David asintió desdichado y esperó. El hombre lo miró con severidad.
—Eso es todo —dijo—. Puedes marcharte.
Con celeridad culpable, agradecida, David se incorporó y corrió hacia la puerta. Sintió como si nadara en fango, mientras su propia vergüenza lo engullía como un mar de flema. Ansiaba alejarse de aquella habitación y olvidar lo que había dicho y hecho, no pensar en las monedas y los billetes que le mandarían, pensar solo en la lealtad que sentía hacia Isaac, explicarle que todo era para mejor.
El otro hombre abrió la puerta frente a él, liberándolo, y David se apresuró agradecido, corriendo casi por el pasillo, ansioso por escapar.
Pero por mucho que corriera a través de las calles de Hogar de Esputo, la culpa se aferraba a él, tenaz como las arenas movedizas.
30
Una noche, la ciudad dormía con paz razonable.
Por supuesto, la oprimían las interrupciones habituales. Los hombres y mujeres luchaban entre ellos y morían. La sangre y el vómito manchaban las viejas calles. Los cristales se rompían. La milicia surcaba los cielos. Los dirigibles rugían como ballenas monstruosas. El cuerpo mutilado, sin ojos, de un hombre que más tarde sería identificado como Benjamín Flex, fue encontrado flotando en Malado.
La ciudad bregaba inquieta a través de la noche, como había hecho a lo largo de los siglos. Era un sueño fracturado, pero el único que había conocido.
Pero a la noche siguiente, cuando David completó su furtiva tarea en los barrios bajos, algo cambió. La Nueva Crobuzon nocturna siempre había sido un caos de ritmos discordantes y acordes violentos, repentinos. Ahora sonaba una nueva nota, un tono sutil, tenso, susurrado, que enfermaba el aire.
Una noche, la tensión era algo delgado, tentativo, que se abría camino en la mente de los ciudadanos, arrojando sombras sobre sus rostros dormidos. Entonces llegaba el día y nadie recordaba más que un momento de inquietud nocturna.
Y entonces las sombras se alargaron y la temperatura descendió, y cuando la noche regresó desde debajo del mundo, algo nuevo y terrible se aposentó sobre la ciudad.
Por toda la conurbación, desde la Colina de la Bandera al norte hasta Barracan bajo el río, desde los intermitentes suburbios de Malado al este hasta las toscas barriadas industriales de Campanario, la gente se agitaba gimiente en sus camas.
Los niños eran los primeros. Lloraban y se clavaban las uñas en las manos, retorciendo sus caritas en duras muecas, sudando sin parar con un hedor empalagoso; sus cabezas oscilaban horrendas de un lado a otro, mas sin despertar.
A medida que la noche avanzaba, también eran los adultos los que sufrían. En las profundidades de otro inocuo sueño, los viejos miedos y las paranoias llegaban de repente atravesando murallas mentales, como ejércitos invasores. Sucesiones de imágenes pavorosas asaltaban a los afligidos, visiones animadas de miedos profundos, banalidades absurdamente aterradoras (fantasmas y trasgos a los que nunca deberían enfrentarse) de los que se reirían de estar despiertos.
Aquellos que de forma arbitraria se salvaban de la ordalía despertaban de repente en lo más profundo de la noche, por los gemidos y gritos de sus amantes dormidos, por sus sollozos desesperados. A veces los sueños podían ser de sexo o felicidad, pero aumentados y febriles hasta tornarse espantosos en su intensidad. En aquella retorcida celada nocturna, lo bueno era malo, y lo malo era peor.
La ciudad se mecía temblorosa. Los sueños devenían pestilencia, un bacilo que parecía saltar de un durmiente a otro. Incluso invadían las mentes durante la vigilia. Los vigilantes nocturnos y los agentes de la milicia; las bailarinas y los estudiantes frenéticos; los insomnes se encontraban perdiendo la concentración, cayendo en fantasías y meditaciones de extraña, alucinatoria intensidad.
Por toda la ciudad, la noche quedaba fisurada por gritos de miseria nocturna.
Nueva Crobuzon estaba en garras de una epidemia, una enfermedad, una plaga de pesadillas.
