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De repente, él cobró coraje. Afirmó la mandíbula, pugnaz. —Haré cuanto pueda. Tú asegúrate de encontrar a Barbile, ¿vale?

Ella asintió.

— Y… gracias —dijo con una sonrisa seca—. Y… adiós.

Se mordió el labio, miró hacia abajo y luego hacia arriba de nuevo y le dio un largo beso en la mejilla. Derkhan lo acercó con el brazo izquierdo.

Entonces Benjamin Flex se apartó, y con algún reflejo mental invisible para la desconsolada Derkhan, le dijo a Umma Balsum que era hora de desconectarse.

La comunicadora se sacudió de nuevo, tembló y se tambaleó, y con una ráfaga de alivio casi palpable su cuerpo recuperó su propia forma.

La batería siguió dando vueltas a la pequeña manivela hasta que la mujer se enderezó, se acercó y le puso encima una mano temblorosa. Detuvo el reloj sobre la mesa.

— Ya está, cariño.

Derkhan se estiró y apoyó la cabeza sobre la mesa, llorando en silencio. Al otro lado de la ciudad, Benjamin Flex hacía lo propio. Los dos solos.

Derkhan tardó solo dos o tres minutos en recomponerse e incorporarse. Umma Balsum estaba sentada en su silla, calculando sumas en un trozo de papel con gran eficiencia.

Alzó la mirada ante el sonido que hacía Derkhan para tratar de recuperar el control.

— ¿Estás mejor, cariño? —preguntó suave—. Ya tengo el importe.

Hubo un instante en el que Derkhan se sintió asqueada por la insensibilidad de la mujer, pero pasó rápidamente. No sabía si Umma Balsum era capaz de recordar lo que oía o decía mientras estaba en sintonía. Y, aunque así fuera, la de Derkhan no era más que una tragedia de los cientos y miles de toda la ciudad. Umma Balsum se ganaba la vida como intermediaria, y su voz había contado una historia tras otra de pérdida, traición, tortura y desdicha.

Derkhan sintió un oscuro y solitario solaz en saber que su sufrimiento y el de Ben no eran especiales ni inusuales. La de Ben sería una muerte más.

—Toma. —La mujer le mostraba el trozo de papel—. Dos marcos, más cinco por la conexión, son siete. Estuve once minutos, lo que hace veintidós estíveres, con lo que queda en nueve marcos con dos. Más un noble por el peligro de la Espiga, un noble nueve y dos.

Derkhan le entregó dos nobles y se marchó.

Caminaba deprisa, sin pensar, rehaciendo el camino a través de las calles de la Ciénaga Brock. Regresó a las calles habitadas, donde las gentes que pasaban eran algo más que figuras de aspecto cambiante que acechaban apresuradas de una sombra a otra. Se abrió camino entre los puestos y los vendedores de dudosas y baratas pócimas.

Se dio cuenta de que se dirigía hacia la casa laboratorio de Isaac. Era un buen amigo, y una especie de camarada político. No conocía a Ben, ni siquiera había oído su nombre, pero comprendería la escala de lo que había sucedido. Puede que tuviera alguna idea sobre lo que hacer. Y si no era así, no le vendría mal un café fuerte y algo de consuelo.

Su puerta estaba cerrada. No llegó respuesta alguna desde el interior. Derkhan casi chilló. Estaba a punto de marcharse hacia una triste soledad cuando recordó las emocionadas descripciones de Isaac sobre un tugurio que frecuentaba en la orilla, el Niño Muerto, o algo así. Dobló la esquina de la callejuela junto a la casa y miró el camino hacia el río, cubierto de losetas de piedra rota y erupciones de hierba tenaz.

Las olas arrastraban la hez orgánica hacia el este. Al otro lado del Cancro, la orilla estaba atestada de marañas de zarzas y matojos de algas serpentinas. Un poco hacia el norte, en la ribera de Derkhan, alcanzó a divisar un establecimiento cochambroso. Decidió probar suerte y aceleró al ver el cartel de pintura pelada: el Niño Moribundo.

El interior era denegrido, fétido, caliente e inquietantemente húmedo; pero en una esquina, detrás de los humanos, vodyanoi y rehechos borrachos e indolentes, estaba sentado Isaac.

