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Derkhan observó la batería y el motor, asegurándose de que se mantenía el circuito estable.

La comunicadora cerró los ojos y movió los labios. El aire en la estancia parecía cantar como un vaso de vino golpeado en su borde.

Entonces, de repente, su cuerpo se sacudió violentamente. Tembló. Abrió los ojos de golpe.

Derkhan la observó.

El lacio cabello de la bruja se retorcía como una caja llena de cebos. Se retiraba de la frente, serpenteando hacia atrás en una aproximación del peinado grasiento que Benjamin utilizaba cuando no estaba trabajando. Sufrió una sacudida desde los pies hasta la cabeza, como si un relámpago hubiera recorrido su grasa subcutánea y la hubiese levemente a su paso. Cuando la electricidad abandonó su coronilla, todo su cuerpo había mutado. No era más gruesa, ni más flaca, pero la distribución del tejido había alterado su forma de modo sutil. Parecía algo más ancha de hombros. La mandíbula era más pronunciada, y la papada parecía haber remitido.

Su cara se llenó de golpes.

Se estiró un instante antes de derrumbarse de repente y quedar a cuatro patas. Derkhan lanzó un grito, pero vio que los ojos de Umma Balsum seguían abiertos y concentrados.

La mujer se sentó de repente con las piernas abiertas y la espalda apoyada contra el brazo del sofá.

Sus ojos se levantaron un poco, con un gesto de incomprensión convulsionando su rostro. Miró a Derkhan, que la contemplaba frenética. La boca de Umma Balsum, ahora más firme y de labios más finos, se abrió en lo que parecía asombro.

— ¿Dee? —siseó, con una voz que oscilaba con un eco más profundo.

Derkhan se quedó boquiabierta, con expresión idiota.

— ¿Ben…? —acertó a decir.

— ¿Cómo has entrado aquí? —susurró Umma Balsum, levantándose rápidamente. Parpadeó sorprendida ante Derkhan—. Puedo ver a tu través…

—Ben, escúchame. —Derkhan comprendió que tenía que calmarlo—. Deja de moverte. Me estás viendo a través de una comunicadora que está en armonía contigo. Se ha cerrado en un estado de recipiente totalmente pasivo, de modo que yo pueda hablarte directamente. ¿Entiendes?

Umma Balsum, que era Ben, asintió. Dejó de moverse y volvió a caer de rodillas.

— ¿Dónde estás? —preguntó.

— En la Ciénaga Brock, cerca de la Aduja. Ben, no tenemos mucho tiempo. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? ¿Te han… te han hecho… daño? —Derkhan exhaló trémula, vibrando por la tensión y la desesperación.

A tres kilómetros de distancia, Ben negaba desdichado; Derkhan lo veía frente a ella.

—Aún no —susurró—. Me han dejado solo… de momento.

— ¿Cómo sabían dónde estabas? —volvió a sisear Derkhan. —Por Jabber, Dee, siempre lo han sabido, ¿no? Antes tuve aquí delante al mismísimo Rudgutter, y… y se reía de mí. Me dijo que siempre había sabido dónde estaba el RR, solo que no se había molestado en atacarnos.

—Fue por la huelga… —dijo Derkhan con tristeza—. Decidieron que habíamos ido demasiado lejos…

—No.

Derkhan alzó la vista. La voz de Ben, o la aproximación que emergía por la boca de Umma Balsum, era dura y clara. Los ojos que la contemplaban eran firmes, urgentes.

— No, Dee, no ha sido la huelga. Mierda, ojala tuviéramos el impacto suficiente en la huelga como para que les preocupáramos. No, eso es una maldita primera plana…

— ¿Entonces…? —comenzó Derkhan, dubitativa. Ben la interrumpió.

— Te diré lo que sé. Después de que me trajeran aquí, llega Rudgutter y me restriega un RR. ¿Y sabes lo que señala? Ese maldito artículo provisional que llevamos en la segunda sección. «Rumores de tratos entre el Sol Grueso y jefe del hampa». Ya sabes, ese de aquel contacto que decía que el gobierno vendía no sé qué mierda, un proyecto científico fallido, a no sé qué matón. ¡Nada! ¡No teníamos nada! ¡No era más que basura para joder un poco! Y Rudgutter dándole vueltas, y… y restregándomelo por la cara… —Los ojos de Umma Balsum se apartaron, rememorando un momento —.