El verano se coagulaba sobre Nueva Crobuzon, sofocándola. El aire de la noche era caliente, espeso como el aliento exhalado. Muy por encima de la ciudad, transfiguradas entre las nubes y la urbe, las grandes criaturas aladas babeaban.
Extendían y batían sus vastas alas irregulares, lo que provocaba gruesas corrientes de aire en caótico movimiento. Sus intrincados apéndices (tentaculares, insectiles, antropoides, quitinosos, numerosos) se agitaban al surcar la febril excitación.
Abrían sus perturbadoras fauces y desenrollaban las largas lenguas emplumadas hacia los tejados. El mismo aire estaba empapado de sueños, y los seres voladores lamían ansiosos aquel jugo suculento. Cuando las frondas que remataban sus lenguas pesaban por el néctar invisible, las enrollaban hasta sus bocas con un chasquido lujurioso, afilando sus enormes dientes.
Surcaban los cielos, defecando, exudando los restos de sus anteriores comidas. El rastro invisible se extendía desde el aire, un efluvio psíquico que se deslizaba grumoso, cuajado, entre los intersticios del plano mundano. Rezumaba a través del éter hasta cubrir la ciudad, saturaba las mentes de sus habitantes, perturbaba su reposo y sacaba a los monstruos a la luz. Los dormidos y los despiertos sentían sus mentes retorcerse.
Los cinco marcharon de caza.
Entre el vasto y caótico caldo de pesadillas urbanas, cada uno de los seres oscuros podía discernir deliciosos rastros serpenteantes.
Normalmente eran cazadores oportunistas. Esperaban hasta que olían algún gran tumulto mental, alguna mente especialmente sabrosa en sus propias exudaciones. Entonces, los intrincados voladores giraban y descendían sobre su presa. Usaban sus manos delgadas para descerrar las ventanas de las plantas altas y recorrían áticos bañados por la luna hacia los trémulos durmientes para saciarse. Se aferraban con una multitud de apéndices a las figuras solitarias que recorrían la orilla del río, gentes que, mientras eran absorbidas, chillaban sin cesar a una noche ya ahita de plañidos quejumbrosos.
Pero cuando abandonaban los cascarones de carne de sus comidas para sacudirse y repantigarse sobre los tejados y las callejuelas oscuras, cuando la cuchillada del hambre remitía y era posible alimentarse más despaciosamente, por placer, las criaturas aladas se tornaban curiosas. Saboreaban el débil caldo de mentes que ya habían catado antes y, como inquisitivas bestias de caza de fría inteligencia, las perseguían.
Allí estaba el tenue rastro mental de uno de los guardias que se encontraba en el exterior de su jaula en el Barrio Oseo, fantaseando con la esposa de su amigo. Sus sabrosas imaginaciones flotaban hasta enroscarse alrededor de la lengua trémula. La criatura que lo saboreó giró en el cielo, trazando el arco caótico de una mariposa o una polilla, descendiendo hacia Ecomir, siguiendo el olor de su presa.
Otra de las grandes formas aéreas trazó de repente un gran ocho en cielo y volvió sobre sus pasos, en busca del sabor familiar que se había filtrado entre sus papilas gustativas. Era un aroma nervioso que había impregnado los capullos de los monstruos en pupa. La gran bestia flotó sobre la ciudad y su saliva se disipó en varias dimensiones bajo ella. Las emisiones eran oscuras, de una fragilidad frustrante, pero su sentido del gusto estaba muy desarrollado y la arrastró hacia Mafatón, abriéndose camino a lametones hacia el tentador aroma de la científica que los había visto crecer: Magesta Barbile.
El redrojo, el cachorro mal alimentado que había liberado a sus camaradas, también encontró un rastro de sabor rememorado. Su mente no estaba tan desarrollada, sus papilas eran menos exactas: no podría perseguir un aroma intermitente desde el aire. Pero, incómodo, lo intentó. El sabor completo de la mente era tan familiar… Había rodeado a aquella criatura deforme durante su florecer a la consciencia, durante su crisálida y la creación de su capullo de seda. Perdió y halló de nuevo el rastro. Lo perdió de nuevo torpemente.