Pasó una hora, o más, y volvió la espalda al edificio en ruinas. Con las patas de su cabeza agitándose y la cabeza de escarabajo flexionada por los nervios, la confusión y la soledad, regresó a la estación.
Se había aferrado feroz a su melancolía, deteniéndose en el Cuervo para gastar parte de la enorme paga de Motley en libros y comida exótica. Había entrado en una exclusiva boutique de mujer, provocando las miradas severas de la encargada hasta que Lin enseñó sus guineas y señaló imperiosa dos vestidos. Se había tomado su tiempo mientras le tomaban las medidas, insistiendo en que cada prenda se ajustara a ella con la misma sensualidad que a las mujeres humanas para las que estaban diseñadas.
Había comprado los dos trajes, sin una sola palabra de la encargada, cuya nariz se arrugó al aceptar el dinero de la khepri.
Había recorrido las calles hasta los Campos Salacus vistiendo una de sus adquisiciones, una pieza de exquisito acabado de color azul nube, que oscurecía su piel rojiza. No estaba segura de si se sentía mejor o peor que antes.
Llevó ese mismo vestido a la mañana siguiente, cuando cruzó la ciudad para encontrarse con Isaac.
Aquella mañana, junto a los muelles de Arboleda, el amanecer había sido recibido con un tremendo griterío. Los estibadores vodyanoi habían pasado la noche excavando, dando forma, paleando y limpiando grandes cantidades de agua alterada. Cuando el sol despertó, cientos de ellos se alzaron desde las aguas nauseabundas, cogiendo puñados del río y arrojándolos fuera del Gran Alquitrán.
Habían aplaudido y vitoreado mientras levantaban el último y delgado velo de líquido de la gran trinchera practicada en el río. El espacio tenía una anchura de más de quince metros, una enorme rebanada de aire cortada en el canal que se extendía casi trescientos metros de una orilla a la otra. En ambas riberas, y en algunas zonas en el fondo, habían quedado pequeños pasos de agua para evitar que se formara una presa. En el fondo de la trinchera, a casi quince metros bajo la superficie, el lecho del río estaba atestado de vodyanoi, cuyos gruesos cuerpos se deslizaban los unos sobre los otros en el barro, tanteando con cuidado las distintas superficies verticales y horizontales de agua allá donde el río era interrumpido. En ocasiones, un vodyanoi departía con sus compañeros y saltaba sobre sus cabezas con una poderosa convulsión de sus enormes ancas traseras, atravesaba la muralla de aire y se sumergía en el agua, alejándose con el movimiento de sus pies palmeados en misión desconocida. Otros alisaban rápidamente el agua tras él, volviendo a sellar la obra para asegurar la integridad del bloqueo.
En el centro de la trinchera, tres membrudos vodyanoi conferenciaban sin parar, saltando o arrastrándose para pasar información a los camaradas a su alrededor, regresando después a su discusión. Se trataba de agitados debates. Eran los líderes elegidos por el comité de huelga.
A medida que se alzaba el sol, los vodyanoi en el fondo del río y en las orillas desplegaron sus carteles: «¡SALARIOS JUSTOS YA!, exigían. ¡Si NO HAY AUMENTO, NO HAY RÍO!».
A ambos lados de la grieta fluvial, pequeños botes remaban con cuidado hacia el extremo del agua. Los marineros se inclinaban tanto como podían, valorando la extensión del surco y sacudiendo la cabeza exasperados. Los vodyanoi vitoreaban y aplaudían.
Se había creado el canal un poco al sur del Puente de la Cebada, en el mismo límite de los muelles. Había barcos esperando para entrar, y otros deseando salir. A kilómetro y medio río abajo, en las insalubres aguas entre Malado y la Perrera, los barcos mercantes retenían a los nerviosos gusanos marinos y dejaban que las calderas se enfriaran. En la otra dirección, en los embarcaderos y los pañoles de descarga, en los anchos canales de Arboleda junto a los diques secos, los capitanes de naves llegadas de puntos tan lejanos como Khadoh vigilaban impacientes a los piquetes vodyanoi que atestaban el río, preocupados por su regreso a casa.