Y no dejaba de darme el coñazo. «¿Qué sabe de esto, señor Flex? ¿Quién es su fuente? ¿Qué sabe sobre las polillas?». ¡Te lo juro! ¡Polillas, como las mariposas! «¿Qué sabe de los recientes problemas del señor M?» —Ben sacudió lentamente la cabeza de Umma Balsum—. ¿Lo has cogido todo? Dee, no sé qué coño pasa aquí dentro, pero hemos abierto una historia que… ¡Jabber! Rudgutter se está cagando en los pantalones. ¡Por eso me pilló! No dejaba de decir «Si sabe dónde están las polillas, será mejor que me lo diga». Dee… — Ben se puso con cuidado en pie. Derkhan abrió la boca para advertirle de que no se moviera, pero sus palabras murieron cuando se acercó con cuidado hacia ella sobre las piernas de Umma Balsum —. Dee, tienes que tirar del hilo. Están asustados. Dee. Acojonados. Tenemos que usarlo. No tengo ni puta idea de lo que quería decir, pero creo que piensa que estoy actuando, y comencé a recibir, «porque le hacía sentirse incómodo».

Lentamente con cuidado, nervioso, Ben alzó las manos de Umma Balsum hacia ella. Derkhan sintió un nudo en la garganta al ver a Ben llorando. Las lágrimas caían por su rostro sin provocar sonido alguno. Se mordió un labio.

— ¿Qué es ese sonido, Dee? —preguntó Ben.

— Es el motor de la máquina de comunicación. Tiene que permanecer en marcha —dijo.

Umma Balsum asintió.

Sus manos tocaron las de Derkhan, que tembló ante el contacto. Sintió cómo Ben aferraba su mano libre y se arrodilló junto a ella.

—Puedo sentirte —sonrió Ben—. Eres medio invisible, como un fantasma… pero puedo sentirte. —Dejó de sonreír y bregó con las palabras—. Dee, yo… van a matarme. Oh, Jabber… —exhaló—. Tengo miedo. Sé que esta… escoria va a usar el dolor… —Sus hombros se sacudían arriba y abajo al perder el control de los sollozos. Guardó silencio un instante, mirando al suelo, llorando silencioso y aterrado. Cuando alzó la mirada, su voz era sólida.

— ¡Que les den por culo! Tenemos a esos hijos de puta acojonados, Dee. ¡Tienes que investigar! Quedas nombrada editora del Renegado Rampante… —sonrió levemente—. Escucha. Ve a Mafatón. Solo la he visto dos veces, en cafés de por allí, pero creo que es donde vive el contacto. Nos reuníamos tarde, y dudo que quisiera volver a casa sola cruzando toda la ciudad a esas horas, de modo que supongo que andará por ahí. Se llama Magesta Barbile. No me ha dicho mucho, solo que el gobierno canceló y vendió a un jefe mañoso algún proyecto en el que trabaja I + D; es científica. Pensé que no era más que un bulo. Lo publiqué más por joder que porque pensara que era verdad, pero por los dioses, la reacción lo valida.

Ahora era Derkhan la que sollozaba. Asintió.

— Lo investigaré, Ben. Te lo prometo.

Ben asintió. Se produjo un momento de silencio.

— Dee —dijo él, al fin—. S-supongo que no habrá nada que pueda hacer la comunicadora esta, ¿no? Supongo que no… que no podrá matarme, ¿no?

Derkhan no pudo sofocar un gemido de sorpresa. Miró desesperada alrededor y negó con la cabeza.

— No, Ben. Solo podría hacerlo matándola a ella. Ben asintió, cariacontecido.

— Es que no sé si voy a ser capaz de… de impedir que se me escape algo. Sabe Jabber que lo intentaré, Dee… pero son expertos, ¿entiendes? Y… bueno… prefiero acabar ya con todo esto, ¿me entiendes?

Derkhan cerró los ojos. Lloraba por Ben, lloraba con él. —Oh, dioses, Ben. Lo siento…