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Se había abierto paso por las piedras arrancadas de sus paredes, por las escaleras en ruinas, hacia el cuarto de Ben, en el centro de la destrucción. El camino estaba pavimentado de maquinaria de imprenta tronchada y desmenuzada, de trozos quemados y humeantes de ropa y papel.

El cuarto en sí era poco más que una oquedad cubierta de escombro. Los pedazos de albañilería habían acabado con la cama. La pared entre el dormitorio de Ben y la imprenta secreta había sido destruida casi por completo. La lánguida mollizna estival había estado cayendo desde la claraboya desintegrada sobre el esqueleto fracturado de la imprenta.

Su rostro se endureció. Había buscado con fervorosa intensidad. Había desenterrado pequeñas pruebas, pequeños indicios de que allí, alguna vez, había vivido un hombre. Ahora los sacó del bolso y los situó en la mesa frente a Umm a Balsum.

Había encontrado su cuchilla, con algunos pelos y sangre oxidada aún en la hoja. Los restos destrizados de un par de pantalones. Un pedazo descolorido de papel con su sangre, pues lo había frotado una y otra vez contra una mancha roja en la pared. Los dos últimos números del Renegado Rampante, que encontró bajo los restos de su cama.

Umma Balsum observó la emersión de aquella colección patética.

— ¿Dónde está? —preguntó.

—C-creo que está en la Espiga —respondió Derkhan.

— Bueno, eso te costará un noble extra antes de empezar —respondió acida la mujer—. No me gusta enredarme con la ley. Háblame de estas cosas.

Derkhan le presentó cada una de las piezas que había traído. La bruja asentía ante cada una de ellas, pero parecía especialmente interesada en los ejemplares del RR.

—Escribía para esto, ¿no? —preguntó afilada, golpeando los papeles con la punta del dedo.

— Sí. —Derkhan no le informó de que era quien lo editaba. Estaba nerviosa por romper el tabú de dar nombres, aunque le habían asegurado que la comunicadora era de fiar. La comida de Umma Balsum dependía en su mayor parte de contactar con personas en manos de la milicia. Vender a sus clientes sería una pifia financiera—. Esto… —Derkhan le mostró la columna central, con el titular «Lo que pensamos» —. Escribía esto.

—Aaah —respondió Umma Balsum—. Es una pena que no disponga de la escritura original, pero no está mal. ¿Tienes algo más que sea peculiar?

—Tiene un tatuaje. Encima del bíceps. Como este —Derkhan sacó el dibujo que había preparado de la ornamentada ancla.

— ¿Marinero?

Derkhan sonrió sin alegría.

— Lo despidieron y lo encerraron antes de poner el pie en un barco. Se emborrachó al alistarse e insultó a su capitán antes de que se le secara el tatuaje. —Recordó cómo le había contado la historia.

—Bien. Dos marcos por el intento. Honorarios de cinco marcos si llego hasta él, y dos estíveres por minuto mientras estemos enlazados. Y un noble extra por estar en la Espiga. ¿Aceptas? —Derkhan asintió. Era caro, pero aquella clase de taumaturgia no era una simple cuestión de aprenderse algunos pases. Con adiestramiento suficiente, cualquiera podía efectuar algún hechizo básico, pero aquella suerte de canalización psíquica requería un prodigioso talento natural y años de arduo estudio. A pesar de su aspecto y de su casa, Umma Balsum no era una taumaturga menos experta que un reconstructor veterano o un quimerista. Rebuscó en su bolso—. Págame después. Veamos antes si lo consigo. —Umma Balsum se remangó la manga izquierda. Su piel era poco firme, fofa—. Dibújame el tatuaje. Hazlo lo más parecido al original que sea posible. —Asintió, indicándole a Derkhan una banqueta en una esquina, sobre la que descansaba una paleta con una colección de pinceles y tintas de colores.

Derkhan acercó el material y comenzó a dibujar sobre el brazo de la mujer. Empezó a recordar desesperada, tratando de acertar con los colores exactos. Le llevó unos veinticinco minutos terminar el intento. El ancla que había dibujado era un poco más chillan que la de Benjamin (en parte debido a la calidad de las tintas), y quizá un poco más achatada. A pesar de todo, estaba segura de que cualquiera que hubiera visto el original lo reconocería como una copia. Se recostó en su asiento, bastante satisfecha.

