Guardo registro de los servicios prestados, Isaac. Te mandaré la factura desglosada.
— ¡Fantástico! —explotó Isaac al terminar la nota—. ¡Una maldita pista!
David parecía totalmente espeluznado.
— ¿El Parlamento? —dijo, con un susurro ahogado—. ¿Estamos hablando del puto Parlamento? Oh, por Jabber, ¿tienes idea de la escala de la mierda en la que estamos metidos? ¿Qué coño significa «¡Fantástico!», pedazo de gilipollas? ¡Eh, genial! ¡Vamos al Parlamento a pedirles una lista de todos los del secreto departamento de Investigación y Desarrollo cuyo nombre comience por B, y luego los buscamos uno por uno y les preguntamos si saben algo de una cosa voladora que deja a sus víctimas en coma, a ver si saben cómo capturarlas! Estamos apañados.
Nadie habló. El sinsabor inundó toda la nave.
En su esquina suroeste, la Ciénaga Brock se encontraba con la Aduja, un denso nudo de oportunistas, delincuentes y arquitectura de decadente esplendor encajado en un rizo del río.
Hacía poco más de doscientos años, la Aduja había sido un centro urbano para las principales familias. Los Mackie-Drendas y los Turgisadys; los Dhrachshachet, los financieros vodyanoi fundadores de la Banca Drach; Sirrah Jeremile Carr, la agricultura mercante; todos habían tenido grandes casas en las amplias calles de la zona.
Pero la industria había explotado en Nueva Crobuzon, en gran medida financiada por esas mismas familias. Las fábricas y muelles crecieron y proliferaron. El Meandro Griss, al otro lado del río, disfrutó de un breve crecimiento por la maquinofortuna, con todo el ruido y la peste que ello conllevaba. Se convirtió en hogar de gigantescos vertederos fluviales, y se creó un nuevo paisaje de ruina, deshechos y basura industrial, como una parodia acelerada del proceso geológico. Los carros volcaban una carga tras otra de máquinas rotas, papel descompuesto, escoria, residuos orgánicos y detritus químico a los vertederos vallados del Meandro Griss. La materia se asentaba y desparramaba, se deslizaba o quedaba fija, adoptando formas, imitando a la naturaleza, creando valles, oteros, canteras y estanques de gas fétido. A los pocos años las fábricas locales se habían marchado, pero dejaron atrás sus residuos. Los vientos que soplaban desde el mar enviaban la pestilencia al otro lado del Alquitrán, hacia la Aduja.
Los ricos desertaron de sus hogares. La Aduja degeneró de un modo feroz. Se hizo más ruidosa. La pintura y el yeso burbujeaban y se levantaron de forma grotesca cuando las grandes casas se convirtieron en hogares para la población cada vez más hinchada de Nueva Crobuzon. Las ventanas rotas se arreglaban de cualquier modo y volvían a romperse. Llegó un pequeño grupo de comerciantes de comida, panaderos y carpinteros. La Aduja se convirtió en presa de la inenarrable capacidad de la ciudad para crear arquitecturas espontáneas. Las paredes, suelos y techos eran puestos en cuestión y enmendados. Se encontraron nuevos e imaginativos usos para los edificios desiertos.
Derkhan Blueday se apresuró hacia aquel batiburrillo de grandeza violada, mal empleada. Portaba una bolsa pegada a su cuerpo. Su rostro era triste y decidido.
Llegó desde el Puente Celosía, uno de los más antiguos de la ciudad. Era angosto y con un adoquinado precario, con casas construidas en las mismas piedras. El río era invisible desde el centro del puente. A ambos lados, Derkhan no veía más que el horizonte quebrado y achaparrado de casas con casi mil años, con intrincadas fachadas de mármol derruidas hacía ya mucho. Por todo el puente se extendían los canales de evacuación. Las conversaciones a gritos y las discusiones rebotaban de un lado para otro.
