Magesta Barbile parecía totalmente aterrada.
Derkhan habló con voz baja y rápida.
—Doctora Barbile, me llamo Derkhan. Tenemos que hablar con usted urgentemente.
Isaac miró alrededor para comprobar las luces de la calle. Al parecer nadie los había visto.
Desde el interior, Barbile ponía las cosas difíciles.
—N-no estoy segura —dijo—. No es un buen momento.
—Doctora Barbile… Magesta… —replicó Derkhan suavemente—. Tiene que abrir la puerta. Podemos ayudarla. Solo abra la puta puerta. Ya.
Se produjo otro momento de duda, pero entonces la doctora quitó la cerradura y abrió la puerta con un quejido. Derkhan estaba a punto de aprovechar para entrar de un empujón, pero se detuvo en seco. Barbile sostenía un rifle. Presentaba un aspecto de horrible incomodidad con él, pero, por poca práctica que tuviera, el arma seguía apuntada hacia su estómago.
—No sé quiénes son… —comenzó Barbile reluctante. Pero antes de que pudiera seguir, el enorme amigo de Lemuel, el señor X, dio un fácil paso alrededor de Derkhan, aferró el rifle y deslizó el canto de la mano sobre el mecanismo de disparo, bloqueando el paso del martillo. Barbile comenzó a gritar y apretó el gatillo, provocando un leve siseo de dolor del señor X cuando el metal percutió en su carne. Tiró hacia atrás del rifle y envió a la doctora volando hacia las escaleras a su espalda.
Mientras se sacudía y trataba de ponerse en pie, el gigante entró en la casa.
Los demás lo siguieron. Derkhan no protestó ante el tratamiento. Lemuel tenía razón. No disponían de tiempo.
El señor X sujetaba con paciencia a la mujer, que se sacudía a un lado y a otro, emitiendo terribles gañidos desde detrás de la mano que le cubría la boca. Tenía los ojos muy abiertos por la histeria y el miedo.
—Por los dioses —susurró Isaac—. ¡Cree que vamos a matarla! ¡Para!
—Magesta —dijo Derkhan en alto, cerrando la puerta de una patada sin mirar atrás—. Magesta, cálmate. No somos la milicia, si es lo que crees. Soy amiga de Benjamín Flex.
Ante aquello, Barbile abrió aún más los ojos y su resistencia remitió.
—Bien —siguió Derkhan—. Benjamín ha sido detenido. Supongo que ya lo sabes. —Barbile la miró y asintió con la cabeza. El enorme empleado de Lemuel probó a quitarle la mano de la boca. No gritó.
—No somos la milicia —repitió Derkhan lentamente—. No vamos a llevarte como se lo llevaron a él. Pero tú sabes… sabes que, si nosotros hemos podido dar contigo, si hemos descubierto quién era el contacto de Ben, ellos también podrán.
— Yo… por eso… —Barbile miró el rifle. Derkhan asintió.
— Muy bien, Magesta, atiende —dijo. Hablaba con gran claridad, clavando su mirada en la de Barbile—. No tenemos mucho tiempo… ¡suéltala, joder! No tenemos mucho tiempo, y creemos que sabes exactamente lo que está pasando. Está sucediendo algo muy, muy raro, y muchos de los hilos convergen en ti. Déjame sugerir algo. ¿Por qué no nos llevas arriba antes de que venga la milicia, y nos los explicas todo?
— Si hubiera sabido lo de Flex… —dijo la doctora. Estaba echa un ovillo sobre el sofá, con una taza de té frío en la mano. A su espalda, un gran espejo ocupaba la mayor parte de la pared—. No sigo las noticias. Tenía una reunión programada con él hace unos días, y cuando no apareció temí de verdad que… no sé, que me hubiera denunciado. — Probablemente lo haya hecho, pensó Derkhan, guardando silencio—. Y entonces oí rumores sobre lo que había pasado en la Perrera cuando la milicia aplastó aquellos disturbios…
No fueron unos putos disturbios, estuvo a punto de gritar Derkhan, aunque se controló. Fuera cual fuera la razón que Magesta Barbile había tenido para darle información a Ben, la disidencia política, desde luego, no era una de ellas.
