Los muros de agua alterada de la trinchera comenzaban a fracturarse y colapsarse. Sangraban y se combaban, mientras el agua se filtraba y diluía sobre el lecho del río, sacudiendo los pies de los pocos huelguistas restantes, retorciéndose como el gas sobre ella, hasta que, con una sacudida, el Gran Alquitrán volvió a unirse y sanó la falla que lo había paralizado y sus corrientes volvieron a fundirse. El agua contaminada enterró la sangre, los panfletos políticos y los cadáveres.
Mientras la milicia sofocaba la huelga en Arboleda, los cables descendían del quinto dirigible, como había sucedido con sus compañeros.
Las multitudes de la Perrera gritaban, pasando las noticias y las descripciones de la pelea. Los fugados del piquete se arracimaban en las callejuelas destartaladas. Bandas de jóvenes corrían de un lado a otro en enérgica confusión.
Los comerciantes de la calle del Lomo Plateado gritaban y señalaban al dirigible, que desenrollaba sus aparejos hacia tierra. Las advertencias eran sofocadas por el repentino estruendo de las bocinas en el aire, que cada dirigible iba haciendo sonar por turno. Un pelotón de la milicia descendió del aire cálido hacia las calles de la Perrera.
Se deslizaban bajo la silueta de los tejados, repicando con sus pesadas botas el hormigón del patio en el que habían aterrizado. Parecían más constructos que humanos, embutidos en una extraña y retorcida armadura. Los pocos trabajadores y los indigentes en el callejón sin salida los contemplaban boquiabiertos, hasta que uno de los soldados se giró levemente, levantó un enorme mosquetón y barrió con él un arco amenazador. Ante aquel gesto, los presentes echaron cuerpo a tierra o se giraron y huyeron.
Los soldados descendieron en tropel por una escalera rezumante hasta el matadero subterráneo, echó abajo la puerta y disparó en aquella atmósfera sangrienta. Los carniceros y matarifes se volvieron atónitos hacia el umbral. Uno se desplomó, gorgoteando agónico con una bala perforando su pulmón. Su delantal sanguinolento volvió a empaparse, esta vez desde el interior. Los demás trabajadores escaparon, resbalando con los cartílagos y las vísceras.
La milicia tiró de las colgadas y rezumantes carcasas de cabra y cerdo, bregando con la cinta suspendida de garfios hasta que la arrancaron del techo empapado. Cargaban en oleadas hacia la parte trasera de la oscura cámara y bajaron corriendo por unas escaleras hasta llegar al pequeño desembarco. Por lo que sirvió para frenarlos, la puerta cerrada de Benjamin Flex podría haber sido de papel.
Una vez dentro, las tropas se situaron a ambos lados del armario, dejando a un hombre que soltó la enorme maza que portaba a la espalda. La descargó sobre la vieja madera y, de tres poderosos golpes, descubrió la abertura en la pared, de la que llegaba el zumbido de un motor de vapor y la luz de una lámpara de aceite.
Dos de los oficiales desaparecieron en la sala secreta. Se produjo un grito apagado y el sonido de repetidos golpes martilleantes. Benjamin Flex apareció volando a través del agujero con el cuerpo deshecho y su sangre salpicó las sucias paredes en patrones radiales. Aterrizó sobre la cabeza y lanzó un aullido; trató de escapar arrastrándose, gritando incoherente. Otro oficial lo apresó, lo levantó de la camisa con una fuerza aumentada por el vapor y lo arrojó contra la pared.
Ben farfulló y trató de escupir, observando la impávida carátula azul, las intrincadas gafas ahumadas, la máscara de gas y el casco con pinchos, como el rostro de un insecto demoníaco.
La voz que emergió del altavoz siseante era monótona, pero clara.
—Benjamin Flex, le ruego me dé su consentimiento verbal o escrito para acompañarme a mí y a otros oficiales de la milicia de Nueva Crobuzon a un lugar de nuestra elección, con el propósito de realizar una entrevista y obtener información. —El soldado aplastó a Ben contra la pared con rudeza, y este perdió el aliento con un ladrido ininteligible—. Tomo constancia de su consentimiento en presencia de dos testigos —respondió el oficial—. ¿Bien?
