritos, en el tono torturado y maníaco que habían oído en el exterior, el farfullo ruinoso e idiota que parecía ser una burla del diabólico refinamiento del embajador.
Pensaron en que aquella podía ser la voz genuina.
—Me pregunto si nos equivocamos al pensar en que ellos tienen un modelo psíquico diferente. Puede que sean comprensibles. Puede que piensen como nosotros. Y lo segundo, teniendo en cuenta esa posibilidad, y recordando lo que el «eco» podría contarnos acerca del estado mental demoníaco, es que al final, mientras yo intentaba llegar a un trato, el embajador estaba asustado… Por eso no podía acudir en nuestro auxilio. Por eso dependemos de nosotros mismos. Porque los demonios tienen miedo de aquello que perseguimos.
Rudgutter se detuvo y se volvió hacia sus ayudantes. Los tres se miraron. Stem-Fulcher torció su gesto durante un segundo, antes de recuperar la compostura. Rescue era impasible como una estatua, pero no dejaba de tirar de su bufanda. Rudgutter asentía pensativo.
Se produjo un minuto de silencio.
—Por tanto… —dijo, apretándose las manos—, que sea la Tejedora.
25
Aquella misma noche, en las tétricas horas de oscuridad después de que una breve llovizna cubriera la ciudad de agua sucia, la puerta del almacén de Isaac se abrió. La calle estaba vacía. Eran minutos de calma. Los pájaros nocturnos y los murciélagos eran los únicos que se movían. La luz de gas parpadeaba trémula.
El constructo rodó a trompicones y salió a la noche. Sus válvulas y pistones estaban envueltos en retales y jirones de manta, lo que acallaba el sonido distintivo de su paso. Se movía a gran velocidad, girando inexacto con toda la premura que le permitían sus cadenas avejentadas.
Discurrió por las calles, pasando junto a borrachos dormidos, inconscientes por el alcohol. Las cetrinas lámparas de gas se reflejaban misteriosas en su abollada piel metálica.
El constructo se abría camino rápido, precario, bajo los raíles. Los cirros inconstantes ocultaban las naves aéreas al acecho, mientras la máquina se dirigía hacia abajo, siguiendo la línea del Alquitrán, que adoptaba la intrincada forma de un látigo sobre las atemporales rocas bajo la ciudad.
Y horas después de que desapareciera por encima del Puente Diáfano al sur de la ciudad, cuando el cielo oscuro comenzaba a mancharse de amanecer, el constructo volvió a duras penas a la Ciénaga Brock. Su oportunismo fue fortuito, pues regresó a la nave y cerró la puerta muy poco antes de que Isaac volviera de su frenética carrera nocturna en busca de David, Lin, Yagharek y Lemuel Pigeon, cualquiera que pudiera ayudarlo.
Lublamai estaba tendido en un sofá que Isaac había fabricado a partir de un par de sillas. Cuando entró en el almacén se dirigió directamente hacia su amigo paralizado, susurrándole sin esperanza; mas no había cambios. Lublamai no dormía ni despertaba. Simplemente miraba.
No pasó mucho tiempo antes de que David volviera apresuradamente al laboratorio. Había regresado de una de sus moradas habituales para ser recibido por la versión apresurada y garabateada de uno de los innumerables mensajes que Isaac le había dejado por toda Nueva Crobuzon.
Se sentó tan silencioso como Isaac, observando a su amigo sin mente.
—No puedo creer que te dejara hacerlo —dijo insensible.
—Por Jabber, David, que te den, ¿crees que no lo he pensado yo una y otra vez? Dejé que ese bicho de mierda escapara…
—Todos debimos haberlo pensado mejor —saltó David.
Se produjo un largo silencio entre ellos.
— ¿Has buscado un médico? —dijo David.
—Es lo primero que hice. Phorgit, al otro lado de la calle. Ya había tratado con él. Limpié un poco a Lub para quitarle la mierda esa de la cara… Phorgit no sabía qué hacer. Le enchufó dios sabe cuántos aparatos, tomó yo qué sé cuántas lecturas… lo que se tradujo en «no tengo ni idea». Que lo mantengamos caliente y que le demos de comer, pero que quizá sea mejor mantenerlo frío y no darle nada… Podría ir a por uno de esos tipos que conozco de la universidad para que le eche un vistazo, pero es una esperanza vana…
— ¿Pero qué le ha hecho esa cosa?
—Eso mismo, David, eso mismo. Ahí está la pregunta de los huevos, ¿no?
Desde la ventana rota llegó un débil golpeteo. Isaac y David alzaron la mirada para ver a Teparadós asomando su fea y triste cabeza.