El resto de los oficiales lo siguió delante de Rescue y Stem-Fulcher, y por fin de Bentham Rudgutter, que cerró la puerta tras ellos.
Cuando se detuvieron en la habitación, todos sintieron un momento de dislocación, una voluta de inquietud que perforaba su piel como una inercia prácticamente física. Largas hebras, invisibles filamentos de éter retorcido y emociones, se coagulaban en intrincados patrones alrededor de la sala, se pegaban a los intrusos, y los envolvían.
Rudgutter tiritó. Por el rabillo del ojo alcanzó a divisar briznas que se plegaban en la inexistencia al mirarlas claramente.
La sala estaba tan oscura como si hubiera sido amortajada con telarañas. Todas las paredes estaban cubiertas de tijeras unidas en un extraño diseño. Las herramientas se perseguían las unas a las otras como peces predadores; ascendían por el techo, se enroscaban sobre sí mismas y sobre las demás en convulsos e inquietantes bosquejos geométricos.
La milicia y sus superiores permanecieron quietos contra una pared de la sala. No había fuentes visibles de luz, pero podían ver. La atmósfera del lugar parecía monocroma, o perturbada en algún modo, pues la claridad empalidecía acobardada.
Así permanecieron durante largo rato. No había sonido alguno.
Lenta, silenciosamente, Bentham Rudgutter buscó en la bolsa que portaba y saco las grandes tijeras grises que había hecho comprar a un ayudante en la tienda de un herrero, en el vestíbulo comercial más bajo de la estación de Perdido.
Las abrió con un ruido acerado y las sostuvo en alto en el aire espeso.
Las cerró. La sala reverberó con el sonido inconfundible de las dos hojas que se deslizaban la una contra la otra, matando su inexorable división.
Los ecos retumbaron como las moscas en la tela de una araña, deslizándose hacia una oscura dimensión en el corazón de la sala.
Una bocanada de aire frío puso la piel de gallina a todos los congregados.
Los ecos de las tijeras rebotaron.
Mientras regresaban y trepaban desde debajo del umbral de audición, los retumbos se metamorfosearon y se convertían en palabras, en una voz melodiosa y melancólica, al principio un mero susurro, después más audaz, que giraba sobre sí misma hasta cobrar existencia a partir del eco de las tijeras. Era indescriptible, triste, aterradora, seductora; no resonaba en los oídos, sino en lo más profundo, en la sangre y el hueso, en los plexos nerviosos.
…CARNASCAPA EN EL PLIEGUE DE CARNASCAPA PARA HABLAR SALUDO EN ESTE REINO TIJERETEADO RECIBIRÉ Y SERÉ RECIBIDA…
En el temeroso silencio, Rudgutter gesticuló a Stem-Fulcher y a Rescue, hasta que comprendieron y levantaron sus tijeras como él había hecho, abriéndolas y cerrándolas con fuerza, cortando el aire con un sonido casi táctil. El alcalde se unió a ellos, y los tres abrieron y cerraron sus hojas en un macabro aplauso.
Ante el sonido de aquel susurro chasqueante, la voz ultraterrena resonó de nuevo en la estancia, gimiendo con obsceno placer. Cada vez que hablaba, era como si lo que se perdía en el volumen inaudible fuera solo un fragmento de su incesante retahila.
…una y otra y otra y otra vez no soporto estas invocaciones cortantes este himno afilado acepto acepto vuestro corte tan agradable y vosotros pequeñas figurillas endoesqueléticas cortáis y rasuráis y rajáis las cuerdas de la telaraña tejida y le dais forma con gracia grosera…
Desde las sombras arrojadas por formas invisibles, espectros que parecían estirados y tensos, tendidos de una esquina a otra de aquella habitación cuadrada, algo se mostró.
Un ser surgió a la existencia de repente donde antes no había habido nada. Llegó desde detrás de algún pliegue en el espacio.
Dio un paso adelante mientras se alzaba delicadamente sobre patas puntiagudas, meneando su cuerpo vasto, alzando múltiples patas. Miró a Rudgutter y sus compañeros desde una cabeza que acechaba amenazadora y colosal por encima de ellos.
