—El precio sigue siendo el mismo, ya sabes —le animó—. Incluso un poco mayor.
—No, dioses, yo… —tartamudeó David—. Solo es que… ya sabes… la práctica… —El hombre volvió a asentir.
Muy falto de práctica, pensó David indefenso. Han pasado seis años desde la última vez, y prometí no volver a hacerlo. Salí de esto. Te cansaste del chantaje y no necesitabas el dinero…
La primera vez, hacía quince años, habían entrado en aquella misma habitación mientras David eyaculaba en una de las bocas de una cadavérica y desdichada rehecha. Le habían dicho que enviarían las imágenes a los periódicos, a las revistas y a la universidad. Le habían ofrecido una opción. Pagaban bien.
Había informado. Solo como agente libre; una vez, puede que dos al año. Y entonces lo había dejado durante mucho tiempo. Hasta ahora. Porque ahora estaba asustado.
Inspiró profundamente y comenzó.
—Está pasando algo grande. Por Jabber, no sé por dónde empezar. ¿Conocéis la enfermedad que está circulando por ahí? ¿Lo de la idiocia? Bueno, pues sé dónde comenzó. Pensé que podríamos ocuparnos de ello, que todo sería… contenible… ¡Por la cola del Diablo! Se hace cada vez más grande, y… y creo que necesitamos ayuda. —En algún sitio de sus tripas, una pequeña parte de él escupió disgustada ante aquella cobardía, aquel delirio, pero David habló rápidamente, sin parar—. Todo comienza con Isaac.
— ¿Dan der Grimnebulin? —preguntó el hombre—. ¿Aquel con el que compartes el taller? El teórico renegado. El científico de la guerrilla con un talento para el engrandecimiento personal. ¿En qué ha andado metido? —El hombre sonreía con frialdad.
—Bueno, mirad. Ha recibido un encargo de… bueno, le han encargado que investigue el vuelo, y se hizo con montones de bichos voladores para estudiarlos. Pájaros, insectos, aspis, toda la pesca. Y una de esas cosas es un ciempiés enorme. Ese maldito bicho está todo el día que parece que se va a morir, y de repente Isaac encuentra un modo de mantenerlo con vida, porque va un día y no para de crecer. Enorme. La hostia… así de grande. —Extendió las manos hasta alcanzar una aceptable estimación del tamaño del gusano. El hombre lo miraba con atención, el rostro serio, las manos apretadas—. Entonces entra en fase de crisálida, y todos teníamos mucho interés por ver lo que salía. Así que nos fuimos un día a casa y Lublamai, el otro tipo del edificio, ya sabes, y Lublamai aparece allí tirado, babeando. No sé qué coño era lo que salió de aquel capullo, pero ese hijo puta se comió su mente… y… y se escapó, y quedó libre…
El hombre inclinó la cabeza con un asentimiento decisivo, muy distinto a sus anteriores invitaciones casuales a compartir información.
—Así que pensaste que era mejor mantenernos informados.
— ¡No, coño! No pensé… Incluso entonces pensé que podríamos ocuparnos. Es decir, Jabber, estaba cabreado con Isaac, estaba muy cabreado. Pero pensé que podíamos encontrar un modo de dar con ese maldito bicho, de recuperar a Lub… Bueno, y todo comienza con cada vez más casos de esos, con gente… sin mente… Pero lo principal es que le seguimos la pista al que le vendió aquel bicho a Isaac. Es algún secretario capullo que se lo robó a I + D en el mismísimo Parlamento. Y yo pienso: «Joder, no quiero problemas con el gobierno». —El hombre de la cama asintió ante el buen juicio de David—. Así que decidí que esto nos sobrepasaba… de largo. —Hizo una pausa. El hombre en la cama abrió la boca para hablar, pero David lo cortó—. ¡No, espera, que no acaba aquí! Porque he oído lo del follón en Arboleda y sé que habéis enchironado al editor del Renegado Rampante, ¿no? —El hombre aguardó, limpiándose un polvo imaginario de la chaqueta en un movimiento automático. El asunto no se había anunciado, pero el matadero en ruinas no dejaba lugar a dudas de que en la Perrera se había asaltado un antro sedicioso, y los rumores abundaban—. Pues una de las amigas de Isaac escribe en el panfleto ese, y ha contactado con el editor. No sé cómo, con alguna taumaturgia, y le ha dicho dos cosas. Una es que los inquisidores, vosotros, creen que sabe algo que no sabe, y la otra es que están preguntándole por una historia en RR y la fuente de la misma, que al parecer sí que sabe lo que ellos creen que sabe él. Se llama Barbile. ¡Y escuchad esto! ¡Es a ella a la que nuestro secretario le robó el ciempiés monstruoso! —David hizo una pausa y esperó a ver el impacto en el hombre, antes de seguir—. Así que todo empieza a conectarse, y no sé qué es lo que está pasando. Ni quiero. Solo veo que estamos… en terreno peligroso. Puede que sea una coincidencia, pero no me lo creo. No me importa perseguir monstruos, pero no pienso ponerme en contra de la milicia, y de la policía secreta, y del gobierno. Os toca a vosotros limpiar toda esta mierda.