Dos de los soldados tras el oficial asintieron al unísono.
—Bien.
El oficial golpeó a Ben con un fuerte revés que lo aturdió e hizo estallar sus labios. Su mirada vaciló atontada mientras se abría una nueva hemorragia. El enorme hombre blindado cargó a Ben sobre su hombro y abandonó con estrépito el lugar.
Los condestables que habían entrado en la pequeña imprenta esperaron a que el resto del pelotón siguiera a su oficial de vuelta al pasillo. Después, con perfecta coordinación, cada uno extrajo un gran bote de hierro de sus bolsillos y apretó el activador que ponía en marcha una violenta reacción química. Arrojaron los cilindros al diminuto espacio en el que el constructo aún seguía dando vueltas a la manivela de la imprenta, en un infinito circuito sin mente.
Los soldados corrieron como atronadores rinocerontes bípedos por el pasillo, detrás de su oficial. El ácido y el polvo de las bombas se mezcló y chispeó, se encendió violentamente, estalló con la pólvora empaquetada. Se produjeron dos repentinas detonaciones que hicieron temblar las paredes húmedas del edificio.
El pasillo se sacudió con el impacto e innumerables trozos de papel prendido salieron escupidos por el umbral, mezclados con tinta caliente y pedazos de tubo. Fragmentos de metal y cristal estallaron desde la claraboya en una cascada industrial. Como confeti ígneo, retazos de editoriales y denuncias salpicaron todas las calles circundantes. «NOSOTROS DECIMOS», rezaba uno. ¡TRAICIÓN!, proclamaba otro. Aquí y allá, se podía ver la cabecera, Renegado Rampante. Un pequeño trozo de papel desgarrado y ardiente flotaba como una advertencia:
«Corred…».
Uno tras otro, los soldados se amarraron a las cuerdas con un mosquetón en su cinturón. Después activaron las palancas embebidas en sus mochilas integrales y pusieron en marcha un poderoso motor oculto que los arrancó de las calles y los lanzó al aire. El cabrestante giraba y los potentes engranajes encajaban los unos con los otros, transportando a las oscuras y voluminosas figuras hacia el vientre de las naves aéreas. El oficial que portaba a Ben lo sujetaba con firmeza, y la polea no parecía resentirse por el peso de un hombre adicional.
Mientras un fuego intermitente ardía en los restos del matadero, algo cayó desde el tejado, donde se había sujetado a un canalón roto. Se precipitó al vacío y se desplomó con un crujido sobre el suelo manchado. Era la cabeza del constructo de Ben, con el brazo derecho aún adosado.
Aquel apéndice se agitaba con violencia, tratando de girar una manivela que ya no estaba allí. La cabeza rotaba como un cráneo encerrado en peltre. Su boca de metal se retorció y, por unos grotescos segundos, mostró una desagradable parodia de movimiento y se arrastró sobre el suelo irregular abriendo y cerrando la mandíbula.
En menos de medio minuto, el último vestigio de energía desapareció. Sus ojos de cristal vibraron hasta detenerse. Se quedó quieto.
Una sombra pasó sobre aquel ser muerto mientras la nave aérea, ahita con sus tropas, se alejaba lentamente de la Perrera, pasando sobre las últimas sórdidas y brutales batallas en los muelles, sobre el Parlamento y sobre la enormidad de la ciudad, hacia la estación de la calle Perdido y las salas de interrogatorios de la Espiga.
Al principio me sentí enfermo por estar a su alrededor, alrededor de todos aquellos hombres, de sus rápidas, pesadas, apestosas respiraciones, de su ansiedad rezumó a través de su piel como el vinagre. Quería volver a sentir el frío, la oscuridad bajo las vías del tren, donde formas de vida más duras luchan, combaten y mueren o son devoradas. Hay un cierto bienestar en esa brutal simplicidad.