Umma Balsum agitó el brazo como haría una gallina obesa con un ala y secó la tinta. Rebuscó entre los restos del dormitorio de Benjamin.

—…que forma más poco higiénica de ganarse la vida… —murmuraba, lo bastante alto como para que Derkhan pudiera oírlo. Eligió la cuchilla de Benjamin y, sosteniéndola de forma experta, se realizó un leve corte en el mentón. Después frotó el papel ensangrentado contra el corte. Se levantó la falda y se metió la pernera del pantalón cuanto pudo debido a sus gruesos muslos.

Buscó debajo de la mesa y sacó una caja de cuero y madera. La depositó frente a ella y la abrió.

Dentro se encontraba un apretado hatajo de válvulas, tubos y cables interconectados que formaban bucles los unos alrededor de los otros en un motor de increíble densidad. En lo alto se encontraba un yelmo de bronce de aspecto ridículo, con una especie de trompeta que sobresalía del frente. El morrión quedaba unido a la caja mediante un largo cable espiral.

Umma Balsum extendió el brazo y cogió el casco. Dudó un instante antes de situarlo sobre su cabeza. Lo aseguró con correas de cuero. Desde algún lugar oculto en la caja extrajo una gran manivela que encajó sin problemas en un orificio hexagonal en el lateral de la máquina. Situó la caja en el extremo de la mesa más cercano a Derkhan, y conectó el motor a una batería química.

— Bien —dio Umma Balsum, frotándose ausente la barbilla, aún ensangrentada—. Ahora tienes que ponerlo en marcha girando la manivela. Una vez la batería empiece a funcionar, mantenía vigilada. Si comienza a agotarse, dale otra vez a la manivela. Si dejas que la corriente flaquee perderemos la conexión, y sin una despedida cuidadosa tu compañero se arriesga a perder la mente y, lo que es peor, yo también. Así que vigila bien… Además, si trabamos contacto dile que no se mueva o me quedaré sin cable —añadió dando un tirón al cable que conectaba el casco a la máquina—. ¿Entendido? —Derkhan asintió—. Muy bien. Dame eso que escribió. Voy a meterme en el personaje, a tratar de entrar en armonía. Comienza a dar vueltas, y no pares hasta que la batería se ponga en marcha.

Umma Balsum se incorporó, cogió su silla y la apartó contra la pared con un jadeo. Después se giró y se puso en el centro del espacio relativamente abierto. Se concentró antes de sacar un cronómetro del bolsillo, apretar el botón que lo ponía en marcha y asentir a Derkhan…

Derkhan comenzó a dar vueltas a la manivela, que por suerte era muy suave. Sintió cómo los engranajes lubricados de la caja comenzaban a conectarse y a encajar; una tensión calculada mordía su brazo y alimentaba los esotéricos mecanismos. Umma Balsum había dejado el cronómetro sobre la mesa y sostenía el RR en la mano derecha, leyendo las palabras de Benjamin con un susurro inaudible, moviendo los labios rápidamente. Mantenía la mano izquierda algo levantada y sus dedos realizaban una compleja cuadrilla, inscribiendo símbolos taumatúrgicos en el aire.

Cuando alcanzó el final del artículo, simplemente regresó al principio y comenzó de nuevo, en un rápido e interminable bucle.

La corriente fluía alrededor del cable enroscado, sacudiendo claramente a Umma Balsum, provocándole vibraciones en la cabeza durante algunos segundos. Dejó caer el papel y siguió recitando de memoria, en voz queda, las palabras de Benjamin. Se volvió lentamente con los ojos aún vacíos y trastabillando sobre sus pies. Al girarse, hubo un instante en el que la trompeta del casco apuntó directamente a Derkhan, que sintió el latido de extrañas ondas eteromentales que sacudían su psique. Se retiró de forma instintiva, pero siguió girando la manivela hasta que notó que otra fuerza se hacía con ella y la movía. Liberó poco a poco el manubrio y vio que seguía girando. Umma Balsum se movió hasta encararse con el noroeste, hacia la Espiga, que quedaba fuera de la vista, en el centro de la ciudad.