Hacia la mitad de la mañana, los estibadores humanos llegaron para comenzar con su tarea de carga y descarga, y descubrieron al instante que su presencia era más o menos superflua. Una vez se terminara de preparar los barcos que seguían anclados en la propia Arboleda, lo que representaría como mucho dos días de trabajo, se quedarían parados.
El pequeño grupo que había negociado con los vodyanoi en huelga llegaba preparado. A las diez de la mañana, unos veinte hombres abandonaron de repente sus puestos, saltaron las verjas que rodeaban los diques y corrieron hacia los muelles donde estaban los piquetes, que los recibieron con una algarabía rayana en la histeria. Los recién llegados desplegaron sus propias pancartas: «¡HUMANOS Y VODYANOI CONTRA LOS PATRONOS!».
Todos se unieron en sus ruidosas soflamas.
A lo largo de las dos horas siguientes, los ánimos se caldearon. Un grupo de humanos dispuso una contramanifestación desde dentro de los muros bajos de los muelles. Gritaban insultos a los vodyanoi, y les llamaban ranas y sapos. Después se enconaron con los humanos en huelga, a los que acusaron de traidores a la raza. Les advertían que los vodyanoi arruinarían a las autoridades portuarias, haciendo que los salarios humanos se desplomaran. Uno o dos de ellos llevaban panfletos de las Tres Plumas.
Entre ellos y los igualmente estridentes huelguistas humanos se encontraba una gran masa de estibadores confusos, vacilantes, que iban de un lado a otro, maldiciendo enfadados. Oían las consignas gritadas desde ambos bandos.
Su número no dejaba de crecer.
En ambas orillas del río, en la propia Arboleda y en el banco sur de la Muralla Siríaca, las multitudes se congregaban para observar la confrontación. Unos pocos hombres y mujeres corrían entre ellos, moviéndose demasiado rápido como para identificarlos, entregando panfletos con el logotipo del Renegado Rampante en la parte superior. Exigían, en un texto de tipografía apretada, que los estibadores humanos se unieran a los vodyanoi, pues era el único modo en que se lograría que se aceptaran sus exigencias. Se pudo ver aquellos papeles circulando entre los humanos, entregados por personas invisibles.
A medida que avanzaba el día y el aire se calentaba, cada vez más trabajadores saltaban el muro para unirse a la protesta junto a los vodyanoi. La contramanifestación también crecía, en ocasiones a toda prisa; pero, al pasar las horas, fueron los huelguistas los que más claramente aumentaron su tamaño.
En el aire flotaba una tensa incertidumbre. La multitud se expresaba cada vez más, gritando a ambos bandos para que hicieran algo. Circuló el rumor de que el director de la autoridad portuaria iba a acudir para negociar; otros aseguraban que era el propio Rudgutter quien se encargaría de ello.
Durante todo el tiempo, los vodyanoi del cañón de aire tallado en el río se encargaban de achicar los derrames. Algún pez ocasional atravesaba los límites verticales de agua y caía al suelo sacudiéndose; otras, era algún escombro medio hundido el que flotaba lentamente hasta la sima. Los vodyanoi lo devolvían todo. Trabajaban por turnos, nadando por el agua para reformar la zona superior de las murallas hídricas. Desde allí, entre el metal arruinado y el limo grueso que era el lecho del Gran Alquitrán, alentaban a los huelguistas humanos.
A las tres y media, con el sol ardiendo entre las nubes ineficaces, se vio acercarse a los muelles a dos naves aéreas desde el norte y desde el sur.
Se produjo una gran excitación entre la multitud, y las noticias se extendieron rápidamente entre los reunidos: llegaba el alcalde. Entonces se divisó una tercera y una cuarta nave, que cruzaban ineludibles la ciudad hacia Arboleda.
La sombra de la inquietud recorrió las orillas del río.