Hablaba en susurros con otro hombre al que recordaba vagamente como un científico amigo suyo. Isaac alzó la mirada cuando Derkhan entró y, tras un instante, la reconoció. Casi corrió hacia él.

—Isaac, joder, por Jabber… Cómo me alegro de encontrarte…

Mientras le hablaba atropelladamente, aferrándose nerviosa a la tela de su chaqueta, reparó en su mirada mortificada y en su falta de bienvenida. El pequeño discurso murió en sus labios.

—Derkhan… por mis dioses… —dijo—. Yo… Derkhan, hay una crisis… Ha pasado algo, y yo… —parecía inquieto.

Derkhan lo miró con tristeza.

Se sentó de repente, dejándose caer en el banco junto a Isaac. Era como una rendición. Se inclinó sobre la mesa y se cubrió los ojos, que de forma repentina e irrevocable se llenaban de lágrimas.

—Acabo de ver a un amigo muy querido, a un camarada, a punto de ser torturado hasta morir, y la mitad de mi vida ha sido aplastada, ha reventado, y no sé por qué, y tengo que encontrar a la puta doctora Barbile por toda la ciudad para enterarme de lo que sucede, y vengo a ti por… porque se supone que eres mi amigo, ¿y qué? ¿Y estás… ocupado…?

Las lágrimas se deslizaban bajo sus dedos, recorriendo todo su rostro. Se limpió los ojos violentamente con las manos y sorbió, alzando la mirada un momento. Vio que Isaac y el otro hombre la miraban con extraordinaria, absurda intensidad. Parpadeó.

La mano de Isaac voló por encima de la mesa y le apretó la muñeca.

— ¿Que tienes que encontrar a quién?

28

—Bien —dijo Bentham Rudgutter cuidadoso—. No he conseguido sacarle nada. Todavía.

— ¿Ni siquiera el nombre de la fuente? —preguntó Stem-Fulcher.

—No —Rudgutter apretó los labios y negó poco a poco con la cabeza—. Se cierra en banda. Pero no creo que sea demasiado difícil descubrirlo. Después de todo, solo puede tratarse de un número reducido de personas. Debe de ser alguien en I+D, y probablemente se trate de alguien del proyecto PA… Puede que sepamos más cuando los inquisidores lo hayan interrogado.

—Entonces —dijo Stem-Fulcher— estamos igual.

—Así es.

Stem-Fulcher, Rudgutter y Montjohn Rescue estaban de pie, rodeados por una unidad de guardia de élite, en un túnel en las profundidades de la estación de Perdido. Las lámparas de gas arrojaban sombras indelebles en la penumbra. Los pequeños puntos de luz perezosa se extendían hasta donde les alcanzaba la mirada. Un poco a su espalda se encontraba la jaula que acababan de abandonar.

Ante una señal de Rudgutter, él, sus acompañantes y la escolta comenzaron a dirigirse hacia la oscuridad. La milicia marchaba en formación.

—Bien —dijo el alcalde—. ¿Tenéis los dos las tijeras? — Stem-Fulcher y Rescue asintieron—. Hace cuatro años se trataba de juegos de ajedrez —musitó—. Recuerdo cuando la Tejedora cambió de gustos y nos costó tres muertes darnos cuenta de lo que quería. —Se produjo una inquieta pausa—. Nuestra información está bastante actualizada —siguió Rudgutter con tétrico humor—. Hablé con el doctor Kapnellior antes de reunirme con vosotros. Es nuestro «experto» residente respecto a la Tejedora… una especie de contradicción. Solo significa que prácticamente no sabe nada sobre ellas, al contrario que nosotros, que no sabemos absolutamente nada. Me ha asegurado que las tijeras siguen siendo su objeto más codiciado. —Tras un momento, volvió a hablar—. Hablaré yo. Ya lo he hecho con anterioridad. — No estaba seguro de si aquello era una ventaja o un inconveniente.

El pasillo terminaba en una gruesa puerta de roble reforzado con hierro. El hombre a la cabeza de la unidad de la milicia deslizó una enorme llave en la cerradura y la giró suavemente. Empujó la puerta con todas sus fuerzas ante el gran peso y entró en la sala oscura que había al otro lado. Estaba bien entrenado. Su disciplina era acero puro. Después de todo, tenía que estar muerto de miedo.