—Y entonces esos rumores… —siguió la doctora—. Bueno, sumé dos y dos, ¿sabe? Y entonces… y entonces…
— ¿Y entonces te escondiste? —preguntó Derkhan. Barbile asintió.
—Mira —dijo Isaac de repente. Había estado callado hasta entonces, con el rostro reflejando una gran tensión—. ¿Es qué no lo sientes, coño? ¿Es que no lo paladeas? —pasó sus manos, como garras, por la cara, como si el aire fuera algo tangible que pudiera aferrar y manipular—. Es como si el maldito aire nocturno se hubiera vuelto rancio. Ey, puede que sea una simple coincidencia, pero, de momento, todas las cosas malas que han sucedido en el último mes parecen relacionadas en una puta conspiración, y me apuesto los huevos a que esta no es la excepción.
Se inclinó, acercándose a la patética figura de Barbile. Ella lo miró, acobardada y asustada.
—Doctora Barbile —dijo él con tono neutro—: algo que come mentes… incluyendo la de mi amigo; un asalto de la milicia contra el Renegado Rampante; el mismo aire a nuestro alrededor, convertido en una sopa podrida… ¿Qué cono pasa? ¿Qué relación tiene con la mierda onírica?
Barbile comenzó a llorar. Isaac casi aulló por la irritación, mientras se alejaba de ella y alargaba las manos, desesperado. Pero entonces se giró. La mujer hablaba entre sollozos.
—Sabía que era una mala idea… Les dije que deberíamos mantener el control del experimento… —sus palabras eran casi ininteligibles, rotas, interrumpidas por las lágrimas y los sorbidos—. No llevaba el tiempo suficiente… no deberían haberlo hecho.
— ¿Hacer el qué? —intervino Derkhan—. ¿Qué hicieron? ¿De qué te hablaba Ben?
—Sobre la transferencia —sollozó Barbile—. Aún no habíamos terminado el proyecto, pero de repente oímos que lo cancelaban, pero… pero alguien descubrió lo que pasaba en realidad. Iban a vender nuestros especímenes… a un mañoso…
— ¿Qué especímenes? —preguntó Isaac, pero Barbile lo ignoraba. Estaba descargándose a su propio ritmo, con su propio orden.
—No era lo bastante rápido para los patrocinadores, ¿sabéis? Se estaban… impacientando. Las aplicaciones que esperaban, militares, psicodimensionales… no llegaban. Los sujetos eran incomprensibles, no hacíamos progresos… y eran incontrolables, eran demasiado peligrosos… —alzó la mirada y la voz, aún llorando. Se detuvo un instante antes de proseguir, más calmada—. Podríamos haber llegado a algo, pero necesitábamos demasiado tiempo. Y entonces… la gente del dinero debió de ponerse nerviosa, de modo que el director del proyecto nos dijo que se había terminado, que los especímenes habían sido destruidos, pero era mentira… Todo el mundo lo sabía. Aquel no fue el primer proyecto, ¿sabéis? —Isaac y Derkhan abrieron los ojos, pero guardaron silencio—. Ya conocíamos un modo seguro para hacer dinero con ellos. Deben de haberlos vendido al mejor postor… a alguien que pudiera usarlos por la droga… De ese modo, los patrocinadores recuperaban su dinero y el director podía mantener el proyecto en marcha por su cuenta, cooperando con el traficante al que se los había vendido. Pero no está bien. No está bien que el gobierno haga dinero con las drogas, y no está bien que nos roben nuestro proyecto… — Barbile había dejado de llorar. Estaba allí sentada, divagando. La dejaron hablar—. Los otros lo iban a dejar, pero yo estaba enfadada… No los había visto salir de la crisálida, no había descubierto lo que buscaba, ni de lejos. Y ahora los iban a usar para… para que algún miserable hiciera dinero.
Derkhan apenas podía creer su ingenuidad. Así que aquel era el contacto de Ben, aquella estúpida científica de tres al cuarto enfadada por haber perdido un proyecto. Por ello había dado pruebas de los negocios ilícitos del gobierno y había atraído sobre ella la ira de la milicia.
—Barbile —volvió a hablar Isaac, mucho más calmado y tranquilo esta vez—. ¿Qué son?
Magesta Barbile alzó la mirada. Parecía desencajada.