El menor y más débil de aquellos batidores nocturnos, mucho más fuerte que cualquier hombre, famélico y predador, buscaba sus caminos con la lengua a través del cielo, tratando de recuperar el rastro de Isaac Dan der Grimnebulin.
Isaac, Derkhan y Lemuel Pigeon aguardaban inquietos en la esquina, bajo el fulgor humeante de la luz de gas.
— ¿Dónde cono está tu compañero? —siseó Isaac.
—Llega tarde, probablemente no encuentre esto. Ya te dije que es idiota perdido —respondió Lemuel con calma. Sacó una navaja automática y comenzó a limpiarse las uñas.
— ¿Para qué lo necesitamos?
—No te hagas el inocentón, Isaac. Se te da bien enseñarme el dinero suficiente para que haga toda clase de trabajos que van contra mi buen juicio, pero hay límites. No pienso verme involucrado en nada que irrite al maldito gobierno sin tener protección. Y el señor X me la proporciona, con creces.
Isaac maldijo en silencio, pero sabía que Lemuel tenía razón.
No le gustaba la idea de involucrar a Lemuel en aquella aventura, pero los acontecimientos conspiraban rápidamente para no dejarle otra opción. Estaba claro que David era refractario a ayudarle a encontrar a Magesta Barbile. Parecía paralizado, un manojo de nervios a flor de piel. Isaac comenzaba a perder la paciencia con él. Necesitaba ayuda, y quería que David reaccionaria e hiciera cualquier cosa. Pero ahora no era el momento de enfrentarse a él.
Derkhan le había proporcionado, de forma inadvertida, el nombre que parecía la clave de todos los misterios interrelacionados sobre la presencia en los cielos y el enigmático interrogatorio de Ben Flex por parte de la milicia. Isaac hizo correr la voz, dándole a Lemuel Pigeon la información que tenían: Mafatón, científica, I+D. Incluyó dinero, algunas guineas (mientras se fijaba en que el oro que le había dado Yagharek comenzaba a agotarse poco a poco), y le suplicó información y ayuda.
Por eso contuvo su ira cuando el señor X llegó tarde. A pesar de su pantomima de impaciencia, aquella clase de protección era el motivo exacto por el que había hablado con Lemuel.
Convencer al propio Lemuel para que los acompañara a la dirección en Mafatón no fue muy difícil. Mostraba un despreocupado desprecio por los detalles, era un mercenario que no deseaba más que se le pagara por sus esfuerzos. Isaac no lo creía. Pensaba que Lemuel estaba cada vez más interesado en aquella intriga.
Yagharek era diamantino en su negativa a acudir. Isaac había tratado de persuadirlo con celeridad y fervor, pero el garuda ni siquiera había replicado. ¿Y qué coño vas a hacer entonces aquí?, quería preguntarle, aunque se tragó su irritación y lo dejó en paz. Quizá tardara un tiempo en comportarse como si formara parte de un colectivo. Esperaría.
Lin se había marchado justo antes de llegar Derkhan. No quería dejar a Isaac en su depresión, pero también ella parecía distraída. Solo se había quedado una noche, y cuando se marchó prometió a Isaac que volvería en cuanto le fuera posible. Pero entonces, a la mañana siguiente, Isaac recibió una carta con su letra cursiva, entregada desde el otro lado de la ciudad mediante un caro mensajero garantizado.
Cariño, Temo que puedas sentirte enfadado y traicionado por esto, pero trata de entenderlo. En casa me estaba esperando otra carta de mi empleador, mi patrón, mi mecenas, si lo prefieres. Justo tras la misiva en la que me decía que no sería necesaria en un futuro cercano, llegó otro mensaje indicando que debía volver.
Sé que el momento no puede ser peor. Solo te pido que creas que desobedecería de poder hacerlo, pero no es así. No puedo, Isaac. Trataré de acabar mi trabajo para él en cuanto me sea posible, en una semana o dos, espero, para volver a tu lado.
Espérame.
Con mi amor, Lin.
