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—Pues ya ves —respondió Isaac apesadumbrado—. Me temo que hasta que no me encargue de lo que cono sea que he liberado por la ciudad, y hasta que pueda traer de vuelta a Lublamai de donde esté, los problemas del vuelo y los motores de crisis, por emocionantes que sean, pierden gas.

—Me condenas a mi vergüenza… —siseó Yagharek como rápida respuesta. Isaac lo interrumpió.

— ¡David conoce lo de tu supuesta vergüenza, Yag! —gritó—. ¡Y no me mires así, así es como trabajo, y es mi colega, y así es como he conseguido hacer progresos con tu puto caso!

David miraba con dureza a Isaac.

— ¿Cómo? —susurró—. ¿Motores de crisis…?

Isaac sacudió la cabeza irritado, como si tuviera un mosquito en el oído.

—He hecho unos progresos en la física de crisis, nada más. Luego te lo cuento.

David asintió confuso, aceptando que aquel no era el momento de discutir aquello, aunque sus ojos traicionaban su sorpresa. ¿Nada más?

Yagharek se mecía nervioso, inundado por una terrible desdicha.

—N-necesito tu ayuda… —comenzó.

—Sí, igual que Lublamai —gritó Isaac—, y me temo que eso ahora es más urgente… —después suavizó el tono—. No te estoy dejando tirado, Yag, ni se me ocurriría hacer eso. Pero el caso es que ahora mismo no puedo proseguir. —Isaac pensó unos instantes—. Si quieres que acabemos con esto lo antes posible, podrías ayudar… No te largues sin más. Quédate aquí, coño, y ayúdanos a solucionar esto. De ese modo podremos regresar enseguida a tus problemas.

David miraba a Isaac con recelo. Ahora sus ojos decían, ¿Sabes lo que estás haciendo? Viendo aquello, Isaac se envalentonó.

—Puedes dormir aquí, comer aquí… A David le dará igual, ni siquiera vive aquí. Yo soy el único que lo hace. Entonces, cuando sepamos algo, podremos… bueno, podremos buscarte alguna utilidad, si sabes a qué me refiero. Puedes ayudar, Yagharek. Nos serías de muchísima utilidad. Cuanto antes acabemos con esto, antes retomaremos tu programa. ¿Entiendes?

Yagharek se sentía sumiso. Tardó unos instantes antes de hablar, y lo único que logró fue asentir brevemente y decir que sí, que permanecería en el almacén. Estaba claro que no podía pensar en otra cosa que su investigación sobre el vuelo. Isaac estaba exasperado, pero no lo tuvo en cuenta. La escisión, el castigo que había sufrido Yagharek, se había aposentado en su alma como una cadena de plomo. Era totalmente egoísta, pero tenía sus motivos.

David se quedó dormido, exhausto y triste. Aquella noche durmió en su silla, mientras Isaac cuidaba de Lublamai. La comida que le habían dado parecía haber llegado a su destino, y la primera tarea era limpiar las heces.

Hizo un hatillo con la ropa sucia y la metió en una de las calderas del almacén. Pensó en Lin. Esperaba que llegara pronto.

Se dio cuenta de que estaba suspirando.

26

Las cosas se agitaban en la noche.

Por la mañana, en las horas anteriores al alba y después de que se alzara el sol, se encontraron más cuerpos idiotas. Esta vez eran cinco. Dos vagabundos ocultos bajo los puentes de Gran Aduja. Un panadero que volvía a casa tras su trabajo en la Letrina. Un doctor en la Colina Vaudois. Una barquera más allá de la Puerta del Cuervo. Una salpicadura de ataques que desfiguraban la ciudad sin patrón alguno. Norte, este, oeste, sur. No había barrios seguros.

Lin durmió mal. Se había sentido conmovida por la nota de Isaac, al pensar que había cruzado toda la ciudad solo para dejar un trozo de papel en su puerta, pero también sentía preocupación. El párrafo tenía un tono histérico, y la súplica de que acudiera al laboratorio era tan impropia que le asustaba.

