Las corrientes nocturnas trajeron con ellas algo enervante, una pulsátil sensación de inquietud. Algo más profundo que la ansiedad habitual.
En algunas de las casas, las grandes ventanas quedaban iluminadas mediante suaves muselinas difusoras. Mujeres vestidas con camisa y ceñido traje de noche se frotaban lascivas, o miraban a los viandantes a través de tímidas caídas de ojos. Allí también había lupanares xenianos, donde los jóvenes borrachos se animaban en ritos de iniciación, follándose a khepris, a vodyanoi o a otras especies más exóticas. Viendo aquellos establecimientos, David pensó en Isaac. Trató de alejar de sí la imagen.
No se detuvo. No tomó a ninguna de las mujeres que lo rodeaban. Siguió más adentro.
Dobló una esquina y entró en una hilera de casas más bajas y desagradables. En las ventanas se veían sutiles pistas sobre la naturaleza de la mercancía. Látigos. Esposas. Una niña de siete u ocho años en una cuna, lloriqueando y moqueando.
David siguió todavía más hacia dentro. Las multitudes se fueron diluyendo, aunque nunca estuvo solo. El aire nocturno rebosaba de leves ruidos. Habitaciones llenas de conversaciones. Música bien interpretada. Risas. Gritos de dolor y el ladrido o el aullido de animales.
Había un ruinoso callejón sin salida cerca del corazón del sector, un pequeño remanso de tranquilidad en el laberinto. David tomó su empedrado con un débil temblor. En las puertas de aquellos establecimientos había hombres. Aguardaban pesados y hoscos, con trajes baratos, y vetaban al miserable que se acercaba a ellos.
David se dirigió a una de las puertas. El enorme portero lo detuvo con una mano impasible en el pecho.
—Me ha enviado el señor Tollmeck —musitó David. El hombre lo dejó pasar.
En el interior, la pantalla de las lámparas era gruesa y sucia. El recibidor parecía glutinoso con aquella luz del color de las heces. Detrás de un escritorio esperaba una mujer seria de mediana edad, ataviada con un traje floral que encajaba con las pantallas. Miró a David a través de unos anteojos de media luna.
— ¿Es usted nuevo en nuestro establecimiento? —preguntó—. ¿Tiene cita?
—Tengo reservada la habitación diecisiete a las nueve en punto. Orrel —dijo David. La mujer enarcó ligeramente las cejas e inclinó la cabeza. Consultó el libro que tenía enfrente.
—Ya veo. Llega… —consultó el reloj de la pared—. Llega diez minutos antes, pero ya puede ir subiendo. ¿Conoce el camino? Sally le está esperando. —Levantó la mirada y le lanzó un (horrendo, monstruoso) guiño cómplice y una sonrisa. David se sintió asqueado.
Se alejó rápidamente de ella y se dirigió hacia las escaleras.
Su corazón comenzó a acelerarse mientras subía, y al emerger al largo pasillo en lo alto de la casa. Recordó la primera vez que acudió a aquel lugar. La habitación diecisiete estaba al final del pasillo.
Se dirigió hacia ella.
Odiaba aquella planta. Odiaba el papel, lleno de ligeras ampollas, el olor peculiar que emanaba de los cuartos, los sonidos provocadores que flotaban a través de los tabiques. Casi todas las puertas estaban abiertas, por convención. Las cerradas estaban ocupadas por jugadores.
La de la habitación diecisiete estaba cerrada, por supuesto. Era una excepción a las reglas de la casa.
David avanzó lentamente por la hedionda alfombra y se aproximó a la primera puerta. Por misericordia, estaba cerrada, pero la hoja de madera no lograba contener los ruidos: gritos apagados, intermitentes; el crujido del látigo que se estiraba; un siseo, una voz cargada de odio. David giró la cabeza y se encontró mirando la puerta opuesta. Alcanzó a vislumbrar la figura desnuda sobre la cama. La chica, de no más de quince años, le devolvió la mirada. Se incorporó sobre las cuatro extremidades… sus brazos y piernas eran hirsutos y terminados en garras… patas de perro.