Por tanto, esperando en la esquina del Paso Confuso, camuflados en el claroscuro de la luna llena a través de las nubes, a la sombra de los árboles del Parque de la Estaca, solo estaban Isaac, Derkhan y Lemuel.
Los tres se movían inquietos, observando las sombras que los sobrevolaban, saltando ante ruidos imaginados. Desde las calles que los rodeaban llegaban sonidos intermitentes de espantosos sueños perturbados. Ante cada gemido o gañido salvaje, los tres se miraban desazonados.
—Mierda puta —siseó Lemuel con irritación y miedo—. ¿Qué está pasando?
—Hay algo en el aire… —murmuró Isaac, apagando su voz al mirar al cielo.
Para colmo de la tensión, Derkhan y Lemuel, que se habían conocido el día anterior, habían decidido rápidamente que se despreciaban. Hacían todo lo posible por ignorarse.
— ¿Cómo conseguiste la dirección? —preguntó Isaac, mientras Lemuel se encogía de hombros irritable.
—Contactos, Isaac. Contactos y corrupción. ¿Tú qué crees? La doctora Barbile dejó sus habitaciones hace un par de días, y desde entonces se le ha visto en este lugar, mucho menos salobre. Solo está a unas tres calles de su vieja casa, no obstante. No tiene imaginación. Ey… —palmeó el brazo de Isaac y señaló la calle sombría—. Ahí está nuestro hombre.
Frente a ellos, una vasta figura se desembarazaba de las sombras y se acercaba pesada hacia ellos. Valoró a Isaac y a Derkhan antes de asentir a Lemuel del modo más absurdamente desenvuelto.
— ¿Qué tal, Pigeon? —dijo, demasiado alto—. ¿Qué va a ser?
—Baja la voz, tío —respondió terso Lemuel—. ¿Qué llevas?
El enorme recién llegado puso un dedo frente a los labios para mostrar que había comprendido. Abrió un lado de su chaqueta, mostrando dos enormes pistolas de pedernal. Isaac se sorprendió ante su tamaño. Tanto él como Derkhan iban armados, pero ninguno con tales cañones. Lemuel asintió aprobador ante el muestrario.
—Vale. Probablemente no hagan falta, pero… ya sabes. Bueno. En silencio. —El hombretón asintió—. Tampoco escuches, ¿eh? Hoy no tienes oídos. —El hombre asintió de nuevo. Lemuel se volvió hacia Isaac y Derkhan—. Oíd. Sabéis lo que queréis preguntarle a la nena. Si es posible, no somos más que sombras. Pero tenemos razones para pensar que la milicia está interesada en esto, y eso significa que no podemos cagarla. Si no colabora, le damos un empujoncito, ¿de acuerdo?
— ¿Eso qué significa en gángsteres? ¿Tortura? —siseó Isaac. Lemuel lo miró con frialdad.
—No. Y no me jodas: me pagas por esto. No tenemos tiempo para hacer el gilipollas, de modo que no voy a dejarle a ella que lo haga. ¿Algún problema? —No hubo respuesta—. Bien. La calle Embarcadero está por aquí, a la derecha.
No se encontraron con otros paseantes nocturnos mientras recorrían las callejuelas traseras. Sus andares eran variados: el compañero de Lemuel, despreocupado y sin miedo, al parecer ajeno al ambiente de pesadilla que flotaba en el aire; el propio Lemuel, con numerosas miradas a los umbrales oscuros; Isaac y Derkhan, con una premura nerviosa, desgraciada.
Se detuvieron en la puerta de Barbile en la calle Embarcadero. Lemuel se giró para indicarle a Isaac que hiciera los honores, pero Derkhan se adelantó.
—Lo haré yo —susurró furiosa. Los demás se retiraron. Cuando se encontraron medio ocultos en el borde del umbral, Derkhan se giró y tiró del cordel de la campana.
Durante un largo tiempo no sucedió nada. Entonces, poco a poco, oyeron los pasos que descendían lentamente las escaleras y se dirigían hacia la puerta. Se detuvieron justo al otro lado y se hizo el silencio. Derkhan aguardó, acallando a los demás con las manos. Al final llegó una voz desde detrás de la puerta.
— ¿Quién es?