No obstante, hubiera acudido de inmediato de no haber regresado tarde a Galantina, demasiado como para viajar. No había estado trabajando, pues la mañana anterior había despertado para encontrar una nota debajo de su puerta.

Inexcusables negocios requieren el aplazamiento de los encuentros hasta nuevo aviso. De ser posible, recibirá instrucciones para reanudar las tareas.

M.

Se metió la escueta nota en el bolsillo y se marchó a Kinken, donde prosiguió con sus melancólicas contemplaciones. Y entonces, con una curiosa sensación de asombro, como si estuviera observando el desarrollo de su propia vida y se sorprendiera ante el giro de los acontecimientos, había marchado hacia el noroeste, abandonando Kinken hacia Vadoculto, donde tomó el tren. Había dejado atrás las dos paradas al norte de la línea Hundida, para ser engullida por las vastas fauces embreadas de la estación de Perdido. Allí, en la confusión y el vapor siseante del enorme vestíbulo de la central, donde las cinco líneas se encontraban como una enorme estrella de hierro y madera, cambió de tren para tomar la línea Verso.

Se produjo una espera de cinco minutos hasta que se llenó la caldera en la caverna central de la estación. Tiempo suficiente para que Lin se mirara incrédula, preguntándose, en nombre de la Asombrosa Madre del Nido, qué estaba haciendo. Y quizá en nombre de otros dioses.

Pero no se respondió, sino que se sentó mientras el tren aguardaba, antes de emprender lentamente su camino y tomar velocidad, hasta que el traqueteo cobró un ritmo regular, siendo escupido por uno de los poros de la estación. Giró al norte, hacia la Espiga, bajo dos juegos de vías elevadas por encima del achaparrado y bárbaro circo de Cadnebar. La prosperidad y majestad del Cuervo (la Galería Sennes, la Casa Fucsia, el Parque de la Gárgola) estaba cuajada de miseria. Lin observó los pináculos humeantes del barrio dando paso al Anillo, vio las amplias calles y casas estucadas de aquella próspera barriada serpentear con cuidado entre los bloques derruidos en los que las ratas se multiplicaban.

El tren pasó por la estación del Anillo y se sumergió en el grueso limo gris del Alquitrán, cruzando el río a escasos cinco metros al norte del Puente Hadrach, hasta que se abrió camino asqueado sobre el ruinoso paisaje de tejados de Ensenada. Dejó el tren en Barro Bajo, en el límite occidental de aquel gueto. No le llevó mucho recorrer las calles putrefactas, dejando atrás edificios grises que rezumaban antinaturales una humedad sudorosa, congéneres que la miraban y saboreaban el aire que desplazaba, porque su perfume de clase alta y sus extrañas ropas la marcaban como una de las que había escapado. No le llevó mucho tiempo dar con el camino hasta la casa de su madre de nido.

No se había acercado demasiado, pues no quería que su sabor se filtrara a través de las ventanas rotas y alertara a su madre y a su hermana de su presencia. En el creciente calor, su aroma era como una insignia para las demás khepri, un olor que no podía quitarse de encima.

El sol se había desplazado y calentaba el aire y las nubes, y allí seguía Lin, algo alejada de su antiguo hogar. No había cambiado. Desde dentro, desde las grietas en las paredes y las puerta, podía oír los pasos, los pisotones orgánicos de los machos khepri.

Nadie salió.

Las viandantes le lanzaban efluvios químicos de disgusto por regresar para agazaparse, para espiar una casa desprevenida, pero las ignoró a todas.

Si entraba y su madre estaba allí, pensó, las dos se enfadarían y se sentirían desdichadas, y discutirían sin sentido, como si los años no hubieran pasado.

Si su hermana estaba allí y le decía que su madre había muerto, y que Lin la había dejado marchar sin una sola palabra de furia o perdón, estaría sola. Su corazón podría estallar.

Si no había señales… si aquellos pasos eran solo los de los machos, que vivían allí como las sabandijas que eran, no como príncipes mimados sin cerebro, sino como bichos que hedían y comían carroña, si su madre y su hermana se habían marchado… entonces Lin estaría allí, aguardando sin sentido en una casa desierta. Su bienvenida al hogar sería ridícula.