Una araña. Rudgutter se había entrenado de forma rigurosa. Era un hombre sin imaginación, una persona fría que se gobernaba mediante una disciplina industrial. No era capaz de sentir terror.
Pero, contemplando a la Tejedora, cerca anduvo.
Era peor, mucho más amenazadora que el embajador. Los infernales eran terribles y majestuosos, poderes monstruosos por los que Rudgutter sentía el más profundo respeto. Pero… pero los comprendía. Eran torturados y torturadores, calculadores y caprichosos. Astutos. Inteligibles. Eran políticos.
La Tejedora era completamente alienígena. No había negociación, no había juegos. Ya se había intentado.
Rudgutter se controló, enfadado, juzgándose con severidad, estudiando al ser ante él en un intento por darle realidad, por metabolizar la imagen.
La masa de la Tejedora se concentraba en su enorme abdomen con forma de lágrima, que colgaba hacia abajo desde el cuello-cadera, una fruta densa y bulbosa de más de dos metros de largo y uno y medio de ancho. Era absolutamente liso y suave, y su quitina irradiaba una negra iridiscencia.
La cabeza de la criatura tenía el tamaño del pecho de un hombre. Quedaba suspendida del frente del abdomen, a un tercio del camino hasta su coronación. La gruesa curva del cuerpo se alzaba amenazadora como unos inmensos hombros envueltos en gasa negra.
La cabeza giró lentamente para observar a los visitantes.
La zona superior era suave y pelada, como un cráneo humano pintado de negro. Mostraba múltiples ojos de color sangre: dos orbes principales, grandes como la cabeza de un recién nacido, descansaban en cuencas hundidas a ambos lados; entre ellos había un tercero mucho menor; sobre este dos más; sobre ellos otros tres. Una intrincada y precisa constelación de destellos de oscuro escarlata. Una batería sin párpados.
Las complejas fauces de la Tejedora se separaron, flexionando la quijada interior, que estaba entre una mandíbula y un cepo de marfil negro. El esófago rezumante se flexionó y vibró en lo más profundo.
Las patas, delgadas y descarnadas como los tobillos humanos, brotaban de la estrecha banda de carne segmentada que unía la cabeza con el abdomen. La Tejedora caminaba sobre las cuatro patas traseras, que se alzaban hacia arriba y hacia fuera en un ángulo de cuarenta y cinco grados, doblándose casi medio metro por encima de la cabeza grotesca del monstruo, sobre el punto más alto del abdomen. Retrocedían entonces desde esta articulación bajando casi tres metros y terminaban en puntas lisas y afiladas como estiletes.
Como una tarántula, la Tejedora alzaba una pata cada vez, levantándola mucho y bajándola con la delicadeza de un cirujano o de un artista. Era un movimiento lento, siniestro, inhumano.
Desde el mismo pliegue intrincado del que emergía ese gran armazón cuadrúpedo surgían dos juegos de patas más cortas. El primero, de tres metros de longitud, descansaba apuntando hacia arriba desde los codos. Cada una de aquellas delgadas y resistentes puntas de quitina terminaba en una garra de cuarenta y cinco centímetros, un cruel fragmento pulimentado de cáscara roja, afilado como un escalpelo. En la base de cada arma brotaba un rizo de hueso arácnido, un garfio filudo para desgarrar y rebanar a las presas.
Estos kukris orgánicos se extendían como amplios cuernos, como lanzas, como ostentosas muestras de potencial asesino.
Y, frente a ellos, el último par de miembros colgaba hacia abajo. En su extremo, a medio camino entre la cabeza de la Tejedora y el suelo, había un par de delgadas y diminutas manos, con cinco dedos alargados cada una. Solo las puntas lisas, sin uñas, y la piel de un alienígeno negro nacarado y absoluto, las distinguían de las de un niño humano.
La Tejedora dobló los codos hacia arriba para juntar aquellas manos, aplaudiendo y frotando lenta, incesantemente. Era un movimiento furtivo de horripilante humanidad, como el de un afectado sacerdote pecador.