En la propia Aduja, Derkhan caminó a toda prisa bajo la elevada Línea Sur y se dirigió hacia el norte. El río que había cruzado se retorcía sobre sí mismo, virando ahora hacia ella en una enorme «S», antes de corregir su rumbo y dirigirse hacia el este y el sur, para encontrarse con el Cancro.
La Aduja se confundía con Brock. Las casas eran más pequeñas, las calles más angostas e intrincadas. Edificios enmohecidos y avejentados se tambaleaban precarios, con sus empinados tejados de pizarra como capas arrojadas sobre unos hombros enjutos, lo que les daba un aire furtivo. En sus cavernosos vestíbulos y sus patios de luces, donde los árboles y arbustos morían derrotados por la mugre, se veían toscos carteles pegados que anunciaban la escarabomancia, la lectura automática y la terapia de encantamientos. Allí, los más pobres e irredentos químicos proscritos y taumaturgos de la Ciénaga Brock luchaban por el espacio con charlatanes y mentirosos.
Derkhan comprobó las direcciones que le habían proporcionado y logró dar con el Maullido de San Sorrel. Se trataba de un estrecho y corto pasadizo que terminaba en un muro derruido. A su derecha, Derkhan veía el alto edificio de color óxido descrito en la nota. Entró a través del umbral desnudo y se abrió paso por los escombros, hasta atravesar un corto pasillo sin luz anegado por la humedad. Al final del pasillo vio la cortina de cuentas que le habían dicho que buscara, con los fragmentos de vidrio y alambre meciéndose suavemente.
Se acercó, apartando a un lado las peligrosas esquirlas para no hacerse sangre. Entró en el pequeño recibidor al otro lado.
Las dos ventanas de la estancia habían sido cegadas con un material espeso, grandes grumos fibrosos que cargaban el aire de sombras pesadas. El mobiliario era mínimo, del mismo color marrón que la atmósfera fuliginosa, lo que lo hacía casi invisible. Detrás de una mesa baja, bebiendo té de un modo elegante hasta el absurdo, había una rechoncha e hirsuta mujer, acomodada en un suntuoso y avejentado sillón.
Miró a Derkhan.
— ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó, con un tono de resignada irritación.
— ¿Eres la comunicadora?
— Umma Balsum. —La mujer inclinó la cabeza—. ¿Tienes algún asunto para mí?
Derkhan cruzó la salita y aguardó nerviosa junto a un haraposo sofá, hasta que Umma Balsum le indicó que podía sentarse. Derkhan lo hizo de forma abrupta, buscando en su bolsa.
—Necesito… eh… hablar con Benjamin Flex. —Su voz era tensa. Hablaba en pequeñas ráfagas, preparando cada frase antes de escupirla. Sacó una pequeña bolsa con el detritus que había hallado en los restos del matadero.
La noche anterior había acudido a la Perrera, ya que las noticias de la milicia aplastando la huelga del muelle recorrieron toda Nueva Crobuzon, volando con los rumores a su estela. Una de las habladurías comentaba un ataque secundario contra un periódico sedicioso en la Perrera.
Ya era tarde cuando Derkhan llegó, disfrazada como era costumbre, a las calles empapadas al sureste de la ciudad. Había llovido; gruesas gotas se deslizaban como animales putrefactos sobre los escombros del callejón. La entrada estaba bloqueada, de modo que Derkhan tuvo que entrar por el portal bajo a través del cual se arrojaba la carne y los animales. Se había sujetado como podía a las ruidosas piedras, colgando sobre la sala de los matarifes, manchada por el excremento y la sangre de miles de animales aterrados y se dejó caer sobre la sanguinolenta oscuridad del matadero.
Se había arrastrado sobre la cinta transportadora destruida, y arañado con los ganchos de carne que cubrían el suelo. La mucosa capa rojiza sobre la que pisaba era fría, pegajosa.