— ¿Que qué son? —dijo, aturdida—. ¿Las cosas que han escapado? ¿El proyecto? ¿Que qué son? Son polillas asesinas.
31
Isaac asintió como si la revelación tuviera sentido. Se preparó para realizar otra pregunta, pero los ojos de ella ya no estaban sobre él.
—Supo que se habían escapado por los sueños, ¿sabéis? —dijo—. Sabía que estaban libres. No sé cómo lo consiguieron, pero demuestra que su venta fue una pésima idea, ¿no? —su voz estaba teñida de un desesperado triunfo—. Esa se la va a tener que tragar Vermishank.
Ante la mención de aquel nombre, Isaac sintió un espasmo. Por supuesto, pensó una parte de su mente, con calma. Tiene sentido que él ande metido en esto. Otra parte de él gritaba en su interior. Las hebras de su vida volaban a su alrededor como una red despiadada.
— ¿Qué tiene Vermishank que ver en todo esto? —preguntó con cuidado. Vio a Derkhan lanzarle una mirada afilada. No reconocía el nombre, pero era evidente que él sí.
—Es el jefe —respondió Barbile, sorprendida—. Es el director del proyecto.
—Pero es biotaumaturgo, no zoólogo, ni teórico. ¿Qué hace al mando?
—La biotaumaturgia es su especialidad, pero no su único conocimiento. Es principalmente el administrador. Está a cargo de la materia con peligro biológico: reconstrucción, armas experimentales, organismos cazadores, enfermedades…
Vermishank era el encargado de ciencias de la Universidad de Nueva Crobuzon. Se trataba de una prestigiosa posición de alto rango. Sería impensable conceder tal honor a alguien enfrentado con el gobierno, eso era evidente. Pero Isaac comprendía ahora que había subestimado la participación de Vermishank con el estado. Era mucho más que un subalterno sumiso.
— ¿Fue él quien vendió las… polillas asesinas? —preguntó Isaac. Barbile asintió. Fuera soplaba el viento, y los postigos traqueteaban con fuerza. El señor X buscó la fuente del ruido. Nadie más apartaba su atención de Barbile.
—Entré en contacto con Flex porque pensé que era lo correcto —dijo ella—. Pero sucedió algo… y las polillas desaparecieron. Han escapado. Solo los dioses saben cómo. — Yo lo sé, pensó Isaac, sombrío. Fui yo—. ¿Sabes lo que significa que hayan escapado? Todos nosotros… todos nosotros vamos a ser presas. Y la milicia debe de haber leído el Renegado Rampante y… y pensaron que Flex tuvo algo que ver… y si pensaron eso, entonces pronto… pronto pensarán que lo hice yo… —Barbile comenzó a sollozar de nuevo y Derkhan apartó la mirada con disgusto, pensando en Ben.
El señor X se acercó a la ventana para ajustar los postigos.
—Y entonces… —Isaac trataba de ordenar sus pensamientos. Había cientos de miles de cosas que quería preguntar, pero una era absolutamente imperiosa—. Doctora Barbile, ¿cómo las capturamos?
Barbile alzó la mirada hacia él y comenzó a negar con la cabeza. Observó a Isaac y a Derkhan de pie sobre ella como padres nerviosos, y más allá a Lemuel, en un lateral, esforzándose en ignorarla. Sus ojos encontraron al señor X, que se hallaba junto a la ventana descubierta. La había abierto un poco para alcanzar los postigos.
Estaba quieto, mirando fuera.
Magesta Barbile miró por encima del hombro del gigante hacia un parpadeo de colores nocturnos.
Sus ojos se vidriaron. Su voz se congeló.
Algo batía contra la ventana, tratando de alcanzar la luz.
La doctora se incorporó mientras Lemuel, Isaac y Derkhan se acercaban a ella preocupados y le preguntaban qué sucedía, incapaces de comprender sus pequeños gritos. Levantó la mano temblorosa hasta señalar la figura paralizada del señor X.
—Oh, Jabber —susurró—. Oh, santo Jabber, me ha encontrado, me ha paladeado…
Y entonces gañó, girando sobre sus talones.
— ¡El espejo! —gritó—. ¡Mirad al espejo!