El hombre dio una palmada. David recordó algo más.
— ¡Ah, mierda, escucha! Me he estado estrujando los sesos, tratando de comprender lo que está pasando y… bueno, no sé si vale de algo, pero ¿tiene algo que ver con la energía de crisis?
El hombre negó con la cabeza muy lentamente, su rostro guardado, confundido.
—Sigue.
—Bueno, en un momento al principio de todo el follón, Isaac deja caer… sugiere, que ha construido un… un motor de crisis funcional. ¿Sabes lo que significa eso?
El rostro del hombre era imperturbable; tenía los ojos muy abiertos.
— Soy un enlace para aquellos que informan desde la Ciénaga Brock—siseó—. Sé lo que podría significar… no puede… es decir… Espera un momento, eso no tiene sentido… es… ¿es verdad? —Por primera vez, el hombre parecía realmente impactado.
—No lo sé —respondió David indefenso—. Pero no presumía. Lo mencionó como de pasada, pero… No tengo ni idea. Pero sé que lleva trabajando en ello, de forma intermitente, desde hace un huevo de años.
Se produjo un largo silencio durante el que el hombre de la cama observó pensativo una esquina del cuarto. Su rostro expresaba toda la gama de emociones. Miró a David pensativo.
— ¿Cómo sabes todo esto? —dijo.
—Isaac confía en mí —respondió, y ese lugar en su interior se encogió de nuevo, aunque volvió a ignorarlo—. Al principio la mujer…
— ¿Nombre? —interrumpió el otro.
—Derkhan Blueday —murmuró tras una pausa—. Al principio Blueday se cuidaba mucho de hablar conmigo delante, pero Isaac… responde por mí. Conoce mi política, hemos ido juntos a manifestaciones… —de nuevo la conciencia: tú no tienes política, traidor de mierda—. Pero es que en tiempos así… —titubeó, infeliz. El hombre le hizo un gesto perentorio. No le interesaba la culpa de David, ni sus justificaciones—. Así que Isaac le dice que puede confiar en mí, y nos lo cuenta todo.
Se produjo otro largo silencio. El hombre de la cama aguardó y David se encogió de hombros.
—Eso es todo cuanto sé —susurró.
El hombre asintió y se puso en pie.
—Muy bien —dijo—. Ha sido todo… extremadamente útil. Es posible que tengamos que hablar a tu amigo Isaac. No te preocupes —añadió con una sonrisa tranquilizadora—. Te prometo que no tenemos ningún interés en disponer de él. Pero puede que necesitemos su ayuda. Por supuesto, tienes razón. Hay un círculo que cuadrar, contactos que hacer, y tú no estás en posición de lograrlo. Nosotros sí… con la ayuda de Isaac. Tendrás que mantenerte en contacto. Recibirás instrucciones escritas. Asegúrate de obedecerlas. Por supuesto, no tengo que insistir en este punto, ¿no es así? No aseguraremos de que der Grimnebulin no sepa de dónde procede nuestra información. Puede que no actuemos en algunos días, pero no te asustes. Es asunto nuestro. Solo cierra la boca y trata de que der Grimnebulin siga haciendo lo que esté haciendo. ¿De acuerdo?