Los ojos de David se clavaron en los de ella con un horror hipnótico, lascivo, al pasar de largo; la chica saltó al suelo con un torpe movimiento canino, girándose chambona como una cuadrúpeda sin práctica. Lo miró esperanzada por encima del hombro, mostrándole el ano y la vagina.
David quedó boquiabierto y sus ojos se vidriaron.
Allí era donde se avergonzaba de sí mismo, en aquel serrallo de putas rehechas.
La ciudad estaba llena de prostitutas rehechas, por supuesto. A menudo era la única estrategia viable para que aquellos hombres y mujeres se salvaran de la inanición. Pero allí, en los barrios bajos, los pecados se satisfacían de la forma más sofisticada.
Casi todas las fulanas rehechas habían sido castigadas por crímenes variados: su reconstrucción no solía ser más que un extraño obstáculo para su trabajo sexual, lo que disminuía su precio. Aquel distrito, sin embargo, era para los especialistas, para el consumidor entendido. Allí las putas eran rehechas especialmente para la profesión. Había cuerpos caros reconstruidos en formas adecuadas para los delicados gourmets de la carne pervertida. Había niños vendidos por sus padres, mujeres y hombres forzados por las deudas a venderse a los escultores de carne, a los reconstructores ilegales. Corrían rumores de que muchos habían sido sentenciados a cualquier otra reconstrucción, solo para verse alterados en las fábricas de carne según extraños designios carnales para ser vendidos como chaperos y madamas. Era un rentable negocio secundario para los biotaumaturgos del estado.
El tiempo se estiró enfermizo en aquel corredor infinito, como la melaza rancia. En cada puerta, en cada parada a lo largo del camino, David no podía evitar echar un vistazo al interior. Deseaba apartarse, pero sus ojos no se lo permitían.
Era como un jardín de pesadillas. Cada sala contenía una flor carnal única, un capullo de tortura.
Pasó frente a cuerpos desnudos cubiertos de pechos como los pesos de las balanzas; monstruosos torsos de cangrejo con núbiles piernas femeninas en ambos extremos; una mujer que lo observaba con ojos inteligentes sobre una segunda vulva, su boca una raja vertical con húmedos labios, un eco carnal de su otra vagina entre las piernas abiertas. Dos muchachos pequeños que observaban atónitos sus falos descomunales. Una hermafrodita con múltiples manos.
Se produjo un golpe dentro de la cabeza de David. Se sentía confundido por el horror, exhausto.
La sala diecisiete estaba frente a él. No se dio la vuelta. Imaginó los ojos de los rehechos a su espalda, sobre él, observándolo desde sus prisiones de sangre, hueso y sexo.
Llamó a la puerta. Después de un instante, oyó la cadena retirarse desde dentro y la hoja se abrió un poco. David entró alzando la cabeza, dejando el vergonzante corredor dentro de su propia corrupción privada. La puerta se cerró.
Un hombre vestido con traje esperaba sobre la sucia cama, alisándose la corbata. Otro, el que había abierto la puerta, se encontraba detrás de David con los brazos cruzados. David lo observó brevemente y volvió su atención hacia el que estaba sentado.
Este le señaló una silla a los pies de la cama y le invitó a situarla frente a él.
Se sentó.
—Hola, «Sally» —dijo en voz queda.
—Serachin —le respondió él. Era delgado, de mediana edad. Su mirada era calculadora e inteligente. Parecía totalmente fuera de lugar en aquella habitación ruinosa, aquella casa vil, mas su expresión era compuesta. Había esperado paciente y cómodo entre las putas rehechas como lo hubiera hecho en el Parlamento.
—Me pediste que me reuniera contigo —dijo el hombre—. Hacía mucho que no oíamos de ti. Te habíamos marcado como durmiente.
—Bueno… —respondió David incómodo—. No hay mucho de lo que informar. Hasta ahora. —El hombre asintió juicioso y aguardó.
David se humedeció los labios. Le costaba hablar. El hombre lo miraba con expresión ceñuda.