Su tono era tenso y totalmente imperativo. La obedecieron. Hablaba con tal autoridad desesperada que ninguno sucumbió al instinto de girarse para mirar. Los cuatro observaban el espejo tras el sofá desvencijado. Estaban transpuestos.
El señor X trastabillaba hacia atrás con el paso sin mente de un zombi.
Tras él se produjo un borrón de color. Una forma terrible se apretó y plisó sobre sí misma para meter los pliegues orgánicos, las espinas y la masa a través de la pequeña ventana. Una roma cabeza sin ojos asomó por la abertura y giró lentamente de un lado a otro. La impresión era la de un parto imposible. El ser que acechaba a través del marco se había encogido intrincado, mientras se contraía en direcciones invisibles e imposibles. Resplandeció como una imagen irreal, mientras introducía a la fuerza su carcasa reluciente a través de la abertura sacando los brazos de la amalgama oscura para apretar y hacer fuerza contra las jambas.
Tras el cristal, las alas medio ocultas bullían.
La criatura se dilató de repente y la ventana se desintegró. Solo se produjo un leve sonido seco, como si se absorbiera la sustancia del aire. Fragmentos de cristal rociaron la habitación.
Isaac observaba transfigurado, tembloroso.
Por el rabillo del ojo veía a Derkhan, a Lemuel y a Barbile en el mismo estado. ¡Esto es una locura!, pensó. ¡Tenemos que salir de aquí! Extendió la mano, tiró de la manga a Derkhan y comenzó a acercarse hacia la puerta.
Barbile parecía paralizada. Lemuel tiraba de ella.
Ninguno sabía por qué les había dicho que miraran al espejo, pero tampoco se dieron la vuelta.
Y entonces, mientras se arrastraban hacia la puerta, se congelaron de nuevo. El ser se incorporaba.
En un repentino movimiento floreció y ocupó, inenarrable, el espejo frente a ellos.
Podían ver la espalda del señor X, que observaba los patrones de las alas, pautas que giraban con hipnagógica velocidad, latiendo las células cromáticas bajo la piel de la criatura en extrañas dimensiones.
El señor X dio un paso atrás para contemplar mejor las alas. No alcanzaban a ver su rostro.
La polilla lo tenía cautivado.
Era más alta que un oso. Un manojo de afiladas extrusiones, como oscuros látigos cartilaginosos, florecía de sus costados y se extendía hacia el gigante. Otros miembros más cortos y afilados se flexionaban como garras.
La criatura se sostenía sobre unas patas similares a los brazos de un mono. Tres pares surgían del tronco. Ora se apoyaba sobre un par, ora sobre dos, ora sobre los tres.
Se incorporó sobre las patas traseras y una larga cola afilada serpenteó entre ellas buscando el equilibrio. Su faz…
(Y siempre aquellas inmensas alas irregulares, curvándose en extrañas direcciones, mutando su forma para adaptarse a la habitación, cada una aleatoria e inconstante como el aceite en el agua, cada una un reflejo perfecto de la otra, se movían suavemente, cambiando sus patrones, parpadeando en una seductora marea.)
No tenía ojos reconocibles, solo dos oquedades de las que surgían dos gruesas antenas flexibles como dedos rechonchos, sobre las hileras de enormes dientes. Mientras Isaac observaba, alzó la cabeza y abrió aquella boca irrazonable, desde la que se desplegó una enorme y babeante legua prensil.
La agitó por el aire. Su extremo estaba cubierto por grupos de alveolos sedosos que palpitaban mientras el látigo horrendo se sacudía como la trompa de un elefante.
—Está tratando de encontrarme —aulló Barbile mientras, rota la calma, corría hacia la puerta.
Al instante, la polilla lanzó la lengua hacia el movimiento. Se produjo una sucesión de desplazamientos demasiado rápidos como para verlos. Una cruel punta orgánica salió disparada y pasó a través de la cabeza del señor X como si fuera de agua. El gigante se sacudió de repente y, justo cuando la sangre comenzaba a manar explosiva desde el hueso perforado, la polilla lo aferró con cuatro de sus patas, lo acercó un instante y lo arrojó al otro lado de la habitación.